Hemos pasado de ver la felicidad como un ideal ético a un mandato social. En la Antigua Grecia, filósofos como Aristóteles veían la felicidad no como un sentimiento, sino como una forma de vivir. La eudaimonia (felicidad) no era una emoción pasajera, sino el fin último de la vida y se alcanzaba a través de la virtud, la razón y el florecimiento humano. Ahora es algo completamente diferente y el filósofo Byung-Chul Han lo resumía en una frase: “La nueva fórmula de dominación es «sé feliz». La positividad de la felicidad desbanca a la negatividad del dolor”.
Para entenderlo, tenemos que revisar primero la visión de Han sobre lo que él llama “dispositivo neoliberal de felicidad”. Según el filósofo, vivimos en una sociedad neoliberal contemporánea en la que la felicidad deja de ser un estado humano espontáneo y se convierte en una norma imperativa. Es decir, nos obligan a ser felices y lo hacen como un mecanismo de poder. Con ese “sé feliz” completamente imperativo lo que se hace es individualizar el sufrimiento y convertirlo en algo propio y por lo tanto, en algo que es responsabilidad nuestra.
Ese simple gesto busca dos cosas: ocultar las injusticias sociales, porque si el sufrimiento es tuyo, las condiciones estructurales que generan desigualdad o malestar no se perciben; y despolitizar la vida, porque cuando nos centramos en optimizar y alcanzar nuestro propio bienestar, dejamos de criticar la organización social. No miramos fuera porque la felicidad y la ausencia de sufrimiento depende únicamente de nosotros.
Cuando "sé feliz" se transforma en una orden que nos controla
Y es así como el mandato “sé feliz” se convierte en una forma de dominación. Si no eres feliz significa que algo falla contigo. El mismo verbo lo convierte en una orden que acatar. Según Han, “el neoliberalismo transforma la felicidad en una técnica de dominación” porque nuestra visión del dolor ha cambiado. “El sufrimiento, del cual sería responsable la sociedad, se privatiza y se convierte en un asunto psicológico. Lo que hay que mejorar no son las situaciones sociales, sino los estados anímicos”, explica el experto. Y lo peor es que ni somos conscientes de ello. “El sometido ni siquiera es consciente de su sometimiento”, asegura Han, que añadía ya en ‘La sociedad del cansancio’ que ahora no somos explotados por otros, sino que “nos autoexplotamos voluntariamente”, sintiéndonos libres en el proceso.
El giro clave según Han es que “la positividad de la felicidad desbanca a la negatividad del dolor”, lo que significa que el dolor no se escucha como antes, y el sufrimiento deja de ser una experiencia común para pasar a ser un fallo individual. Esto genera una paradoja según el filósofo, y es que cuanto más se exige felicidad, más ansiedad y depresión se produce. Más culpa por no estar bien. “La felicidad obligatoria elimina toda negatividad, y con ello toda profundidad”, explicaba Han, pero es más, esa felicidad obligatoria produce justo lo contrario de lo que exige: infelicidad.
Aunque la psicología positiva nos aporta cosas valiosas como ayudarnos a ser más resilientes, cuando se vuelve norma social (entendida como una obligación), las emociones negativas pasan a ser un fracaso personal y la tristeza y el dolor, algo que arreglar cuanto antes. A nivel psicológico esto genera culpa emocional porque no solo me siento mal, sino que estoy mal por sentirme mal. Decía Han en su libro ‘La agonía del Eros’ que “La sociedad actual evita todo dolor y toda negatividad. Pero una vida sin negatividad es una vida sin intensidad”.
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Fotos | Editorial Herder, Baylee Gramling en Unsplash
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