Arthur Schopenhauer, fue el padre del pesimismo filosófico moderno y nos avisaba de algo: no hemos nacido para ser felices. En su libro ‘El mundo como voluntad y representación’, afirma que “la vida oscila, como un péndulo, entre el dolor y el aburrimiento”. Y mucho de ello tiene que ver con nuestro deseo de querer más y más y con el concepto de “Voluntad” del autor.
Para Schopenhauer, "todo es Voluntad" y "la Voluntad es el principio fundamental del ser y se encuentra por encima del pensar y del sentir en cuanto fuerza motriz autónoma". Es un impulso ciego e irracional, y es la que nos mueve del dolor al aburrimiento como decíamos al principio. Según el filósofo, el dolor surge del deseo insatisfecho. Afirmaba que la voluntad nos impulsa constantemente a querer cosas, pero cuando no tenemos lo que deseamos, sufrimos. Cuando el deseo se hace realidad y conseguimos lo que queríamos, aparece un vacío y nos aburrimos. Es decir, cuando deseamos, sufrimos y cuando satisfacemos el deseo, nos aburrimos. Entonces volvemos a desear algo nuevo y el ciclo comienza de nuevo.
“La voluntad se encuentra en un mundo sin fin ni límites, [...] sus deseos son ilimitados, sus exigencias, inagotables, y cada deseo satisfecho hace nacer otro nuevo. Ninguna satisfacción posible en el mundo podría bastar para acallar sus exigencias, poner un punto final a su deseo y llenar el abismo sin fondo de su corazón”, escribía.
Cómo el amor líquido y la cinta de correr hedónica conectan con Schopenhauer
No sé por qué pero en mi cabeza esta idea conecta de forma muy sugerente con la concepción del amor en la modernidad líquida de Zygmunt Bauman, que explicaba en ‘Amor líquido’. Para Schopenhauer el problema no es un deseo concreto, sino la estructura misma del amor como una manifestación intensa de la voluntad. Decía que “querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es esencialmente dolor”. Por su parte Bauman sostiene que en la sociedad contemporánea las relaciones son frágiles, reversibles y de bajo compromiso. Podemos leer el amor moderno en clave schopenhaueriana si pensamos que el deseo nos provoca dolor (miedo a la soledad, validación externa…) y cuando lo conseguimos y empezamos una relación, aparece ese aburrimiento que nos hace creer que necesitamos algo nuevo.
Pero no es con lo único contemporáneo que lo podemos relacionar. La cinta de correr hedónica de la que nos hablaba Arthur C. Brooks, uno de los mayores expertos en felicidad del mundo, funciona de forma similar, como un monstruo voraz que siempre quiere más. La cinta de correr hedónica de Brickman y Campbell sugiere que el nivel de felicidad de las personas, aunque se mueva en una dirección positiva o negativa, vuelve al nivel de referencia donde estaba antes. Es decir, se adapta para quedarse siempre en el mismo lugar. Por eso el placer es breve, el deseo reaparece y la satisfacción no es estable, y como decía Schopenhauer, “toda satisfacción, o lo que comúnmente se llama felicidad, es en realidad y esencialmente siempre negativa y nunca positiva”, porque siempre vuelve al inicio y nunca está satisfecha.
Cómo romper el ciclo de deseo y aburrimiento
Ahora la pregunta es si hay alguna forma de escapar, aunque sea momentáneamente, de ese ciclo que describía Schopenhauer y confirmaba la teoría de la cinta de correr hedónica. Y lo cierto es que el filósofo alemán presentaba en su libro dos opciones: el arte y la compasión. “La contemplación estética desinteresada nos libera momentáneamente del deseo”, afirmaba en su libro haciendo referencia a esa forma de mirar el mundo contraria a la que usamos habitualmente. En la sociedad tendemos a mirar lo que nos rodea, y quien nos rodea, pensando qué podemos obtener o para que nos sirve y esa mirada está dominada por la Voluntad.
Ahora imagina que escuchas una canción y te absorbe completamente. Durante esos minutos no piensas en tus problemas, no te proyectas a futuro y no deseas nada. No eres alguien que quiere, sino que simplemente contemplas. Schopenhauer llama a esto convertirse en “sujeto puro de conocimiento” y suspendes, temporalmente, tu deseo. Esto ocurre porque dejamos de verla como un objeto práctico y la percibimos como una expresión universal. Dejas de ver tu tristeza para ver la tristeza humana y esa universalización, hace desaparecer la individualidad y con ella el ego que desea.
El segundo camino es la compasión. Para Schopenhauer si todos somos manifestaciones de la misma Voluntad, el sufrimiento del otro no es radicalmente distinto del mío. Metafísicamente, todos somos expresiones de una misma realidad según el filósofo y la compasión es el momento en que intuimos eso.
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