Envejecer ya no consiste únicamente en sumar años, sino en hacerlo manteniendo la mayor calidad de vida posible. En los últimos años, la longevidad se ha convertido en uno de los grandes objetivos de la medicina preventiva y de la investigación científica, desplazando el foco desde la esperanza de vida hacia la esperanza de vida saludable. Dormir mejor, mantenerse activo, controlar el estrés y cuidar la alimentación forman parte de una estrategia global para llegar a edades avanzadas en mejores condiciones físicas y mentales.
En ese contexto, cada vez son más los especialistas que defienden que las necesidades del organismo evolucionan con la edad y que los hábitos también deberían hacerlo. Lo que funcionaba a los 30 o a los 40 años no siempre resulta igual de beneficioso después de los 60, cuando el metabolismo, la capacidad de recuperación o la gestión de la energía experimentan cambios importantes. Adaptarse a esa nueva realidad, en lugar de mantener las mismas rutinas durante toda la vida, es una de las claves que más fuerza está cobrando en el ámbito de la longevidad.
El cuerpo como una vela
Toña Lizarraga es médica especializada en medicina del deporte y la nutrición, con más de tres décadas de trayectoria y una larga etapa como asesora del FC Barcelona y de la Real Federación Española de Fútbol. Su punto de partida es una metáfora sencilla pero que lo ordena todo: "Todos tenemos un presupuesto de energía para toda la vida, como si fuera una vela", explicó en una entrevista a La Vanguardia. En esta entrevista, donde explica no tener la verdad absoluta ni pretende dogmatizar, explica que "Hay etapas en las que la quemamos más rápido y otras en las que podemos intentar que no se consuma tan deprisa".
Desde ahí, su enfoque se aleja bastante de lo que se suele recomendar. Para Lizarraga, la nutrición no puede reducirse a lo que se pone en el plato: "Más allá de lo que comemos, hay factores como el descanso, el estrés o la temperatura corporal que también aceleran el metabolismo". De hecho, advierte que puede haber personas con una alimentación aparentemente correcta que, sin embargo, se mueven con la sensación permanente de estar sin energía.
A los 60, el hígado necesita sus horas
Una de las ideas más concretas que plantea Lizarraga tiene que ver con la frecuencia de las comidas a partir de los 60 años. Y va contra la corriente de lo que mucha gente lleva años aplicando. "A partir de los 60, no hay que comer con tanta frecuencia", sostiene. Según esta profesional, "El hígado, que es uno de tus mejores aliados, te está pidiendo que le dejes unas horas de descanso".
Ese espacio sin ingesta no es un ayuno riguroso ni una dieta de moda. Lo que describe la doctora es más bien un descanso metabólico que permite al organismo aprender a utilizar la grasa corporal como fuente de energía. "Ese descanso metabólico permite que el organismo aprenda a tirar de la grasa corporal", detalla. La idea apunta a mejorar lo que en nutrición se conoce como flexibilidad metabólica: la capacidad del cuerpo de adaptarse y usar distintos combustibles según la situación.
Lo que come importa, pero también cuándo
Junto con la frecuencia, Lizarraga pone el foco en la calidad y el momento de las comidas. "No siempre cenar fruta es la mejor opción", advierte, y señala que con la edad cambia la forma en que el cuerpo metaboliza los hidratos de carbono. Su recomendación pasa por concentrarlos cerca de los momentos de actividad física, en lugar de repartirlos a lo largo del día sin criterio.
En cuanto al ejercicio, introduce el concepto de hormesis: estímulos pequeños que desafían al cuerpo sin sobrepasarlo. El equilibrio es la clave. "Demasiado ejercicio destruye, pero poco ejercicio o demasiada comida también; hay que encontrar ese equilibrio". Y añade un matiz que tiene mucho peso después de los 60: "Donde realmente se nota la edad es en la capacidad de recuperarse". No es que el cuerpo no pueda moverse, es que necesita más tiempo para volver al punto de partida.
Las 23 horas que nadie vigila
Hay una frase de Lizarraga que resume bien su planteamiento: "Lo que comemos es la gasolina, pero estamos diseñados para movernos". Aunque enseguida aclara que no basta con entrenar unas horas: "Lo importante es qué pasa en las otras 23 horas del día". El descanso entra aquí con fuerza. "Dormir es una forma de ahorrar energía", afirma. Y el estrés también cuenta, y mucho: "El enfado mantiene elevado el cortisol durante horas, haciendo que la energía se consuma más rápido".
Lejos de proponer un régimen estricto, Lizarraga insiste en el contexto. Una comida especial, una celebración, un exceso puntual, no representan un problema. El problema aparece cuando eso se convierte en la norma. "Una comida especial puede pasar factura, como una maratón, pero si aporta disfrute, también suma". La lógica de las dietas restrictivas, según ella, no va por el buen camino: "No se trata de restringir, sino de entender lo que conviene".
La conclusión de su enfoque es quizá la más importante: "Cuando entiendes cómo funciona tu energía, cambia la forma en que vives tus hábitos". Entender el cuerpo, en definitiva, para no pelearse con él.
Fotografías | Dr. Toña Lizarraga, Freepik, gpointstudio, Freepik
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