Todo cambió en mi cabeza cuando leí que las mujeres pedimos muchas más veces perdón en el trabajo que los hombres. Pedimos perdón por intervenir en una reunión, por ejemplo. O por dar nuestra opinión. Pedimos perdón por preguntar. Fuera del trabajo también lo hacemos. Pedimos perdón por cosas que no deberíamos pedir perdón, como cuando viene alguien a casa y la tenemos desordenada.
Después de ver la charla TED de la socióloga Maja Jovanovic, me di cuenta de que era una de esas mujeres que pedían perdón constantemente en el trabajo. “Perdona por molestarte”, “perdona, pero creo que esto es así o asá”, “perdona, ¿puedo hacerte una pregunta?”, ““perdona que insista pero necesito blablabla”. Me faltaba pedir perdón por respirar, por ocupar espacio. Por existir. El problema es que cada vez que pedía perdón conseguía que mis palabras tuvieran menos peso, y la verdad es que ya tengo suficiente con lidiar con el síndrome de la impostora cada día, como para encima ponerme más palos en las ruedas.
Pedir perdón en exceso mina la confianza, y está relacionado con una baja autoestima. Y yo estaba harta de sentirme pequeñita, así que hace algo más de un año me propuse dejar de pedir perdón por cosas innecesarias. Te cuento qué ha pasado en ese año y cómo ha afectado a mi vida.
Lo que ocurrió cuando empecé
No quiero que pienses que esto es una maravilla y que vas a sentir estupendamente desde el minuto uno. Cuando tenemos un hábito tan enraizado en nuestra vida y tratamos de cambiarlo, lo primero que sentimos al hacerlo es incomodidad. Mucha. Muchísima. Cada vez que mandaba un email en el que era más asertiva, directa y en el que no había un “lo siento”, un “disculpa” o un “perdona”, me subía por el cuerpo una sensación de vértigo.
Mi cabeza gritaba que el remitente del email pensaría que soy una borde, pero en lugar de hacer caso a ese Pepito Grillo que se sentía tremendamente inseguro y prefería agachar la cabeza para que nadie se molestase, lo que hice fue exigirle que se callase. Cada vez que me sentía incómoda con ese gesto de no disculpa, acallaba la voz de mi cabeza diciendo en voz alta: “lo estás haciendo bien”. Durante este proceso me di cuenta de que me disculpo mucho no solo en el trabajo. En la vida, así en general. Pero como soy cabezona y sabía que esto sería bueno para mi autoestima, me esforcé y seguí.
Cómo dejar de pedir perdón por todo ha cambiado mi vida
En un mes, esa voz que me decía que el mundo me odiaría si no me disculpaba se oía lejana. Un año más tarde, casi nunca la escucho. Cuando hablo en el trabajo me muestro más segura. Tengo más confianza y siento que se me respeta más, que mi palabra es más importante de lo que era. No sé si un efecto placebo o si realmente he conseguido dotar de más seguridad a mi discurso o simplemente, he conseguido creérmelo más, pero el cambio existe. Es más, esa seguridad hizo que en octubre, y después de cuatro años, subiera el coste de los servicios que presto a uno de mis clientes y lo hiciera sin preguntar si le parecía bien. Le expliqué que mi tarifa había cambiado porque mi trabajo (y mi responsabilidad y tiempo invertido) también había cambiado. Avisé del aumento de la tarifa cuando antes no lo hubiera hecho ni por asomo. Ni un "perdona que te moleste" en ese email o un "disculpa, quería comentarte algo".
Fuera del trabajo también ha habido cambios porque la confianza y la seguridad tienen la brillante cualidad de impregnarlo todo. Consiguen que poner límites sea algo más sencillo (o menos incómodo) o que te sientas algo menos culpable cuando dices que no a algo. Eso no significa que me haya convertido en alguien que no pide perdón nunca. Sigo pidiendo perdón, pero por cosas por las que realmente tengo que disculparme.
Ahora siento que cuando me disculpo lo hago de corazón y porque lo siento y pido perdón cuando realmente es necesario y he agraviado a otro, me he equivocado o he hecho daño. Ya no pido perdón para complacer a otra persona, ni para evitar un conflicto ni para intentar reducir el impacto de lo que digo.
Dice María Esclapez en su libro ‘Me quiero, te quiero’ que en cualquier relación deberíamos pedir perdón “siempre que la otra persona se sienta molesta, independientemente de si consideráis que la otra persona tiene razón o no”. Hacerlo es un síntoma de empatía, pero no debe ser un síntoma de baja autoestima. Y esa sumisión extrema fue, durante mucho tiempo, un indicio de mi falta de amor propio en lo que ahora estoy trabajando.
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Fotos | Anabel Palomares
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