Sam Altman, el director ejecutivo de OpenAI tiene una peculiar conducta que la Generación Z evita a toda costa para asegurar su futuro laboral

Una guerra cultural que a nuevas generaciones les podría costar un contrato

Sam Altman
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Joel Calata

Editor

A menudo, el éxito en las altas esferas de la tecnología no solo depende de las decisiones estratégicas o de la capacidad de innovación, sino de una serie de gestos cotidianos que definen la marca personal de los líderes más influyentes del planeta, y justamente, resulta curioso observar cómo ciertos hábitos, que para el común de los mortales pasarían desapercibidos, se convierten en objeto de análisis profundo. 

Resulta que Sam Altman, el máximo responsable de OpenAI y una de las figuras más potentes del sector tecnológico, ha llamado la atención por una costumbre que, a priori, parece una nimiedad pero que esconde una lectura mucho más compleja. El directivo tiene por norma escribir absolutamente todo en letras minúsculas, prescindiendo de las mayúsculas incluso al inicio de las frases o en los nombres propios. 

Según detalla una información reciente de Fortune, esta conducta mimetiza el estilo de comunicación de la Generación Z, quienes ven en la ausencia de mayúsculas una forma de transmitir cercanía, fluidez y una actitud mucho menos rígida que la de sus predecesores.

Sin embargo, lo que para el jefe de ChatGPT es una marca de estilo o una forma de ahorro de energía digital, para un joven que está intentando abrirse camino en el mercado laboral podría suponer un auténtico suicidio profesional. Mientras que Altman se puede permitir el lujo de saltarse las normas de ortografía porque ya ha llegado a la cima y su autoridad es indiscutible, los expertos advierten de que este tipo de escritura puede ser interpretado como una falta de respeto o de seriedad en alguien que no ostenta ese poder. 

Nik 3xnn1zgvbwy Unsplash Foto de Nik en Unsplash

Por ello, se da la paradoja de que los mismos jóvenes que popularizaron esta tendencia son ahora quienes más se esfuerzan por evitarla en sus correos y mensajes de trabajo para asegurar su futuro y no ser descartados de un plumazo por un reclutador de la vieja escuela.

Este fenómeno pone de manifiesto que en el mundo corporativo existe una doble vara de medir muy marcada, donde el estatus permite licencias que para el resto son barreras infranqueables. El hábito de Altman no es solo una cuestión de estética, sino un recordatorio de que las reglas del juego cambian dependiendo de quién las rompa

Mientras la inteligencia artificial sigue avanzando a pasos agigantados, los seres humanos seguimos lidiando con estas pequeñas guerras culturales sobre cómo debemos presentarnos ante los demás, demostrando que un simple botón de mayúsculas puede decir mucho más de nosotros que el mejor de los currículos.

Y en un entorno donde la imagen lo es todo, parece que el truco está en saber cuándo uno puede permitirse el lujo de relajarse y cuándo toca escribir como mandan los cánones para que no le den a uno con la puerta en las narices.

Fotos de NBC

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