Allá donde uno pone el pie por la mañana para empezar la jornada, rara vez se piensa que esa oficina, ese taller o ese espacio compartido pueda ser algo más que un lugar de trabajo. Nuestra mente se programó durante décadas para creer que trabajo y amistad son dos mundos que no deberían mezclarse, que llevarlo todo al terreno emocional es un error o una tentación que conduce al desastre.
Sin embargo, investigaciones recientes y expertos en comportamiento organizacional están desmontando esa vieja creencia con argumentos sólidos sobre por qué confiar en los compañeros no solo es sano, sino que puede mejorar el rendimiento de forma tangible en el día a día profesional.
La idea tradicional de que "no se mezcla lo personal con lo profesional" viene de una vieja máxima que repetían ejecutivos y líderes empresariales durante décadas: "Esto no es personal, es negocio". Pero ese mantra está desfasado en un mundo en el que pasamos más horas en el trabajo que con nuestra familia o amigos de fuera, y donde muchos empleados se enfrentan a niveles de aislamiento que impactan directamente en su productividad y compromiso.
De hecho, diversos estudios y encuestas muestran que las amistades en el trabajo no son simples añadidos sociales, sino que están asociadas con mejor compromiso, mayor satisfacción laboral e incluso con resultados medibles para la organización.
Datos de grupos de investigación como Gallup indican que tener un mejor amigo en el trabajo se correlaciona con una mayor implicación en las tareas, más creatividad y colaboración, y una reducción de accidentes o caídas de rendimiento.
Al respecto, otro informe de KPMG señala que la mayoría de empleados consideraría incluso renunciar a una parte del salario si eso significase trabajar en un lugar donde se construyen relaciones personales profundas con colegas.
Este enfoque no sólo tiene beneficios tangibles para las empresas, sino también para las personas que forman parte de ellas. La confianza entre compañeros no solo favorece un clima de trabajo más agradable, sino que también refuerza la salud mental, el sentido de pertenencia y el bienestar en general, ya que las amistades profesionales ayudan a que la gente se sienta vista, escuchada y valorada, lo que a su vez impulsa la motivación en los momentos exigentes de la jornada laboral. Es decir, no se trata de convertir la oficina en un patio de recreo, sino de reconocer que las conexiones humanas pueden ser un motor de rendimiento profesional.
Por eso, lo que muchos estudios y líderes de pensamiento recomiendan no es que el trabajo se convierta en una especie de club social, sino que dejemos de ver las relaciones humanas como algo ajeno al rendimiento profesional.
En un entorno laboral donde la soledad y la desconexión pueden afectar negativamente, fomentar amistades auténticas y la confianza mutua no solo mejora el clima, sino que también eleva la productividad, la creatividad y el compromiso, transformando equipos y culturas organizacionales de forma profunda y positiva.
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