Aunque todos los años hago algún viaje largo durante las vacaciones, lo cierto es que siempre me gusta pasar unos días en el Pirineo aragonés para desconectar y disfrutar de sus paisajes, su patrimonio natural y su gastronomía. Para mí, es una auténtica necesidad porque me permite descansar y recargar las pilas, reconectando con sitios que me hacen sentirme bien, en mi lugar...
Al Pirineo subo desde que era niño, cuando ya subía con mis padres recorriendo parajes como Ordesa. Y con el paso el paso de los años he seguido volviendo una y otra vez. Por eso, más que una lista de recomendaciones, esta selección es también un recorrido por mi propia memoria, por esos rincones que, pase el tiempo que pase, siguen pareciéndome mágicos.
El valle de Hecho, Ansó y la Selva de Oza
Arquitectura tradicional en Ansó
Si tuviera que elegir una zona por donde comenzar, sería la Jacetania. Y allí, es imprescindible conocer Hecho (o Echo, en aragonés) y Ansó, dos de los pueblos que mejor han conservado su identidad en todo el Pirineo, con esas casas de arquitectura popular altoaragonesa, con sus tejados inclinados, sus chimeneas rematadas por espantabrujas o sus escudos luciendo orgullosos sobre las puertas de las viejas casonas desde hace muchas generaciones.
Y luego está la Selva de Oza, que es de esos lugares que impresionan la primera vez que los ves y siguen impresionando la décima. Un bosque de hayas y abetos que se pega al río Aragón Subordán, con zonas para dejar el coche y caminar sin prisa. Desde la propia Selva de Oza sale además una de mis rutas favoritas de todo el Pirineo occidental: la que sube hasta Aguas Tuertas. Es un llano de alta montaña por el que el río serpentea de una forma casi de postal, rodeado de prados y con las montañas asomando al fondo. No es una caminata corta, pero tampoco exige un nivel especial, y la recompensa visual es de las más grandes que conozco en esta zona del Pirineo.
En la antesala del Valle, y antes de atravesar un desfiladero impresionante llamado la Boca del Infierno, no hay que dejar de visitar San Pedro de Siresa, uno de los monasterios más antiguos de Aragón, donde se dice que fue bautizado Alfonso I El Batallador, el monarca aragonés que conquistó Zaragoza.
San Juan de la Peña, el monasterio que parece salir de la roca
San Juan de la Peña
Este es de los lugares que más me gusta enseñar a quien viene por primera vez a la zona, porque la reacción suele ser la misma: sorpresa. El monasterio viejo está literalmente encajado bajo un enorme peñasco, y esa mezcla entre arquitectura románica y roca natural crea una imagen que no se olvida fácilmente. Se le considera cuna del Reino de Aragón, y allí están enterrados los primeros reyes de Aragón junto a varios miembros de la familia real aragonesa.
San Juan de la Peña
La carretera de acceso, con sus curvas entre bosque, ya merece el viaje. Y desde el mirador cercano al monasterio nuevo, las vistas del Pirineo son de las mejores que conozco sin necesidad de subir a ningún pico. Como consejo, antes de comenzar la subida al monasterio de San Juan de la Peña, hay que hacer un alto para disfruta de Santa Cruz de la Serós. Allí podrás disfrutar de la iglesia de Santa María, único resto de un monasterio femenino de los siglos XI y XIII donde vivieron mujeres de la nobleza aragonesa, y la pequeña ermita románica de San Caprasio.
Canfranc, la estación que cambió de vida
Si hay un sitio especial para mí, ese es Canfranc. Allí paso todo el tiempo que puedo, y al margen de la belleza del entorno y de la impresionante estación decimonónica, representa la tenacidad aragonesa por la lucha constante para recuperar la estación y reabrir la línea férrea cerrada en los años 70 tras un desprendimiento.
De niño, veía esa estación abandonada, medio fantasmal, con trenes antiguos resistiendo al paso del tiempo en las playas de vías. Y ahora, esa estación construida a principios del siglo XX para unir España y Francia por ferrocarril, se ha transformado en un hotel gran lujo de Barceló, dando vida de nuevo al edificio, y también al valle del Aragón. Aunque no te alojes allí, se puede visitar el impresionante vestíbulo, pasear por los jardines , que siguen conservando ese aire de grandeza un poco decadente que tanto me gusta, o disfrutar de su oferta gastronómica, entre la que destaca poder disfrutar de un restaurante estrella Michelin en unos antiguos vagones de tren recuperados.
Ruta desde el telesilla de Astún
En el valle del Aragón, subiendo hacia la frontera francesa siguiendo de forma paralela al Camino de Santiago, nos encontraremos con Candanchú (la que fue la primera estación de esquí de España), y Astún. Desde este centro invernal hay un telesilla a los Lagos, que permite recorrer varios ibones (lagos de origen glaciar, y pasar a Francia a través del Collado de los Monjes, permitiendo disfrutar de unas vistas increíbles del Midi d'Ossau.
Jaca, la primera capital del Reino de Aragón
La catedral y la Ciudadela de Jaca
Antes o después de visitar Canfranc y el valle del Aragón, puedes visitar Jaca, la capital de la comarca de la Jacetania que está a los pies de la Peña Oroel. Entre los atractivos de la que fue la primera capital del Reino de Aragón, destaca la catedral románica del siglo XI, la ciudadela de San Pedro, con su foso con ciervos y su planta en forma de estrella, o su casco histórico.
Como recomendación, no hay que perderse pastelerías como Echeto, La Suiza o Vincelle (la pastelería jacetana es de nivel), ni los restaurantes y lugares de tapeo (Como La Tasca de Ana) que salpican la ciudad. Y si vas fuera de los meses de verano, también podrás patinar en la pista de Hielo que hay al sur de la ciudad. Más allá de los monumentos, Jaca me sirve sobre todo como base logística.
Biescas, Panticosa, Sallent de Gállego y Lanuza, protagonistas en el Valle de Tena
Biescas
Biescas es una de esas localidades pirenaicas que invitan a detenerse sin prisas. Situada a la entrada del valle de Tena y atravesada por el río Gállego, combina el ambiente animado de un pueblo con todos los servicios con el encanto de la arquitectura tradicional del Alto Aragón. Sus calles conservan casonas de piedra, plazas tranquilas y la iglesia de San Salvador, y hay vermuterías, bares de tapeo y restaurantes que merece la pena conocer. Muy cerca, también está en parque de Lacuniacha, ideal si vas con niños.
Balnearia de Panticosa
El Balneario de Panticosa es uno de los parajes más sorprendentes de todo el Pirineo. Situado a 1.636 metros de altitud, en el corazón del Valle de Tena, está rodeado por cumbres que superan los 3.000 metros y por un paisaje de ibones, cascadas y bosques que lo convierten en un destino donde naturaleza y arquitectura se funden de una forma única en una pequeña ciudad balnearia en plena montaña.
Sallent de Gállego, por su parte, es de los pueblos con más encanto de todo el Alto Gállego. Me gusta especialmente pasear por su casco antiguo al atardecer, o para disfrutar de su amplia oferta gastronómica. Y muy cerca, Lanuza merece una parada en este pueblo recuperado tras haber tenido que ser abandonado para construir el embalse que baña el pueblo. Quizás te suene porque allí se celebra un festival único, el Pirineos Sur, gracias a su escenario flotante.
Ruta del Serrablo
Y si te gusta el arte, y en particular el románico, no puedes dejar de visitar la Ruta del Serrablo. Recorre una serie de pequeñas iglesias levantadas entre los siglos X y XI que constituyen un conjunto único del románico serrablés, un estilo con rasgos propios que apenas se encuentra fuera de esta comarca. Distribuidas entre pueblos tranquilos y rodeadas de bosques, prados y montañas, estas iglesias destacan por sus esbeltos campanarios, los característicos frisos de baquetones y una sobriedad arquitectónica que encaja a la perfección con el paisaje. Más allá de su valor histórico y artístico, la ruta es también una excelente excusa para descubrir algunos de los rincones más auténticos y menos transitados del Alto Gállego.
Torla, la puerta de Ordesa
Torla es otro de esos pueblos de ambiente montañés que hay que apuntar. Es la entrada al Parque Nacional de Ordesa y Monteperdido, y la foto de su caserío con el Mondarruego de fondo, es de las más espectaculares del Pirineo. Aún así, aunque este es un pueblo que hay que conocer, es mejor que te olvides de visitar el valle de Ordesa.
En esta época del año está saturado de visitas, hay que subir en autobús hasta la pradera donde comienzan las rutas, y la verdad es que es una pena no poder disfrutar de esta maravilla de la naturaleza en condiciones. Por eso, es mejor que lo visites fuera de temporada, cuando hay mucha menos gente, y se puede respirar mejor su esencia. Como alternativas, se puede visitar el valle de Bujaruelo, o las localidades de Broto y Fiscal.
L'Aínsa y el Valle de Pineta
Aínsa es, probablemente, el pueblo que más suelen recomendar si visitas la comarca del Sobrarbe. Su plaza mayor porticada, con el castillo al fondo, y las calles empedradas de esta villa medieval es de las postales más bonitas que podrás encontrar en esta zona de Aragón.
Desde allí, subir hasta Bielsa, con su arquitectura tradicional, y hasta el Valle de Pineta es de lo más recomendable. Pineta es un valle glaciar rodeado de tresmiles y con decenas de cascadas que caen por las paredes rocosas que lo conforman. Y por más veces que hayas ido, sigue impresionando. Allí, en el fondo del valle, está el Parador Nacional de Pineta, por si buscas un sitio para comer o dormir. En la zona, también merece la pena conocer el valle de Gistáin, o de Chistau, en aragonés.
Merece la pena recorrer pueblos como Gistaín, conocido como el pueblo de las tres torres, San Juan de Plan y Plan, disfrutar de paisajes como la Basa de la Mora (ibón de Plan), los prados de Biadós, puerta de acceso al macizo del Posets, o ascender hasta el ibón de Urdiceto. Todo ello en un valle que ha conservado su arquitectura tradicional, el chistabín —una de las variedades del aragonés— y un entorno natural de enorme belleza dentro del Parque Natural Posets-Maladeta
Benasque, el techo de Aragón
Benasque
Termino con Benasque porque, para mí, cierra el círculo. Es la puerta de entrada al Macizo de la Maladeta y al Aneto, el techo de los Pirineos. El pueblo es la mar de coqueto, conservando el ambiente típico de la montaña, con una arquitectura muy cuidada, mucha piedra y madera, y buenos sitios para comer después de cualquier caminata.
Muy cerca, está Anciles, un pequeño pueblecito que esconde un restaurante con estrella Michelin, Ansils. Y muy cerca, está Cerler, una de las principales estaciones de esquí aragonesas, y Campo, el paraíso soñado para los amantes del parapente. Si te gusta el senderismo de nivel medio, los alrededores de Benasque, hacia el Ibón de Cregüeña o los baños de Benasque, ofrecen paisajes de alta montaña sin necesidad de ser un experto.
Fotografías | Nacho Viñau, Turismo de Aragón, Huesca La Magia
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