Hace dos años  empecé a hacer pilates y solo me arrepiento de una cosa: no haber empezado mucho antes

El ejercicio perfecto para quienes odiábamos gimnasia en el colegio

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María Yuste

Editor Senior

Hay una generación entera de adultos funcionales que arrastramos un trauma muy concreto: las clases de educación física del colegio. Y no hablo de hacer el pino puente o de correr un kilómetro en doce minutos. Hablo de ese ritual de humillación pública en el que el hacer deporte no tenía nada que ver con aprender a cuidar el cuerpo, sino que parecía ordenar la clase en una jerarquía social: los que sabían darle a un balón un poco mejor y los que lo hacían peor. Y estos últimos, más que para aprender, parecíamos estar allí como contraste necesario para la autovalidación de los primeros. 

El antes: dolores y energía de señora victoriana

Yo fui una de esas personas que terminó el instituto convencida de que el ejercicio no era para ella ya que, en todas aquellas horas lectivas, jamás me enseñaron que moverse pudiera tener como objetivo sentirse mejor, prevenir dolores, ganar fuerza o tener una vejez digna. No. El deporte era competición, gritos, equipos en los que nadie te quería dentro, ansiedad y la sensación constante de estar haciendo el ridículo o de ser un lastre para los demás. Y claro, cuando algo se te presenta en tus años de aprendizaje como una tortura, luego cuesta muchísimo volver a acercarte a ello siendo adulta. Así que no lo hice.

Desde que terminé el instituto hasta bien entrada la treintena, mi actividad física quedó reducida a andar al metro y subir y bajar las escaleras. Poco a poco, mi existencia se fue convirtiendo en la de una oficinista que pasa más de ocho horas sentada al día, con un cuello rígido permanente, espalda hecha una interrogación y la energía de una señora victoriana con tuberculosis solo por haber hecho el esfuerzo de levantarme de la silla.

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Sin embargo, lo peor son los dolores y la sensación de que estar de pie demasiado rato es un deporte de resistencia cuando se supone que estás en la flor de la vida. Yo era de esas personas que iba al fisio esperando que me arreglara los excesos sedentarios a base de masajes, hasta que se puso serio y me dio una hostia de realidad: por muchos masajes que me diera, si no fortalecía mi musculatura la cosa solo iba a ir a peor. 

El problema era que yo seguía teniéndole un miedo profundo a la idea de enfrentarme a hacer deporte, pero no me quedaba más remedio que elegir uno. Descartado el cardio y los deportes de equipo (porque ni de coña quería sentir que estaba otra vez en una clase de educación física), apareció el pilates reformer, una modalidad de actividad física que parecía lo suficientemente horizontal para una vaga con demasiada autoconciencia como yo

No es ninguna tontería. Gran parte de lo que me aterraba de hacer ejercicio era sentirme observada pero en esta modalidad de pilates pasas la mayor parte del tiempo tumbada o trabajando en posiciones donde no estás expuesta a las miradas de los demás que, además, también están demasiado ocupados sudando y sufriendo. Para alguien que llevaba años evitando gimnasios por pura incomodidad social, eso fue importantísimo.

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El después: fortalecerse tumbada es posible

Porque sí, amigas, parece ser que es posible fortalecer todo el cuerpo sin tener que levantarse. De hecho, Joseph Pilates creó el Reformer adaptando camas de hospital para la rehabilitación de enfermos y heridos durante la Primera Guerra Mundial. Así que de verdad creo que es el deporte perfecto para la gente perezosa o con baja energía (como yo)

Aunque os puedo garantizar en primera persona que no es ningún deporte de flojos porque se trabaja muchísimo más de lo que parece. Las agujetas que te dejan cada sesión certifican que acabas usando incluso pequeños músculos internos cuya existencia desconocías. Y aun así, puedes salir de clase sin haber sudado ni una gota.

Además, si yo puedo hacerlo, sinceramente, puede hacerlo cualquiera. Han pasado dos años desde aquella primera clase de prueba en mi querido estudio DeNovo Pilates, en Madrid, y el cambio en mí ha sido espectacular. Tengo mejor postura, muchísima más resistencia para aguantar el día y ya no siento que caminar mucho vaya a mandarme directamente al fisio. Puedo pasar horas de pie sin notar que mi espalda está redactando una carta de renuncia (algo que noto muchísimo cuando voy a conciertos). Y lo más fuerte es que mi dolor de espalda ha desaparecido por completo.

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A veces me hace una visita, claro, porque sigo trabajando sentada demasiadas horas y porque la vida moderna está diseñada para convertirnos en gárgolas humanas. Pero ahora sé solucionarlo incluso yo sola. Sé qué estiramientos hacer y, si no lo hago yo misma en casa, me basta con ir a una clase para hacerme un reset completo de cuerpo y mente. Porque sí, concentrarme durante una hora en respirar y aguantar posturas me vacía la mente.

Eso sí, también he aprendido algo muy adulto y es que cuidar el cuerpo puede ser muy caro. El pilates reformer no es precisamente barato, pero después de dos años tengo clarísimo que más caro es vivir constantemente con dolor, enlazando visitas al fisio y sintiendo que mi cuerpo funcionaba peor cada mes. Para mí, ahora mismo, lo que pago por las clases de pilates es el dinero mejor invertido de mi vida. Tan solo me arrepiento de una cosa: no haber empezado antes. Bueno, y de no poder permitirme ir a más clases a la semana. Actualmente, voy ocho días al mes, pero estoy empezando a introducir días extra en casa con mi mat.

Todos son beneficios: más fuerza, más estabilidad, más resistencia, más energía y menos dolor. Bueno, y quizá lo más importante: menos miedo a mi propio cuerpo. Porque, aunque durante muchísimo tiempo sentí que mi cuerpo era una cosa defectuosa que solo servía para doler y cansarse, resulta que no. Resulta que yo también podía aprender a conocerlo y moverlo desde un lugar que no estuviera basado en la vergüenza, la competición o el sufrimiento.

A veces pienso que si en el colegio nos hubieran enseñado el ejercicio desde esa mentalidad, desde el cuidado y no desde la humillación colectiva, muchísima gente tendría ahora una relación completamente distinta con el deporte y el sedentarismo. Yo, desde luego, no habría perdido tantos años. Por eso, después de dos haciendo pilates, solo tengo una conclusión clara: ojalá haber empezado muchísimo antes.

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