En este mundo en el que parece que nada es permanente, y los trabajos o las relaciones van y vienen, miramos asombrados y con envidia a esas parejas que llevan juntas 30, 40 y 50 años. En esas décadas de vida compartida, además de muchos momentos de felicidad, seguro que han vivido desafíos, cambios personales y familiares y etapas complicadas que han puesto a prueba esa relación.
Y en estos tiempos, en los que la capacidad de aguante ha disminuido mucho, y se suele romper a la primera de cambio, muchos nos preguntamos cuál es la fórmula para que una pareja pueda sobrevivir durante tantos años, superando problemas, crisis o infidelidades. Y un estudio publicado en el American Journal of Family Therapy ha analizado exactamente qué hacen diferente las parejas que logran llegar a los 40, 50 años de casados. Y la respuesta no es que hayan tenido menos problemas que las demás.
La investigación, que recoge testimonios de 180 personas casadas durante cuatro décadas o más procedentes de 24 países distintos, identificó cuáles son las principales amenazas que ponen en riesgo un matrimonio largo y, sobre todo, qué mecanismos de respuesta comparten las parejas que consiguen sobrevivir a esas crisis. El resultado desmonta la idea de que los matrimonios longevos son los que han tenido suerte o los que simplemente han evitado los momentos difíciles.
Las cinco crisis que casi acaban con ellos
El estudio identificó cinco grandes amenazas que aparecen una y otra vez en la historia de las parejas con más de cuatro décadas juntas: la muerte o enfermedad grave de un hijo, la infidelidad, los problemas de salud mental de alguno de los dos, los conflictos sostenidos con la familia política y los periodos largos de separación. Cualquiera de ellas, o una combinación, puede generar un desgaste tan profundo que la relación no lo supera.
La infidelidad, en concreto, merece una mención aparte. No solo porque aparece con frecuencia en la literatura sobre rupturas —según un estudio longitudinal de Amato y Previti de 2004, estuvo presente en un tercio de los divorcios y fue la causa más citada de disolución matrimonial—, sino porque genera un tipo de daño muy particular en el vínculo. Para la psicóloga Celia Betrián Roca, la persona engañada "nos deja una sensación incluso de culpabilidad del tipo 'no estuve lo suficiente atenta en esos momentos de la relación', de celos hacia la tercera persona o temor al abandono". La confianza no solo se rompe: muchas veces no se repara del todo.
Pero el estudio del American Journal of Family Therapy también detectó algo que tiene que ver con el tiempo previo a esas crisis. El distanciamiento emocional —esa deriva silenciosa en la que la pareja deja de comunicarse de verdad, se instala en la rutina y pierde la cercanía— suele preceder a los episodios más agudos. Es lo que algunos investigadores llaman el terreno fértil de la infidelidad: no necesariamente el amor se acaba, sino que la conexión va desapareciendo poco a poco hasta que hay espacio para que entre otra persona.
Lo que hacen diferente los que siguen juntos
El estudio identificó cuatro mecanismos que comparten las parejas que han logrado sobrevivir a las crisis más graves. El primero, y el más citado, es la comunicación efectiva: no hablar de lo que hay para cenar, sino de lo que pasa de verdad, también en los momentos incómodos. El segundo es lo que los investigadores llaman drawing closer, que en la práctica significa hacer exactamente lo contrario de lo que el instinto pide cuando algo va mal —acercarse en lugar de alejarse—.
El tercero es perseverar juntos, con una actitud que el estudio resume en frases de los propios participantes: "porque 42 años merecen la pena" o "el divorcio no es algo que vayamos a aceptar sin luchar". El cuarto mecanismo, y quizás el más determinante, es priorizar la relación por encima del conflicto inmediato.
Ese último punto conecta directamente con lo que la psicóloga Paula Orell, experta en relaciones y autora de Quiérete bonito, plantea a propósito de las parejas que intentan reconstruirse después de una infidelidad: "Esto no se trata solo de tomar la decisión, sino de construir el camino de la reparación". Orell distingue entre decidir quedarse y realmente hacer el trabajo que eso implica, que no es lo mismo. Según la psicóloga, después de una infidelidad "es imposible saber si lograrás perdonarle o no. Lo que puedes decidir es si quieres intentarlo o no". Una diferencia que parece pequeña pero que, en la práctica, lo cambia todo.
El perdón no es el final del camino, sino el principio
Una de las conclusiones que más cuesta asumir de este tipo de investigaciones es que las parejas que llegan a las bodas de oro no son las que han perdonado y olvidado. Son las que han perdonado y han hecho un trabajo activo para reconstruir lo que se rompió, lo que puede llevar años. La confianza no vuelve sola.
Según los datos del estudio de Diversual de 2025 sobre hábitos sexuales, el 28,9% de las personas que han tenido pareja estable reconoce haber sido infiel al menos una vez. Y según el CIS, para el 64,5% de los españoles incluso mantener conversaciones íntimas por mensajes con otra persona ya es infidelidad. Las definiciones varían, pero el daño que genera la traición percibida es siempre real.
Lo que el estudio del American Journal of Family Therapy aporta de nuevo es la perspectiva de quienes lo han atravesado y han seguido, ya que no presentan sus matrimonios como un cuento de hadas ni como una historia de resistencia estoica. Los describen como un trabajo constante —"hard work", en palabras de uno de los participantes casado desde hace 40 años— que ha requerido, en los momentos más difíciles, poner la relación por delante de uno mismo. No siempre, pero sí cuando más importaba.
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