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Tengo 33 años y, como mi generación, me he visto afectada por dos crisis económicas: así he vivido el aplazamiento de mis planes
Psicología

Tengo 33 años y, como mi generación, me he visto afectada por dos crisis económicas: así he vivido el aplazamiento de mis planes

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"La generación perdida entre dos crisis" nos llaman en los medios a aquellos que, como yo, tenemos menos de 35 años y ya hemos vivido dos crisis serias. La primera me pilló en la universidad, soñando de manera idealista - como todos los universitarios - con el futuro; la segunda me ha encontrado intentando cumplir con los objetivos vitales que la primera crisis me obligó a aplazar.

Tengo 33 años recién cumplidos en pleno confinamiento. Una de esas personas cuyo cumpleaños se dice que este año no cuenta. Pero sumar sí que suma. Creedme que suma. Tengo 33 años y, por fin, creía que empezaba a tener mi vida encarrilada. Ahora mismo, ya no lo sé. Otra vez.

"Encarrilada", entendedme. No faltaban dificultades y apuros, como en todas las vidas, pero por primera vez en muchos años sentía que las cosas estaban saliéndome bien. Y es que, si de algo sabemos las personas de mi generación, es de elementos ajenos a nosotros que nos truncan los planes.

De pequeña soñaba con independizarme joven, como en las pelis o como mis padres. No porque no tuviera una excelente relación con mis progenitores, sino más bien por lo contrario: porque habían hecho un excelente trabajo convirtiéndome en una persona independiente y con ansias de probarse a sí misma. Las cosas no siempre salen como una espera. De eso también sabe un rato mi generación.

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Cuando una crisis económica te lleva a aplazar todos tus planes

La crisis económica de 2008 llegó a nuestras vidas cuando yo tenía 21 años y estaba cursando tercero de Licenciatura en Psicología. En retrospectiva podría parecer que la elección de la carrera no fue la mejor, claro. La realidad, sin embargo, es que, cuando comencé la universidad en 2005, los licenciados en Psicología por la misma universidad que yo tenían alrededor de un 90% de empleabilidad según nos indicaron en la charla inicial.

No sé qué porcentaje de empleabilidad había en 2010 cuando terminé la carrera, pero sí que sé por experiencia que no era alto. Casi ninguno de mis compañeros generacionales podía soñar con un trabajo que le permitiera independizarse recién acabada la carrera, algo más para aplazar.

Para ser absolutamente honestos con la realidad, la crisis económica mundial coincidió en el tiempo con una crisis económica y de salud particular en mi hogar. En mi casa nunca ha faltado de nada de lo importante, pero tampoco ha sobrado. Clase media creo que nos llaman.

En el mejor y más estable momento económico para mi familia, cuando yo apenas comenzaba la universidad, con un piso recién comprado y una hipoteca por pagar, a mi padre le diagnosticaron un problema degenerativo que no le permitía trabajar en su sector. A perro flaco todo son pulgas.

En aquella nos decían que, después de terminar la carrera, nuestra mejor opción era hacer un máster si queríamos conseguir trabajo. Y, por supuesto, hacer cuantos más cursos mejor. Aquí es donde nos empieza a sonar aquello de "la generación más preparada". Pero, claro, para hacer un máster hace falta dinero y eso era algo que en ese momento en mi casa no sobraba. Así que me puse a trabajar, con contratos temporales, de obra y servicio, en cualquier cosa que saliera, para poder pagarme mis estudios. De nuevo aplazaba.

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No me voy a extender aquí. Mi historia personal durante esos años es la misma que la de muchos de mis coetáneos. Años de formación, encadenación de trabajos precarios y temporales, no poder irnos de casa de nuestros padres hasta entrados los 30. ¿Casa propia? ¿Matrimonio? ¿Hijos? La estabilidad ni se la veía ni se la esperaba, así que todo eso tendría que esperar.

La COVID-19 ha llegado cuando creíamos alcanzar la estabilidad

Personalmente estoy segura de que no me puedo quejar. Aunque más tarde de lo que me hubiera gustado, las cosas empezaron a ir bien. En los últimos cuatro años he conseguido un trabajo que me gusta, un contrato indefinido, una casa en la que me gustaría que crecieran mis hijos y una pareja estable. Tan estable que el año que viene nos casamos.

O nos casábamos. Porque esta nueva crisis ha venido a poner en jaque cualquier estabilidad que hubiéramos creído llegar a alcanzar. En mi caso, por suerte y, por el momento, no me ha afectado en el trabajo. Sin embargo, mi pareja no ha tenido tanta suerte. Como muchos españoles ha sufrido un ERTE en su puesto de trabajo que ya, anteriormente, consistía en contratos temporales para cubrir bajas.

Esto quiere decir, por un lado, que no sabemos cuándo volverá a trabajar con normalidad - o si volverá a hacerlo próximamente - y, por otro, no sabemos cuándo cobrará su sueldo. El ahorro, viviendo de contrato en contrato, y sin ninguna certeza es casi imposible. Y, como nosotros, millones de españoles, claro.

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De repente, lo planes que teníamos para los próximos años, como casarnos, tener hijos, reformar la casa o que mi chico montara su propio negocio, ya no parecen tan factibles. Los teníamos en la punta de los dedos y ahora no sabemos cuánto tendremos que esperar para que puedan ocurrir. Otra vez.

En psicología existe un término que conocemos como 'indefensión aprendida'. Este término se refiere a cuando las personas empezamos a sentir que no tenemos ningún poder, independientemente de nuestros actos, sobre lo que nos ocurre. Acabamos percibiendo nuestro entorno, y nuestro destino, como incontrolable. Y así nos sentimos, después de dos crisis, las personas de mi generación. Nos hemos acostumbrado al miedo y a la incertidumbre.

Solo nos queda confiar en que esto también pasará y vendrán tiempos mejores. Cuando por fin podamos cumplir todos nuestros objetivos los valoraremos más y disfrutaremos cada segundo de ello.

Imágenes | Pexels, Gtres

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