Arthur Schopenhauer dedicó buena parte de su vida a diseccionar por qué sufrimos y cómo aliviar ese sufrimiento. Su obra está repleta de consejos pero nunca tuvo que enfrentarse al síndrome del impostor. O al menos no que la historia tenga constancia. Esta sensación de ser un fraude, algo que sufrimos especialmente las mujeres, es tan común que hasta Michelle Obama confesó ser víctima de él. A pesar de que el filósofo alemán no lo viviera, sí que hay una cita que nos puede ayudar a superar nuestro síndrome de la impostora: "el destino baraja las cartas, y nosotros jugamos".
La frase aparece en su libro más leído, ‘Aforismos sobre la sabiduría de la vida’, una muestra de que la filosofía es, como ya decía Epicuro, un fármaco para afrontar la vida. Aunque fue pensada para explicar el papel del azar en nuestra existencia, describe a la perfección esa tensión entre lo que no controlamos y lo que sí depende de nosotros que ya analizaban los estoicos. Esa misma tensión aparece en el síndrome de la impostora con un runrún que te dice que tu éxito es un error que alguien va a descubrir tarde o temprano.
Como persona que lleva años sufriendo el síndrome de la impostora te digo que mi cabeza se empeña en hacerme creer que si ahora mismo estoy escribiendo estas líneas es simplemente por un golpe de suerte, y que la única forma de evitar que se descubra el pastel es ser lo más perfeccionista posible. No entra en juego mi talento, mi formación ni cualquier habilidad que tenga. Schopenhauer dejó en su filosofía tres ideas que a mí me ayudan a desmontar esa trampa mental que mi cabecita insegura se emperra en hacerme creer que es cierta.
Tú no repartes las cartas, pero sí eliges la jugada
El síndrome de la impostora se alimenta de hacerte creer que tus éxitos son un golpe de azar y que si algo sale mal, es la prueba irrefutable de que no merecemos dicho éxito. En un juego de cartas que usa Schopenhauer como metáfora, existen dos momentos que conviene diferenciar muy bien: el reparto de las cartas y la partida. El reparto es azar, pero la partida no.
En la vida ocurre exactamente lo mismo. “La vida es un juego de cartas, donde las cartas son barajadas y repartidas por el destino”, escribía Schopenhauer. Nuestro talento innato, nuestras habilidades, nuestra familia, el momento histórico en el que vivimos o la oportunidad que aparece, son el reparto. Nuestro contexto es nuestro reparto de cartas y el azar juega un papel en él. "La personalidad del hombre determina por anticipado la medida de su posible fortuna" según el filósofo alemán, pero una vez repartidas las cartas que nos han tocado, las jugamos nosotros. Jugar bien esa mano depende de nuestra capacidad de tomar decisiones incluso sin tener todas las cartas ganadoras. No es la suerte la que te ha colocado donde estás, es tu forma de jugar la partida. Separar ambas cosas es el primer paso para dejar de sentir que cada éxito es un fraude.
Lo que se es frente a lo que se representa
En el síndrome del impostor tenemos pánico a que se "caiga la máscara" y los demás descubran que no somos tan capaces como parecemos. Pero curiosamente, la palabra "persona" viene del latín persōna, la máscara que usaban los actores en el teatro para representar un papel. Todos llevamos una máscara encima y representamos un papel en el mundo. Ahora bien, no podemos confundir lo somos con el papel que representamos ante los demás.
Schopenhauer dividía la felicidad en tres planos: lo que uno es, lo que uno tiene y lo que uno representa ante los demás. Adivina cuál pesa más en nuestra felicidad. "Lo que uno es contribuye mucho más a la felicidad que lo que uno tiene o lo que uno representa". Cuanto más se obsesiona una persona con sostener una versión idealizada de sí misma para cumplir expectativas ajenas, más distancia hay entre ese "yo ideal" y el "yo real". Y no se trata de que finjas mejor sino de conocerse con honestidad, y ver tus capacidades y límites. Así, al no haber distancia entre lo que somos y lo que representamos, no existe miedo a que nos “descubran” porque ya nos ven.
Aceptar que el azar juega su parte
La tercera idea tiene que ver con el control. Schopenhauer era consciente de que hay muchas cosas a nuestro alrededor que escapan a nuestra voluntad y nuestro control. Es lo que sostiene la dicotomía del control desarrollada por Epicteto. De hecho afirmaba que "la vida es un asunto de suerte, pero el éxito lo es de talento". Cuando vives con el síndrome de la impostora pisándote la nuca, también vives como si tuvieras que controlarlo absolutamente todo para demostrar que mereces tu sitio. Pero si reconoces que el azar juega una parte de la partida, sin que hacerlo reste mérito a cómo juegas esas cartas, te libras de la exigencia imposible de controlarlo todo porque, spoiler: no puedes.
Al final, la cita de Schopenhauer de que "el destino baraja las cartas, y nosotros jugamos", lo que hace es devolver el mérito a quién vive. Puede que el destino te repartiera las cartas y la suerte jugara un poquito a tu favor, pero que ahora estés donde estás, querida, es por cómo has jugado con esas cartas. El mérito es enteramente tuyo.
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