En los años 90 el empoderamiento femenino resurgía con fuerza gracias a la figura de la girlboss, una mujer que por fin podía poner el foco en su carrera profesional y convertirse en exitosa fuera de las cuatro paredes de su casa. Ese concepto terminó engañándonos, porque con él se nos vendió no solo que podíamos ser todo, sino que teníamos que serlo: buenas trabajadoras, madres abnegadas, esposas perfectas e hijos que se encargaban de cuidar de todo y todos.
La industria se encargó de meternos por los ojos las figuras de súper mujeres que se cuidaban mientras trabajaban, se encargaban de la casa y la vida familiar y se hacían cargo de la educación y cuidado de los hijos. Casi sin despeinarse. Todas pensamos que si ellas podían, nosotras también. Pero nadie nos avisó de que ese proyecto iba acompañado de una carga mental abrumadora, de una brecha salarial que aún existe, de una escasez de conciliación y de una sobrecarga laboral y familiar con efecto para nuestra salud mental.
El efecto real del trabajo en la salud de la mujer
Precisamente por eso es tan interesante los datos que arroja el V Barómetro FEDEPE sobre el liderazgo femenino a día de hoy: el 87,4% de las mujeres reconoce que la sobrecarga laboral y familiar afecta negativamente a su salud física y el 88,7%, a su salud mental. Trabajar, querida, es malo para la salud. Pero no es que la presión de un puesto de responsabilidad nos abrume (solo el 25,0% de las mujeres trabajadoras encuestadas ocupa un puesto de alta responsabilidad en su empresa). No es el trabajo lo que nos hace daño de forma independiente, sino que se sume a todo ese trabajo que la mujer lleva arrastrando desde hace siglos: el cuidado.
Silvia Federici decía en su libro ‘Revolución en punto cero’ que “llamar “amor” o “instinto” al trabajo doméstico ha sido una de las estrategias más eficaces para garantizar que se realice gratis”, y ese trabajo no remunerado ha sido fundamental para el desarrollo del capitalismo, pero no se ha equiparado ni valorado como trabajo legítimo. En lugar de ello, se nos invitó a producir más fuera de casa, pero sin dejar de hacer lo que ya hacíamos dentro de casa. Ahora el sistema sigue dependiendo del trabajo gratuito de las mujeres, pero maquillado con discursos de empoderamiento femenino.
Los datos del Barómetro mencionado anteriormente, que se ha realizado sobre más de 700 mujeres de toda España, dejan algo claro: el bienestar de las mujeres y nuestros problemas de salud mental están directamente relacionados con la falta de corresponsabilidad y la desigualdad laboral. No lo digo yo, lo dicen los datos. Un 42,1% de las mujeres se encarga en solitario del cuidado de los hijos y para el 98,7% la falta de corresponsabilidad afecta directamente a su bienestar personal. Volvamos a leer esa cifra, el 98,7%.
El exceso de carga de trabajo o familiar que soportan las mujeres, que se encargan ellas solas del cuidado de sus hijos, afecta a su estado de salud física (87,4%) y mental (88,7%). Es más, según este metanálisis, la participación en trabajo no remunerado se asociada negativamente con la salud mental de las mujeres más que de los hombres, lo que no es de extrañar si tenemos en cuenta que ellos apenas se encargan. Según los datos del Barómetro, el 19,8% de las mujeres sufre ansiedad y un 10,3% tiene un diagnóstico de depresión.
El cuidado sigue siendo cosa de mujeres. Y pagamos con creces por ello
Si nos fijamos a nivel laboral, el 67% de los trabajos relacionados con la salud y los cuidados, recaen en mujeres según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero no solo cuidamos por un sueldo, también lo hacemos gratis. A nivel global, las mujeres realizan aproximadamente tres veces más trabajos de cuidados no remunerados que los hombres. En España ese desequilibrio es más que evidente porque el 34% de las trabajadoras dedica cuatro horas diarias al cuidado de hijos o nietos. Solo al cuidado. Las tareas domésticas (que también hacemos) van a parte, porque ocho de cada diez mujeres realiza labores del hogar a diario. Un 80%. Pero nos siguen intentando convencer de que podemos ser una 'superwoman', aunque eso nos cueste la salud mental.
Según Ana Bujaldón, presidenta de FEDEPE, “los datos reflejan que la salud y el bienestar siguen siendo los principales condicionantes del desarrollo profesional femenino”. Y para que se produzca un verdadero cambio, es necesario, como ella misma indicaba, “promover entornos laborales más saludables, flexibles y corresponsables es fundamental para construir un futuro igualitario". Es hora de poner en marcha políticas de bienestar y corresponsabilidad que garanticen entornos laborales más saludables para nosotras, porque si esto sigue así, las nuevas generaciones de mujeres terminarán viviendo solas y sin hijos para evitar tener que encargarse de todo y sufrir por ello.
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