"A veces la gente se avergüenza un poco de ser fan cuando se hace mayor, pero ser fan es algo bonito y no algo de lo que avergonzarse". Si esto lo dice Yung Lean, un rapero sueco que a los 30 habla como un viejo porque a los 16 ya había inventando un subgénero musical y redefinido lo que era ser cool, quizá convendría que lo escucharas antes de soltar el típico comentario rancio de "ya no tienes edad" cuando confieso que estoy tan metida en el lore de un artista que podría opositar a Wikipedia humana.
En contraposición usaré un post de la usuaria @notyourelena, que hace unas semanas suscitó cierta polémica en X, como ejemplo del pensamiento algo corto de miras que tiene mucha gente con respecto al tema: "No te das cuenta pero estás invirtiendo lentamente más tiempo en ser fan que en construir tu propia vida. Llegará un momento en el que tengas que preguntarte si es simplemente 'apoyar' o una distraccion de tu crecimiento personal y prioridades".
Al respecto, tengo dos respuestas: una corta y otra larga. La primera es que ser fan es un estilo de vida. La segunda empieza hace dos años, cuando tenia 35 años y depresión funcional. Entonces volví a sentir algo que pensé que ya no tenía cabida en mi vida. Volví a sentirme fan. Fan de verdad cuando Joost Klein apareció en mi vida y todo lo que creía sobre lo que significa ser adulta se desmontó con la facilidad con la que se desmorona un mueble barato de Ikea mal montado.
Corría 2024 cuando este artista neerlandés se preparaba para repesentar a Países bajos en Eurovisión. Mientras, yo atravesaba uno de esos momentos en los que la vida, más que dramática, era profundamente plana y aburrida. Estaba completamente sumida en el rat race de trabajar, intentar prosperar en el sentido más clásico y aburrido del término, encadenar citas de apps con personas con cero chispa, pagar facturas, atender compromisos familiares. Planes con amigos que consistían en beber y repetir en bucle lo mal que está todo: los sueldos, el alquiler, las relaciones y el futuro en general como algo compartido que nos proporcionaba un tema común de conversación.
No estaba mal. Pero tampoco estaba bien. Y de repente, algo hizo clic en una habitación apagada y con sabanas cubriendo los muebles perdida en mi interior. Porque lo que llegó a mi vida no fue solo la música de Joost. Fue todo lo que la envolvía: un proyecto completamente autogestionado, una estética propia muy peculiar y libre, una forma de hacer las cosas que ignoraba deliberadamente las reglas del juego y que, además, le funcionaba.
Había algo en él que no buscaba encajar, ni optimizar, ni monetizar cada segundo de su existencia. Aportaba al mundo algo que no estaba diseñado para ser "productivo" en el sentido en el que nos han enseñado a medir el valor de nuestra existencia. Por el contrario, recordaba el valor de hacer las cosas con tus amigos con el único objetivo de divertirte y de explorar tu creatividad. Y eso, en un mundo donde todo parece tener que convertirse en rendimiento, fue una puerta abierta a un mundo en el que había luz.
Porque, ¿en qué momento dejamos de hacer cosas simplemente porque nos apetecen y no por deber? ¿En qué momento decidimos que todo tenía que servir para algo más? ¿Y cuándo empezamos a confundir estabilidad o supervivencia con resignación? Lo que vino después fue una hiperfijación en toda regla. Pero no de las que te encierran, sino de las que te abren al mundo exterior.
Desde entonces, he viajado sola a dos ciudades extranjeras para ir a conciertos y, de paso, conocerlas (Ámsterdam y Zúrich), algo que hace unos años me habría parecido innecesario e incluso irresponsable con mi cuenta bancaria. Estoy completamente metida en el mundo DIY y he conocido a gente de distintas partes del mundo (en persona y virtualmente) con la que hablo todos los días, he hecho amistades a las que no habría podido conocer en ningún otro contexto y con las que comparto algo más importante que gustos musicales: una forma parecida de mirar el mundo.
He vuelto a hacer cosas creativas que había abandonado sin darme cuenta. No porque "no tuviera tiempo", sino porque en algún punto interioricé que no eran útiles porque no se iban a traducir ni en dinero ni en bienes imobiliarios y que, por lo tanto, no sumaban. Y sin embargo, eran justo lo que me faltaba. Si hasta empecé a ir a la escuela de idiomas para aprender neerlandés cuando todo el mundo me preguntaba que por qué no iba mejor a clases de Chino. ¿Pues porque no es la cultura china en la que tengo un interés personal?
Es cierto que ser fan puede convertirse en algo tóxico cuando hablamos de grandes nombres de la industria que mueven masas y millones, como Taylor Swift o el K-pop. Pero en el resto de casos, la condescendencia y sospecha con la que se miran los fandoms es mayoritariamente infundada y parece que implicara una falta de criterio. O peor: una falta de madurez. Pero eso es una simplificación bastante pobre. ¿O es que la ilusión y la curiosidad son exclusivas de la adolescencia?
Ser fan, en el fondo, no es tan diferente de pertenecer a cualquier otro grupo social. Es una forma de comunidad. De identidad compartida. De encontrar gente que habla un idioma parecido al tuyo, aunque no tenga nada que ver con el idioma literal.
A mí, sinceramente, me ha devuelto algo que no sabía que había perdido: las ganas. No las grandes ganas abstractas de "mejorar mi vida" de una forma que sirva al sistema capitalista, sino las pequeñas ganas concretas de hacer cosas. De moverme. De implicarme. De sentirme parte de algo que no pasa por filtros de productividad ni objetivos vitales clásicos que, además, muchas veces ni siquiera nos dan la felicidad realmente.
Porque nos han vendido una idea de adultez basada en hitos (casa, pareja, estabilidad económica, hijos) que además cada vez son más inaccesibles, pero seguimos midiéndonos con esa vara. Y cuando no llegamos, lo interpretamos como un fallo personal. Quizá el error está en la vara.
Volver a ser fan no me ha solucionado la vida. No ha arreglado el mercado inmobiliario ni ha hecho mágicamente más interesantes las reuniones de trabajo. Pero ha introducido algo que no sabía cómo recuperar: la sensación de que la vida todavía guarda sorpresas, aventuras inesperadas y conexiones que ni imaginaba. No todo tiene que servir para algo. A veces, simplemente, solo tiene que importarte.
Fotos | María Yuste
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