Ana Galán, psicóloga: "Para los jubilados, mantener rutinas como levantarse y comer a la misma hora o tener relaciones sociales ayudan a regular la energía y el ánimo"

La pérdida de identidad tras abandonar la vida laboral es una constante en muchas personas jubiladas

Ana Galán Psicóloga
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Nacho Viñau

Editor

Dejar de trabajar después de décadas puede ser mucho más complicado de lo que parece desde fuera. Porque aunque hay gente que está deseando jubilarse para poder hacer un crucero en cualquier época del año o incluso para irse a vivir a otra ciudad, también hay muchas personas a las que les cuesta adaptarse a un nuevo ritmo de vida en el se rompen las rutinas diarias de repente. Al final, no se trata solo de gestionar el tiempo libre: para muchas personas, la jubilación supone no solo perder gran parte de la vida social. 

También supone perder el marco que durante años les dio identidad y sensación de valor. Esto puede sonar extraño, pero cobra todo el sentido en una sociedad en la que el trabajo parece lo primero. Yo mismo, hace años, me vi sorprendido sobre cómo llegamos a confundir la faceta profesional con la identidad personal cuando durante una sesión con una coach a la que acudía regularmente, me preguntó quién era. Y cuando acabé de explicárselo, me dijo: "Me has contado en qué trabajas, ¿Me explicas ahora quién eres tú realmente?".  

La identidad no desaparece, pero sí se tambalea

En una entrevista publicada en La Vanguardia, la psicóloga Ana Galán analiza tanto el proceso de la jubilación como el cambio en la identidad personal que conlleva abandonar la vida laboral, ofreciendo claves concretas para atravesarlo de forma más saludable, teniendo en cuenta que expertos como Dan Buettener afirman que el año de la jubilación es el más peligroso, ya que hay un notable aumento en la mortalidad.

Uno de los aspectos centrales que aborda Galán en esta entrevista es el impacto que tiene sobre la autoestima el hecho de dejar un rol que durante décadas organizó la vida de una persona. "Al jubilarse, muchas personas sienten que pierden parte de su identidad y aparecen sentimientos de inutilidad", explica la psicóloga. El trabajo, señala, no solo aporta ingresos: también da reconocimiento y estructura. Sin ese marco, muchas personas deben redefinirse, y ese proceso no es sencillo ni inmediato. Sobre todo, cuando te gustaba el trabajo y sentías que hacías algo que te llenaba.

La experta menciona especialmente épocas como la Navidad, cuando el entorno social refuerza el valor de la familia y la actividad, como momentos en los que esta sensación de estar "fuera de lugar" se intensifica. No se trata, aclara, de un problema individual, sino de una consecuencia habitual de los cambios de rol que acompañan a esta etapa.

Jubilación

La rutina como ancla emocional

Frente a este desconcierto, Galán defiende en la entrevista de La Vanguardia el papel protector de los hábitos cotidianos. "La rutina actúa como un sostén emocional silencioso", afirma. Cuando se rompen los horarios y los hábitos, el ánimo suele resentirse. Por eso, mantener un ritmo básico en rutinas como la hora de levantarse, las salidas al exterior, comidas o mantener contactos sociales, ayuda a regular tanto la energía como el estado de ánimo.

La previsibilidad, explica, reduce la rumiación y aporta sensación de control. Y los gestos más pequeños pueden tener un efecto considerable: "Levantarse a una hora similar, salir a la calle con luz natural, moverse un poco cada día o mantener una breve conversación programada pueden cambiar mucho cómo se vive la jornada". La clave, añade, no es esperar a tener ganas: "No es cuestión de 'tener ganas', sino de hacer primero y sentir después".

El malestar no es un fallo personal

Otro punto relevante que desarrolla la psicóloga en esta entrevista tiene que ver con cómo interpretar las emociones que aparecen en esta etapa. La tristeza que surge en momentos concretos no indica debilidad. Tampoco la nostalgia, la comparación con el pasado o la sensación de vacío tras perder las rutinas laborales. "Estos cambios reflejan un proceso de adaptación a una nueva etapa vital, no una debilidad personal", subraya Galán. Reconocerlo como algo humano, señala, reduce la culpa y el aislamiento.

En la misma línea, la experta apunta que el sentimiento de "no encajar" no habla de falta de valor, sino de un cambio de identidad todavía en proceso. "No se 'sobra': se está aprendiendo a ocupar un lugar distinto", precisa.

Qué necesitan realmente quienes atraviesan este momento

Más allá de la compasión, Galán cree que las personas que se han jubilado necesitan sentido, estructura y vínculo real. Las actividades sencillas, los horarios básicos y las relaciones significativas, dice, ayudan más que los mensajes bienintencionados. "El bienestar no surge de la lástima, sino de recuperar un lugar propio en el día a día".

Para quienes quieren acompañar a alguien cercano en este proceso, la psicóloga ofrece también pautas concretas: proponer planes claros en lugar de frases genéricas, escuchar sin corregir, validar la emoción y, sobre todo, dar un rol, por pequeño que sea. "La clave está en estar disponibles sin invadir, y en sostener el contacto más allá de un solo día".

Además, la psicóloga recomienda en la entrevista combinar actividad, sentido y realismo. Planificar días con tareas concretas, como paseos, pequeños proyectos o encuentros breves, ayuda a evitar el vacío sin caer en la trampa de querer llenarlo todo. El voluntariado acotado o los proyectos pequeños y terminables pueden marcar la diferencia. La integración, concluye, "no suele llegar esperando, sino participando de forma realista y gradual".

Fotografías | Ana Galán, Freepik, Shurkin_son para Freepik

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