Siento que mi padre cada vez es más conservador y mi madre más feminista: cómo la conversación en casa ha cambiado por completo

Todas nuestras madres han pedido menos de lo que merecían. Y, sin embargo, están menos enfadadas en general que nuestros padres. 

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María Barba

Editor Senior
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María Barba

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Editora de shopping en Webedia desde 2018, coordinadora ecommerce de Lifestyle&Food en Webedia desde 2022 y creadora de necesidades desde 2013.

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Me he criado en una familia progresista y, si ahora estoy politizada, es en gran parte gracias a mi padre, con el que hablar de política siempre fue enriquecedor. Pero de un tiempo a esta parte he notado que las charlas se vuelven más intensas y los debates menos sosegados, al menos con mi progenitor, porque con mi madre la cosa ha cambiado radicalmente (para bien).

No es una percepción solo mía, he compartido con mis amigas más cercanas esta inquietud y les pasa lo mismo: sus madres cada vez se interesan más por la política en general y por el feminismo en particular. Al contrario que sus padres, que se vuelven más reacios a escucharnos y nos tachan de radicales a la mínima de cambio. Entonces, ¿qué está ocurriendo? ¿Por qué mi madre es cada vez más feminista y mi padre más conservador? ¿Le pasa a todo el mundo?

El vértigo de los padres ante un mundo que cambia

Padres

Parece que mientras muchos hombres de su generación sienten que el mundo que conocían se desdibuja, las mujeres en cambio sienten por primera vez que el mundo empieza a nombrarlas. Para muchos padres el avance del feminismo no es una amenaza real, pero sí simbólica. No les quita privilegios, como puede ocurrirles a los hombres más jóvenes que ya tienen que lidiar con tareas cuya carga solo asumían las mujeres (como los cuidados), pero sí que les quita centralidad. Y eso, para quienes crecieron educados en la idea de que su opinión era la medida de todas las cosas, resulta bastante desconcertante.

No todos reaccionan igual. Pero algunos ante ese cuestionamiento se repliegan. Buscan certezas (y las encuentran en redes sociales radicalizadas y compradas por las corrientes más conservadoras). Se agarran a discursos que prometen orden, jerarquía, sentido común a la antigua usanza. Es más fácil pensar que el feminismo exagera que asumir que quizá no lo sabías todo.

El despertar feminista de las madres

Mientras mi padre se alinea más con el TikTok más rancio, descubro a mi madre comentando lo elocuente que es Inés Hernand o compartiendo reels de Sarita Lauper. Me pide prestados libros feministas (se ha leído últimamente 'Los hombres me explican cosas', por ejemplo) y puedo hablar con ella abiertamente sin que me tache de exagerada, al contrario. 

Lo más doloroso es que a medida que abre la mente, reconoce todo el tiempo que ha perdido para sí misma en pro del patriarcado. Y es que la mayoría de nuestras madres crecieron en un mundo en el que la mujer "calladita estaba más guapa". Que las felicitaba por sacrificarse. Que llamaba "carácter" al mal humor masculino pero que las tachaba de "histéricas" si sacaban el genio lo más mínimo.

Madres

La mía en concreto ha trabajado fuera y dentro de casa y, teniendo en cuenta que la mayoría de sus amigas tuvieron que dejarlo para cuidar de la casa y de la familia, es una adelantada a su tiempo. Pero aún así ha sostenido a la familia, cuidando de nosotros y de mi padre que nunca frió un solo huevo, y ahora también de mi abuela (aunque tiene unos hermanos ''muy modernos'' que se implican en esta tarea tanto como ella). 

¿Y ahora qué hacemos?

Centro

Tal vez la pregunta no sea por qué mi padre es cada vez más conservador y mi madre más feminista. Tal vez la pregunta sea qué hacemos con esa tensión: podemos elegir enfadarnos con ellos o tirar de pedagogía con paciencia. Mordernos la lengua o entrar al debate con toda la calma que nos sea posible.

Lo que está claro es que el feminismo no es una moda que enfrenta familias, sino una herramienta que permite a muchas mujeres -entre ellas, nuestras madres- vivir con más dignidad y menos culpa: esto es clave, liberarlas de la culpa siempre que podamos, yo es lo que intento. Y que si nuestros padres se sienten descolocados, no es el fin del mundo, es el principio de una conversación que llevaba siglos pendiente. En el fondo lo que está pasando en nuestras casas es un espejo de lo que pasa fuera: el poder se redistribuye, la narrativa se amplía y las certezas se tambalean. Y, aunque incomode, es una buena noticia.

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