El pasado 8M volví a vivir una conversación que no me hubiera gustado tener. Alguien me dijo “feliz día de la mujer” y tuve que contestar a esa persona explicándole por qué no era un momento para felicitar a nadie. En otra ocasión hace apenas una semana, durante una reunión, un hombre me interrumpió para decir exactamente lo que yo estaba diciendo. El resto asintió a ese micromachismo y le dio la razón. Ambos momentos pueden parecer pequeños, pero se repiten. Una y otra vez. Y eso me hizo plantearme que ser feminista en muchas ocasiones me agota. No porque haya dejado de creer en lo que defiendo, sino porque hacerlo implica que tengo que estar alerta constantemente.
Esta realidad poco narrada dentro del feminismo es tan común que me parece mentira que no se hable más de un desgaste que puede parecer subjetivo y se produce por sostener una conciencia crítica mientras el mundo parece seguir funcionando con inercias antiguas y desiguales. Como un coste oculto por vivir con los ojos abiertos ante un sistema que sigue siendo machista y patriarcal. Un cansancio feminista que es tan real como lo es la necesidad de seguir luchando por nuestros derechos.
Cuando hablo del cansancio feminista que siento, lo hago de una fatiga emocional y cognitiva por luchar contra estructuras que se repiten sin fin. Me cansa sentirme culpable por no llegar a todo cuando el sistema me exige que lo haga. Me cansa tener la sensación de estar en modo “profesora” explicando constantemente por qué ese comentario está fuera de lugar. Me cansa cuidar la forma de hablar con personas mayores y trabajar mi paciencia tratando de hacerles entender qué es el feminismo y por qué es necesario. Me cansa sostener. Me cansa pelear. Me cansa ser feminista porque exige una visión autocrítica de mí misma y mis patrones mientras parte del mundo parece no plantearse siquiera que están equivocados. El cansancio feminista existe y es agotador, pero eso no me hace mala feminista ni un bicho raro, sino humana.
Un cansancio por lo que nos rodea, pero también por lo que está dentro
Sara Ahmed, investigadora, profesora y escritora feminista, planteaba que existe una figura que llamaba la feminist killjoy o la feminista aguafiestas. Sí, soy. Soy la mujer que se niega a reírse de chistes ofensivos. Soy a la que han acusado de joder la cena al señalar un comentario sexista. Soy peleona, pero cuando ese término sale de un hombre conservador y no es un halago sino un defecto. Y serlo es agotador porque ser feminista implica, en muchas ocasiones, en convertirse en alguien incómodo. Y sostener esa incomodidad no es un camino de rosas.
Además, también está la expectativa externa. A una mujer feminista se le pide constantemente que exhiba una coherencia absoluta. A finales de 2018 Leticia Dolera vivió en primera persona esto cuando la actriz Aina Clotet denunció no ser contratada para la serie ‘Vida perfecta’ por estar embarazada. La directora era Dolera y se vió como una traición al feminismo. Se la tachó de hipócrita. Y se hizo porque hay una vigilancia permanente y extrema que no existe para aquellos que no cuestionan el sistema. Porque amiga, el escrutinio forma parte del feminismo y desgasta.
Al juicio constante, que agota, se une algo de lo que poca gente te habla y es que ser feminista y tener contradicciones es normal y lícito. Me explico. En mi caso creo en la liberación sexual de la mujer, en el empoderamiento de sus propios cuerpos y en la aceptación de lo que somos sin que que otros tengan que validarlo, pero a la vez soy una víctima de la presión estética y sigo viendo el peso como mi imperio romano. Otro ejemplo: creo que la igualdad en el reparto de tareas domésticas pero tengo tan interiorizado el patrón de cuidadora que sin darme cuenta, me levanto la primera de la mesa para empezar a recoger los platos. La filósofa Simone de Beauvoir explicó hace décadas que una mujer no vive fuera de la cultura que la ha formado. La sociedad en la que crecemos tiene ideas y perspectivas muy definidas sobre quién puedes ser y a qué puedes aspirar, y es complicado que esos límites que intentan definir tu individualidad no te afecten, aunque te resistas.
El feminismo no elimina de golpe todo lo aprendido y en ocasiones sólo lo hace visible. Verlo, no significa dejar de sentirlo y ese proceso de reconstrucción es complejo y, de nuevo, agotador. El feminismo no solo nos enfrenta al mundo, también nos confronta con nosotras mismas. Nos obliga a revisar nuestras relaciones, nuestros deseos, nuestras decisiones, nuestros privilegios y todo ello, genera dudas legítimas. Si elegimos ser madres. Si elegimos no serlo. Si elegimos estar solteras. Si elegimos casarnos y tener una familia tradicional. Si elegimos reducir la jornada para encargarnos de los hijos. Si elegimos no hacerlo. Todo ello nos hace dudar y es un efecto natural de tener pensamiento crítico propio.
Que exista el cansancio feminista nos da un mensaje: la lucha sigue siendo necesaria
Este agotamiento que me asfixia a veces, no significa que el feminismo haya fracasado ni que yo esté a punto de tirar la toalla. Significa que soy humana y que la desigualdad sigue existiendo. Sostener una conciencia política feminista tiene un coste emocional que no se ve y que se ha analizado en otros tipos de activismo y se conoce como la fatiga del activismo. Pero en nuestro caso la lucha (y el cansancio) atraviesan la vida cotidiana para golpearnos en cada momento. Lo vivimos cada día en todos los ámbitos porque la desigualdad existe en todos los ámbitos, desde la conciliación familiar hasta en la literatura o el cine.
Ser feminista me agota porque discutir, explicar y revisarse es un trabajo diario. Pero que esté cansada no significa que la lucha se haya perdido, sino que sigue siendo necesaria precisamente por eso. A veces el feminismo no te hace sentir mejor porque lo que te permite es ver más. Y ver más, aunque libere, pesa.
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