Hay posturas de yoga que conviven con nosotros sin que les prestemos demasiada atención. La uttanasana es una de ellas. La vemos en el saludo al sol, aparece en las clases de principiantes, forma parte de casi cualquier secuencia básica, y aun así rara vez se le dedica el tiempo que merece. Porque más allá de ser un paso de transición, la pinza (que así se conoce popularmente) es una asana completa, con entidad propia y con una lista de beneficios que va bastante más allá de estirar las piernas.
Lo que la distingue de otros estiramientos es precisamente ese componente que tiene de inversión parcial: al situar la cabeza por debajo del corazón, la postura favorece el flujo sanguíneo hacia el cerebro, y eso tiene consecuencias directas tanto en la sensación de energía como en el estado mental. Eso sí, es importante ejecutarla bien, porque hacerla mal (sobre todo si se fuerza desde la cintura en lugar de desde la cadera) puede generar tensión en la zona lumbar en lugar de aliviarla.
Qué beneficios tiene la postura de la pinza
A nivel físico, uttanasana estira de una sola vez toda la cadena posterior: gemelos, isquiotibiales, glúteos, y toda la musculatura paravertebral desde los pies hasta la nuca. Es especialmente valiosa para quienes pasan muchas horas sentados, porque alivia la compresión que las malas posturas generan tanto en la zona lumbar como en la cervical. El flujo sanguíneo que se dirige hacia el cerebro al bajar la cabeza revitaliza la mente y combate esa sensación de cansancio difuso que aparece a media tarde sin motivo aparente.
En el plano emocional, la pinza contribuye a calmar el sistema nervioso. Esa obligación de mirar hacia adentro que impone la postura (literalmente) tiene un efecto sobre el estrés y la ansiedad que muchos practicantes describen como casi inmediato. Es una postura que invita a parar, a soltar tensiones acumuladas y a desconectar aunque sea durante unas respiraciones.
Cómo se hace uttanasana paso a paso
Para ejecutar esta postura correctamente, lo más importante no es llegar con las manos al suelo. Lo más importante es mantener la columna larga durante todo el movimiento y que el origen de la flexión esté en las caderas, no en la cintura.
El punto de partida es tadasana, la postura de la montaña: de pie, con los pies paralelos, inhalando mientras se elevan los brazos hacia el techo y se alarga el torso. Al exhalar, se realiza una bisagra con las caderas (un pliegue limpio hacia delante) dejando que el tronco descienda con la espalda recta el mayor tiempo posible antes de ceder a la gravedad.
Si hay poca flexibilidad en los isquiotibiales o en la zona lumbar, flexionar ligeramente las rodillas es la mejor opción: permite que el abdomen se acerque a los muslos sin comprometer la espalda baja.
Una vez abajo, las manos pueden apoyarse en el suelo a los lados de los pies, en los tobillos, o en bloques de yoga si no se llega con comodidad. El cuello se suelta, la cabeza cuelga, y la coronilla apunta hacia el suelo.
La respiración hace el trabajo: al inhalar se busca alargar un poco más el torso; al exhalar, la gravedad ayuda a profundizar en el pliegue sin ningún tipo de forzamiento. Para salir de la postura y volver a la posición inicial, se activa el abdomen y se sube inhalando, vértebra a vértebra, hasta recuperar la posición vertical.
Fotografías | Xuan Lan Yoga
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