Muchas de las mejores citas de la historia se le atribuyen a personajes de los que no tenemos ninguna evidencia que las dijeran. Pasa con el famoso "Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido" de Marie Curie y con esta perla de sabiduría, tan graciosa como filosófica, de Ernest Hemingway:
"Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar".
Siendo uno de los autores más importantes de la literatura norteamericana y universal, además de ganador del Pulitzer y el Premio Nobel de Literatura, sería bastante fácil descubrir que lo dijo en alguno de sus libros o en entrevistas. No obstante, solo hay constancia de que se trata de una gracieta anónima que lleva en circulación (con distintas variantes) desde 1909, por lo menos. Eso sí, cualquiera que tenga un poco de recorrido vital sabe que lo que describe la cita es tan real como la vida misma.
La paradoja de que sea más difícil callar que hablar
Crecer no consiste solo en acumular años y arrugas, sino en aprender autocontrol. Hablar es algo que viene de serie en el ser humano y nos acostumbramos a, tal vez, abusar de esa cualidad. Opinamos, reaccionamos, rellenamos silencios incómodos e incluso respondemos antes de pensar. Callar, en cambio, exige filtro, criterio y una rara virtud en el mundo contemporáneo: tolerar no ser el protagonista de toda conversación.
Como explica Alain Corbin en su libro 'Historia del silencio', desde el Renacimiento hasta la época contemporánea, el silencio fue considerado un requisito indispensable para la contemplación, la sabiduría y la creación. En 2026, para muchas personas, todavía sigue asociándose a la prudencia, la buena educación o el misterio. Aunque con un matiz nuevo: ahora supone más que nunca resistencia y contención.
Dominio público
Vivimos en una época donde todo invita a pronunciarse de inmediato. Las redes sociales han convertido cualquier tema, desde algo frívolo como una ruptura entre famosos hasta algo tan serio como un conflicto geopolítico en una convocatoria permanente a tener una opinión instantánea. No importa si se sabe sobre el tema, se ha leído previamente sobre el mismo o si se entiende el contexto: lo que importa es decir decir algo, contradiciendo ese dicho popular que reza que es mejor callar y parecer tonto que hablar y confirmarlo.
Por eso la frase atribuida a Hemingway sigue resultando actual. Porque hablar nunca fue ni tan fácil ni tan barato. Basta un comentario, una story, un reel o un TikTok o una respuesta airada escrita con abreviaturas en X desde el váter. Lo verdaderamente difícil es detenerse y pensar: ¿tengo realmente algo valioso que aportar? ¿Sé realmente de lo que hablo? ¿Estoy ayudando o solo metiendo ruido?
Pitágoras imponía años de silencio a sus discípulos para ejercitar el autocontrol y la prudencia antes de enseñarles. Mientras que filósofos estoicos, como Séneca y Epicteto, promovían el silencio como una lección de vida y un método para evitar errores (también conocido como el "arte de callar").
Dominio público
No obstante, es importante recalcar que aprender a callar no significa volverse sumiso ni mirar hacia otro lado ante las injusticias. Significa saber distinguir cuándo merece la pena intervenir y cuándo no. Saber que no toda provocación necesita respuesta, que no toda crítica exige defensa, que no todo tema requiere de nuestra opinión personal y que no toda batalla compensa el desgaste mental que acarrea.
Con los años, todos solemos descubrir (o deberíamos) que el silencio bien usado ahorra disgustos, tiempo y energía. Evita discusiones absurdas, debates desgastantes y estériles y mensajes escritos en caliente que a la mañana siguiente nos avergüenzan.
Por lo tanto, el verdadero crecimiento personal no está tanto en hacerse notar siempre, sino en decidir con inteligencia qué merece ser dicho. Por eso seguimos compartiendo y atribuyéndole esta cita al autor de obras como 'El viejo y el mar' o 'Por quién doblan las campanas', en la que hablar es instinto, callar es oficio. Una habilidad que vale oro.
Foto de portada | Dominio público
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