La primera vez que sentí que me moría fue cuando me dejó mi segunda pareja. Tenía 26 años. La segunda vez fue cuando dejé el trabajo que llevaba haciendo durante más de una década para cambiar por completo mi vida y dedicarme a mi pasión que es escribir. Tenía 32 años. La última vez que me he sentido morir ha sido al romper con mi última pareja, con la que esperaba envejecer. Apenas han pasado un par de meses de eso. Por eso cuando escuché al maestro de yoga Ramiro Calle decir que “se muere tantas veces en la vida que lo de menos es morir”, lo entendí perfectamente.
Lo decía en el podcast ZZEN Talks y a mí se me encogía el alma al escucharlo. La visión de Calle es la de alguien que lleva más de 50 años explorando el autodesarrollo, la mente y aquello que nos hace verdaderamente humanos, y asegura que uno ha muerto tantas veces en la vida, con duelos, pérdidas, renuncias, grandes cambios y rupturas, que morir en el plano físico es lo menos importante. Pero no es algo triste, porque si hemos muerto simbólicamente pero seguimos vivos es porque esa muerte ha tenido algo después: un renacimiento.
Cuando estás en medio de una de esas muertes simbólicas a las que se refiere Calle, como la que atravieso yo ahora mismo, es complicado ver ese futuro renacimiento. Es difícil creerte a tus amigas cuando te dicen que saldrás más fuerte y es complejo entender que todo ese dolor no hará que seas alguien mejor o que vayas a ser más feliz de lo que fuiste, sino algo más sencillo y a la vez más poderoso y es que al vivir ese renacimiento emocional te conviertes en alguien más tú. Yo lo entiendo por capas. Cada muerte simbólica te quita una capa, algo que creías que eras. En mi caso, la primera muerte me quitó la capa de esa relación que creía que era yo. La segunda muerte me quitó una capa en la que me despojé de una identidad profesional con la que ya no me sentía identificada. Lo que quedaba debajo era yo. Más desnuda. Más vulnerable. Más yo.
Hemos muerto pero hemos renacido como un ave fénix. Yo lo hice en el pasado y lo haré en el futuro. Pero Calle no solo cree que morimos tantas veces que morir en realidad es algo secundario. También cree que al llegar al final del camino y antes de morir físicamente, deberíamos “haber mirado cara a cara al amor, al amor verdadero”, porque “el que verdaderamente ama nunca muere”.
Calle hace referencia a la etimología de la palabra amor* y sugiere que viene de "a" (sin) y "mortem" (muerte). Es decir, que “amor” significa “sin muerte”. Es poético pensar que haber sentido el amor verdadero es haber vivido y no morir nunca. Como persona romántica, lo creo firmemente. Aquella persona que ha amado de verdad ha dado algo de sí misma tan sincero, que siempre gana, sea cual sea el resultado. Y esto ocurre porque el amor siempre es el regalo más bonito que podemos hacerle al mundo.
Pero lo que explica Calle es que el amor verdadero y el amor pasional no son lo mismo, y que tendemos al segundo cuando el ideal es el primero. “El amor pasional es una droga, es un narcótico. Tú crees que amas a una mujer pero no la amas a ella. Lo que amas son las sensaciones agradables, alteraciones gratas que te producen tu sistema nervioso”, explica. En cambio “hay otro tipo, otra dimensión de amor que no podemos ni comprender porque ni siquiera sabemos lo que es querer”.
El problema según Calle es que “siempre queremos desde la mente egocéntrica, adictiva, aversiva y conflictiva. Desde esa mente no puede haber amor. Hay que desnudarse de todo. Hay que liberarse de todos todas nuestras actitudes egocéntricas para que la llama del verdadero amor florezca”.
Calle explicaba en sus memorias que lo único de lo que se arrepiente es de no haber estado más con sus seres queridos, de no haber acariciado más a su gato, de no haber estado más en su santuario interior, porque “a mis 82 años lo único que siento es no haber dedicado toda mi vida a amar más”. Estás a tiempo de amar más antes de morir, igual que yo. Ojalá cuando eso ocurra, hayamos amado tanto que sintamos que aunque hemos muerto decenas de veces en la vida, siempre hemos renacido gracias al amor. Al que damos a otros y al propio.
*La etimología de amor de la que habla Ramiro Calle es errónea porque mezcla raíces de dos idiomas diferentes, el griego (a) y el latín (mortem). Eso no significa que no sea bellísima.
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Fotos | YouTube @ZZEN, Annika Palmari en Unsplash
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