Un hombre siciliano de 42 años ha demandado a un restaurante en Catania, una ciudad siciliana de Italia. El motivo no fue que hubiera un pelo en su sopa. Tampoco que se hubiera intoxicado con la comida. Lo que ocurrió fue que publicaron unas imágenes que no quería que nadie viera, las de su infidelidad. Tal y como informa The Times, el italiano le había dicho a su mujer que esa noche tenía una cena de trabajo. Ella vio en TikTok un vídeo del restaurante y la historia era diferente: aparecía con otra mujer.
El video promocional del restaurante reveló, supuestamente, su relación secreta y en cuestión de días, su matrimonio se derrumbó y se iniciaron acciones legales. Según Francesco Tanasi, abogado y secretario nacional de Codacons, grupo italiano de derechos del consumidor, explicó que “la legislación sobre privacidad impone obligaciones específicas a quienes procesan datos personales, especialmente cuando se comparte contenido que permite la identificación directa de los interesados”. En este caso, la publicación del vídeo, como explicaba el experto, “ha afectado significativamente la vida privada del ciudadano, por lo que es necesario determinar la responsabilidad del restaurante y obtener una indemnización acorde con los daños sufridos”.
Añadía que “es inaceptable que un restaurante grabe a clientes sin su consentimiento explícito y comparta las imágenes en redes sociales, exponiéndolos a consecuencias imprevisibles". Las consecuencias son un divorcio, y el restaurante se enfrenta a una reclamación que pide una indemnización por daños y perjuicios, además de que Codacons ha amenazado con elevar el caso al organismo nacional de protección de la privacidad de Italia asegurando que el hombre nunca accedió a aparecer en cámara y que no tenía ni idea de que lo estaban grabando. No se sabe quién es, y el vídeo en TikTok está tan desaparecido como su matrimonio.
La falta de intimidad con las redes sociales
No es la primera vez que ocurre y puede que recuerdes lo que pasó en julio de 2025, cuando un concierto de Coldplay se hizo viral. No fue porque ver cantar en directo ‘A sky full of stars’ sea una maravilla, que lo es, sino por otra infidelidad. El caso de Andy Byron y Kristin Cabot dio la vuelta al mundo porque se descubrió en pleno concierto que ambos estaban teniendo una aventura a espalda de sus parejas. Internet se dedicó a diseccionar, juzgar y condenar a los dos, demostrando que hoy en día ser infiel es mucho más arriesgado de lo que lo era antes de que existieran las redes sociales. Antes de Coldplay, en 2024, dos mujeres descubrieron que habían estado saliendo con el mismo hombre y lo contaron en TikTok.
Ahora cualquiera puede verte haciendo eso que intentas ocultar porque vivimos en un Gran Hermano constante más eficaz que el de Orwell porque no se impone por la fuerza, sino por la comodidad y el deseo de ser visto. Lo malo es que en un tiempo en el que todo se ve, hasta lo que no queremos que se vea. Habrá quien piense que eso no es un problema si no tienes nada que esconder, pero la exposición constante y perenne que vivimos es un problema.
Independientemente de que nuestros actos sean o no reprobables moralmente, ¿en qué punto hemos perdido por completo nuestra intimidad? Ahora ya no tenemos la capacidad de decidir cuándo y para quién somos visibles, como hemos visto con el caso de Sicilia. Y la culpa, aunque cueste creerlo, no solo es de la tecnología sino de un cambio cultural. Ahora nos vigilamos entre nosotros y nos exponemos voluntariamente, normalizando que otros lo sepan todo. Quizá la pregunta no sea solo cuándo perdimos la intimidad, sino cuándo aceptamos que se convirtiera en un negocio. Dejamos de verla como un derecho fundamental y empezamos a vivir como si siempre nos estuvieran mirando. Eso sí, al italiano se le olvidó que le miraban y le ha costado un matrimonio.
Fotos | cottonbro studio en pexels
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