La Costa del Sol es uno de los destinos que más turistas nacionales e internacionales atrae dentro de nuestro país. Sin embargo, es mucho más que todos los lugares que primero se nos vienen a la cabeza cuando pensamos en ella, como Marbella, Estepona, Sotogrande y compañía... Aunque parezca imposible, todavía quedan pueblos preciosos que han conseguido quedarse al margen del ruido y las masificaciones. Manilva es uno de esos lugares que no necesitan postureo porque lo tienen todo sin necesidad de publicidad ni tener que hacer ningún tipo de esfuerzo.
Un pueblo blanco entre viñedos y mar
El casco urbano Manilva no está pegado a la costa, pero eso precisamente es lo que lo diferencia de otros pueblos de la zona. El núcleo principal se levanta a unos dos kilómetros del mar, sobre colinas cubiertas de viñedos que llevan siglos definiendo tanto el paisaje como la economía local.
Destacan sus calles tranquilas, las fachadas encaladas y esa sensación de pueblo-pueblo que uno no siempre se encuentra en primera línea de playa. Uno de sus puntos clave es la Iglesia de Santa Ana, levantada en el siglo XVIII, cuya arquitectura resume bastante bien el carácter del lugar: sencilla, histórica y sin artificios.
Playas que no necesitan filtros
La sorpresa llega cuando bajas hacia la costa porque el municipio de Manilva tiene más de ocho kilómetros de litoral con una amplia variedad de playas amplias, familiares y bien equipadas que se mezclan con otras mucho más discretas, casi escondidas.
Zonas como Sabinillas o Duquesa-El Castillo son perfectas para quienes buscan comodidad, pero basta alejarse un poco para encontrar rincones más tranquilos, especialmente hacia Punta Chullera, donde el paisaje se vuelve más salvaje. No obstante, en ninguna hay esa sensación de saturación constante que se respira en otras partes de la costa. Un lujo, sobre todo en verano.
Buena comida entre castillos y restos romanos
Aunque hoy se perciba como un refugio tranquilo, Manilva tiene más historia de la que aparenta. Su posición estratégica, cerca del Estrecho de Gibraltar, la convirtió durante siglos en territorio codiciado.
De ello dan fe los restos romanos en Sabinillas o el Castillo de la Duquesa, construido en el siglo XVIII sobre una antigua villa romana para defender la costa de los ataques piratas. También el castillo de Sabinillas, levantado en tiempos de Carlos III, recuerda que este rincón fue frontera y refugio a partes iguales.
Aunque si algo define a Manilva es esa mezcla entre tierra y mar que también se nota en la mesa. Aquí la cocina va directa al grano: producto local de calidad y recetas de siempre. Pescados y mariscos son obligatorios en cualquier carta (fritura malagueña, fideos con almejas, potaje de jibia) pero también hay hueco para platos más de interior como las sopas de espárragos o el salmorejo de pulpo. Y luego está el vino: la uva moscatel, cultivada en las colinas que rodean el pueblo es una de sus señas de identidad gastronómicas.
Un puerto con ambiente (pero sin agobios)
El Puerto de la Duquesa pone el contrapunto más animado a la tranquilidad general de Manilva. Está entre Marbella y Sotogrande, pero sin el nivel de saturación de ninguno de los dos. Aquí hay bares, restaurantes y terrazas donde alargar la tarde sin prisas, en un ambiente relajado que no siempre se encuentra en otros puertos deportivos de la zona.
Porque Manilva no intenta competir con los grandes nombres de la Costa del Sol, y ese es su secreto del éxito. Tiene playas donde todavía puedes poner la toalla sin problemas, un casco urbano que conserva toda su esencia y una gastronomía que no necesita de reinterpretaciones modernas para enamorar. Es, en pocas palabras, ese tipo de sitio al que llegas sin expectativas altísimas… y del que te vas pensando en cuándo volver.
Foto de portada | Costa del sol turismo
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