Cada vez que tengo que ir al gimnasio mi mente se esfuerza por poner excusas. Hace frío. Está lloviendo. Va a bajarte la regla. Estás cansada. A esta hora habrá mucha gente. Entrenar es algo que me incomoda, a pesar de los beneficios que sé de sobra que tiene, y mi mente rechaza en muchas ocasiones esa incomodidad. Pero ¿y si decidimos, de forma voluntaria, sentirnos incómodos? Es lo que propone la psicóloga Teresa Terol.
Terol explica que “los estoicos decían que era maravilloso entrenar la incomodidad”. Según la psicóloga, entrenar la incomodidad voluntariamente sirve para entrenar la fuerza de voluntad. Si elegimos “fastidiarnos” a propósito en nuestro día a día, como por ejemplo ducharnos con agua fría aunque tengamos agua caliente o ir a entrenar cuando no tenemos ganas, “cuando nos incomodamos, a corto plazo no pero después nos hacen sentir mejor”, asegura.
La incomodidad voluntaria de los estoicos
Musonio Rufo, filósofo estoico, aseguraba que la incomodidad voluntaria forjaba nuestra resiliencia y favorecía el autocontrol en futuras adversidades. Los estoicos defendían la idea de practicar la incomodidad voluntaria como una forma de entrenamiento mental porque fortalece el carácter y la autodisciplina. Por ejemplo, Séneca, un hombre con dinero, vivía de vez en cuando como un hombre pobre. Comía alimentos sencillos y dormía en un suelo duro como un entrenamiento. Practicaba la “incomodidad voluntaria”, para desarrollar resiliencia mental y reducir el miedo a perder comodidades.
En su colección de cartas ‘Epistulae Morales ad Lucilium’, recomendaba a Lucilio “reservar un número determinado de días, te harás amigo de la pobreza más humilde, con la comida más escasa y barata, con ropa tosca y áspera y te dirás a ti mismo: '¿Es esta la condición que temía?'”. En el contexto estoico del que hablamos no se trata de glorificar el sufrimiento, sino que lo que buscaba Séneca era desensibilizar la mente del miedo a perder lo que valoramos, especialmente a nuestros bienes materiales. Según el filósofo, al practicar esa incomodidad voluntaria nuestra mente aprende que esas situaciones que nos dan miedo no son tan dañinas como pensamos, reduciendo así nuestra ansiedad y dependencia a ellas.
A nivel psicológico, es cierto, hasta cierto punto, que entrenar la incomodidad fortalece la fuerza de voluntad y la resiliencia. Por ejemplo, la técnica de inoculación del estrés desarrollada por Donald Meichenbaum, comparte principios similares y funciona como una especie de “vacuna psicológica”. Nos exponemos de forma gradual al estrés con habilidades de afrontamiento para fomentar resiliencia. ¿Significa eso que tenemos que hacer huelga de hambre, pasar frío o vestir con harapos? No, no hace falta llevarlo al extremo ni significa que cualquier incomodidad tenga beneficios. La clave a nivel psicológico es que exista intención y sobre todo una regulación emocional. No se trata de sufrir por sufrir.
Lo que propone Terol es hacer pequeñas cosas incómodas y adaptadas a nuestro día a día, para “aprender a actuar a pesar de la incomodidad”, explicaba Terol. Lo más curioso quizá sean los motivos para hacerlo, porque la incomodidad no es plato de buen gusto para nadie. Ella lo hace por una simple razón “a veces creo que no puedo hacerlo y no hay nada peor que autolimitarnos”.
Según la psicóloga, “no es casualidad que la gente tenga fuerza de voluntad. Muchas veces detrás de eso hay entrenamiento mental”. La experta asegura que “la fortaleza mental se entrena en el día a día, se entrena con pequeñas decisiones. Se entrena trabajando en la capacidad de hacer cosas incómodas, entendiendo que somos más fuertes de lo que muchas veces creemos”. Esa intención es lo más importante. No se trata tanto de pasarlo mal como de aprender que podemos hacerlo aunque pensáramos que no.
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Fotos | Terol Psicología, Rawpixels, Sergei Nikulin en Unsplash, alex Roosso en Unsplash
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