Hablar de trabajo y cultura laboral a veces suena a cosas serias y aburridas, pero cuando se cruzan fenómenos tan curiosos como lo que está pasando al otro lado del charco, la cosa se pone interesante. En muchos países se está debatiendo qué significa realmente "ir a la oficina" hoy en día, cómo ha cambiado la forma de vestir, de moverse e incluso de estar cómodo durante la jornada.
A veces esos cambios vienen por necesidad, otras por experimentación, y muchas otras porque hemos pasado tanto tiempo trabajando desde casa que no queremos soltar del todo eso que nos hacía sentir tan a gusto en pijama entre cuatro paredes, como ejemplo, mientras en Japón la cultura laboral sigue siendo un tema de debate profundo, en Estados Unidos ha surgido una tendencia completamente distinta e inesperada en algunos ambientes laborales: trabajar descalzo.
Japón, con su reputación de jornadas maratonianas y expectativas sociales de dedicación extrema, ha intentado en los últimos años combatir esos hábitos mediante reformas que limiten horas extra y promuevan descansos, aunque la hoja de ruta hacia una jornada más equilibrada sigue siendo complicada.
Sin embargo, en varias startups y oficinas tecnológicas de EE. UU. se está comenzando a ver una evolución que mira a lo mejor de la cultura del Oriente: se está probando un enfoque más relajado al ambiente de trabajo al dejar los zapatos fuera de la oficina.
Esta idea, que parece sacada de la dinámica de trabajo desde casa, ha encontrado eco en empresas que quieren que sus empleados se sientan más cómodos, creativos y tranquilos durante la jornada. El creador del sitio web noshoes.fun, Ben Lang ha recopilado oficinas que adoptan esta normativa de"no shoes", a veces ofreciendo pantuflas o zapatillas cómodas a los trabajadores, con la intención de aportar un ambiente menos rígido y más parecido al hogar.
Este tipo de iniciativas también tiene un impacto directo en el bienestar mental y emocional de los trabajadores, algo que cada vez preocupa más a las empresas. Trabajar sin zapatos ayuda a relajar el cuerpo casi sin darse cuenta, reduce la sensación de rigidez y baja el nivel de tensión acumulada a lo largo del día, como cuando uno llega a casa y se descalza por pura necesidad.
Esa pequeña acción manda una señal clara al cerebro de que el entorno es más seguro y menos hostil, lo que contribuye a reducir el estrés, la ansiedad y el temido burnout. En un contexto laboral donde la presión constante y la hiperproductividad han pasado factura durante años, estos gestos sencillos funcionan como un respiro silencioso que puede marcar la diferencia entre sobrevivir a la jornada o acabarla con la cabeza mucho más despejada.
La reacción a esta cultura “sin zapatos” ha sido variada: hay quien lo ve como un gesto simpático que difumina la frontera entre la oficina y el salón de casa, y quien lo considera poco práctico o incluso extraño si hay clientes de por medio. En cualquier caso, estas formas tan distintas de entender qué debe ser un espacio de trabajo reflejan bien cómo diferentes sociedades están replanteándose el propósito y el estilo de la jornada laboral en un mundo post-pandemia.
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