En Mauritania hay una imagen que se repite a menudo, la de mujeres celebrando una fiesta después de un divorcio. Se juntan con amigas y aplauden el cierre de la relación. Cuando me separé de la pareja con la que llevaba 14 años no celebré nada porque sentí algo diferente en un primer momento, que había fracasado. En Mauritania el divorcio no se vive como un error vital sino como un punto y aparte, pero ¿cómo puede la misma experiencia, romper una pareja, sentirse como una liberación en un lugar y como un fracaso en otro?
El caso de Mauritania: el divorcio como un renacimiento a celebrar. El artículo de Olivia Acland en The Observer, nos habla de Hajah Mohammed, una mujer de Ouadane, una antigua ciudad de Mauritania. Tiene 29 años y ya se ha casado tres veces, pero no le ocurre como a Ross Geller en ‘Friends’. El divorcio para ella, y para el resto de mujeres mauritanas, no es un problema. Es una celebración. En Mauritania el divorcio no está estigmatizado. Es tan común que hay quien asegura que tiene la tasa de divorcio más alta del mundo y que las mujeres se casan hasta 10 veces a lo largo de su vida, aunque faltan estadísticas fiables porque en muchos casos el divorcio es verbal y sin documentos oficiales.
Pasados tres meses desde divorcio se celebra una fiesta, una tradición que no es moderna, sino que se ha practicado durante siglos en Mauritania. En ella, las mujeres cantan, bailan y comen para celebrar juntas un nuevo comienzo. Psicológicamente la celebración funciona como un ritual de paso que no sólo marca un cambio vital, sino que lo hace visible y compartido. A nivel antropológico y social, los rituales como este de Mauritania, nos ayudan a cruzar etapas sin sentir que nos anclamos en ellas, reducen la ansiedad y refuerzan la identidad personal. En este caso ayudan a ver que la mujer sigue siendo valiosa y completa aunque haya terminado su relación de pareja. Es más, según explicaba Haiba Mohamed Anna, guía turístico local, al medio citado anteriormente, según sus tradiciones “si una mujer se casa muchas veces, se la celebra y se la ve hermosa”.
En España es otra cosa: culpa y fracaso. La historia en España suele ser distinta y el divorcio suele acompañarse de otra sensación más amarga. Sentimos culpa e incluso vergüenza cuando una relación termina, y nos persigue la idea de que no hemos sabido hacerlo bien. Llegamos incluso a internalizar la estigmatización social cuando lo vivimos como un fracaso, y eso aumenta nuestros problemas de salud mental y puede ir acompañado de autorreproche, baja autoestima y sufrimiento emocional.
Aunque divorciarse es cada vez más común, emocionalmente sigue siendo un castigo por culpa, una vez más, de los mitos del amor romántico. Se nos ha enseñado a aguantar porque el tiempo parece una medida de éxito. Si piensas en un boda te viene a la cabeza ese “hasta que la muerte os separe” de un cura, pero en un mundo de amor líquido como definía el sociólogo Zygmunt Bauman, se aleja mucho de la realidad.
El papel de la cultura en cómo sufrimos (o sanamos) en las relaciones. Lo que no hemos pensado, al menos hasta ahora, es que el dolor tras una separación no depende solo de lo que se rompe, sino de la historia que nos contamos sobre esa ruptura. Como ya decía el estoico Epicteto, “no nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos sobre lo que nos sucede”, y nuestro contexto influye. El constructivismo social explica que nuestras emociones no nacen en el vacío, se moldean en los relatos colectivos que nos rodean. En Mauritania, el entorno acompaña, legitima y sostiene el proceso de divorcio, pero en España la película es otra. Aquí se sigue viviendo de otra forma, con culpa cuando lo cuentas y un “pobrecita” cuando lo escuchas.
Qué podemos aprender de Mauritania que nos sirva en nuestras rupturas. No se trata de idealizar otras culturas ni de negar que una ruptura duela. Evidentemente duele, pero podemos revisar el marco desde el que miramos ese dolor. Resignificar una experiencia, como explicaba la psicóloga María Alejandra Castro Arbeláez, “puede darnos la valentía para comenzar una gran metamorfosis”, y ayudarnos a reconstruirnos y superar la ruptura de la mejor manera. Crear pequeños rituales de cierre como hacen en Mauritania o cambiar el relato de “he fracasado” por el de “he cambiado” puede marcar la diferencia y hacer que el divorcio no sea el final de nuestra historia sino un capítulo más en ella.
En Mauritania la mujer divorciada no queda reducida a la ruptura. Con ella recupera presencia, autonomía, incluso prestigio. Aunque en ese país el 64% de las niñas y mujeres han sufrido violencia y mutilación genital y sigue siendo un país a la cola en derechos humanos para las mujeres, tal vez la forma en que viven el divorcio nos sirva para repensar nuestros propios juicios con la separación, como el de no haber elegido bien o no haber aguantado lo suficiente. Eso no significa que el secreto sea romantizar la separación ni celebrar el divorcio, sino simplemente dejar de exigir(nos) permanecer donde ya no podemos quedarnos, y hacerlo sin culpa ni vergüenza. Simplemente pensando en que sea una o mil las rupturas que vivamos, no nos definen como persona.
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Fotos | PNUD Mauritania
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