A veces las historias más extrañas vienen de quienes supuestamente lo tienen todo, porque no es raro escuchar hablar de empresarios que buscan optimizar sus negocios, sus equipos o sus estrategias. Pero cuando esa mentalidad se traslada a algo tan natural como envejecer, empieza a surgir una mezcla entre paranoia tecnológica y un concepto del éxito tan distorsionado que parece salido de una peli de ciencia ficción.
En Silicon Valley y entre círculos de millonarios entusiastas del bienestar, ha florecido la moda del biohacking, una especie de ingeniería personal que pretende ralentizar (o incluso detener) el envejecimiento mediante una mezcla de tecnología, medicina experimental y hábitos extremos.
Nombres como el de Bryan Johnson, que ha gastado millones en suplementos, terapias de oxígeno y rutinas casi imposibles para "optimizar" su cuerpo, son ejemplos de esta tendencia que ya ha trascendido al gran público. Hay quien llega a pasar horas diarias en cámaras de presión, con dietas meticulosamente controladas y análisis biométricos continuos, con la idea de que cada dato puede ser una pista para vivir más años y mejor.
Pero esta carrera en pos de la eternidad también tiene su lado absurdo y profundamente humano: muchos de los que la lideran parecen estar tan obsesionados con ganar tiempo que olvidan vivir realmente. Al final, pasan más tiempo midiendo, analizando y optimizando que disfrutando de sus familias, amigos o simples momentos cotidianos.
Esta paradoja se ve reflejada en figuras como James Watt, cofundador de BrewDog, que ha gastado más de un millón de libras en biohacking personal: desde cámaras de oxígeno hasta hielo matutino y cascos de neurofeedback, con la esperanza de vivir más años con salud y energía.
La crítica que surge alrededor de este fenómeno no es sólo que sea extremadamente caro o elitista, sino que a veces parece un intento de tratar el envejecimiento como si fuera un problema técnico más que una parte inevitable y, en realidad, rica de la experiencia humana.
Desde Silicon Valley hasta los círculos de wellness del Reino Unido, hay quienes señalan que invertir tanto en intentar "arreglar" algo tan humano puede ser una forma curiosa de desperdiciar la vida en sí misma: más preocupado en el reloj biológico que en las risas, las amistades o simplemente estar presente.
Al final, muchos están de acuerdo en que la obsesión por prolongar cada segundo puede dejar fuera de foco aquello que realmente hace que esos segundos valgan la pena.
Fotos de Vogue Scandinavia | Bryan Johnson
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