Mis padres pasaron su infancia y adolescencia en los años sesenta, y hacerlo forjó rasgos de su personalidad sin saberlo. Cada generación responde a sus propias necesidades y cada generación actúa en torno a un contexto diferente, por lo que la crianza que vivió la generación que creció en los años 60 y 70 estaba adaptada a su forma de vida. En su caso su crianza fomentaba la resiliencia, pero también les enseñó que pedir ayuda es una debilidad.
Su crianza tenía mayor contacto con otros, ninguna distracción digital y desde que eran pequeños, asumían más responsabilidades. Todo ello les moldeó, dejando su impronta en sus habilidades cognitivas y emocionales, que según las investigaciones sobre diferencias generacionales, se refleja en una mayor capacidad de afrontamiento, control interno y atención.
Las generaciones actuales viven, en muchos casos, una crianza helicóptero, un estilo de educación en que los padres tienen un comportamiento sobreprotector y controlador con sus hijos. Según un meta-análisis reciente de 53 estudios, la crianza helicóptero se asocia con mayores conductas internalizantes y menor ajuste académico, autoeficacia y habilidades de autorregulación. Además, se asocia con menores recursos de afrontamiento esenciales para navegar las adversidades. Si la crianza sobreprotectora merma estas capacidades, su ausencia en la generación que creció en los años 60, habría favorecido lo contrario, por eso son más resilientes.
Más resilientes, pero también más reacios a pedir ayuda
Esa generación lidió a diario con el fracaso y lo hizo sin ayuda, lo que como decíamos fomentó su resiliencia, una habilidad que ganaron de forma gradual a lo largo de su infancia. Pero también hizo que aprendieran algo: nadie vendría a salvarlos, ni siquiera del aburrimiento. Así aprendieron que la incomodidad no mataba y que sentirse incómodos no era una emergencia que necesitara una intervención inmediata .Esa lección se grabó en su sistema nervioso y sesenta años después, muchos aún descartan pedir ayuda aunque estén al límite.
El problema es que esas adversidades a las que se enfrentaron y esa falta de redes de apoyo en la infancia, tuvo un coste. A nivel cognitivo, según un estudio publicado en JAMA Pediatrics, los niños expuestos a adversidades en la primera infancia y sin redes de apoyo, obtuvieron puntuaciones más bajas en pruebas neurocognitivas. Ese estoicismo aprendido a la fuerza, se convirtió en evasión emocional disfrazada de fortaleza y creyeron que pedir ayuda es una debilidad. La generación que creció en los años 60 se volvió tan buena en no necesitar a nadie, que olvidó cómo era recibir ayuda y pedirla.
Esa generación también acumuló traumas no tratados, violencia doméstica normalizada y problemas de salud mental que se ignoraban. La "dureza" era una alfombra bajo la que esconder todo eso.
No todo fue malo. No saben pedir ayuda, pero sí esperar y perseverar. La psicología afirma que la perseverancia y la mentalidad de crecimiento son rasgos distintos pero que se refuerzan mutuamente en la adolescencia. En el caso de esta generación crecida en los 60, desarrollaron un mayor “grit”, la tendencia a mantener el interés y el esfuerzo hacia metas a muy largo plazo usando el autocontrol como una regulación voluntaria de los impulsos a las tentaciones momentáneamente gratificantes. Justo al contrario de lo que ocurre con las nuevas generaciones que han crecido scrolleando y prefieren la dopamina instantánea a una recompensa a largo plazo.
La generación de mis padres aprendió una fortaleza que les ayudó a sobrevivir, pero ahora tienen que descubrir que pedir ayuda no te hace débil, lo que debilita es rechazar esa ayuda cuando la necesitas. Ya no tienen porqué ser fuertes pensando que nadie les vendrá a salvar, porque la sociedad ha cambiado y las relaciones también. Ahora sabemos que son estas las que nos hacen felices y las que necesitamos para vivir con bienestar. También sabemos que la vulnerabilidad es necesaria para construir un vínculo profundo. No necesitan ser siempre fuertes, sino apoyarse en esa red de apoyo que han construido a lo largo de los años. En sus hijos, sus nietos, sus amigos. Ojalá lo aprendan y recuerden que recibir ayuda no les hace más débiles, sino más fuertes, más amados y más vivos.
Fotos | Çağrı Kurt en Pexels
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