No pretendo que este artículo se convierta en un canto a lo Mr. Wonderful, pero hubo un momento en que me vi demasiado obsesionada con todo lo que no me gustaba de mi vida. Esa tendencia a ver solo lo malo, lo que en psicología se conoce como sesgo de negatividad, estaba tirando de mí hacia el fondo de un pozo en el que no sabía que estaba.
Gracias a que escribo de temas como la salud mental, me di cuenta de que podía intentar implementar un hábito que cambiara, o al menos mitigara, esa obsesión por pensar que mi vida era un desastre. Desde hace ocho meses, lo que he conseguido es darme cuenta de la suerte que tengo.
Cómo empezó todo
Me encontraba en un momento en el que la carga de trabajo me estaba volviendo a hacer trabajar 60 horas a la semana y lo cierto es que no hay cuerpo que lo aguante, pero lamentablemente no era posible cambiar mi situación por algo llamado precariedad y vivir en Madrid. No podía (y no puedo) reducir la cantidad de horas que trabajo al día porque quiero poder tener dinero para gastar en ocio además de en comer y pagar un piso en el que vivir. El sistema en el que vivimos no puedo cambiarlo, así que lo único que me quedaba era cambiar el enfoque de mis días.
A pesar de que no soy demasiado fan del mensaje de que si estás mal es porque ves el vaso medio vacío, porque me parece que oculta la raíz de un problema social y pone la responsabilidad de todo un contexto que nos genera ansiedad en nuestras propias manos, también es cierto que mi vida no es tan horrenda como la veía en octubre. Tengo una red de familia y amigos que me sostiene siempre, una preciosa casa para mí sola, un montón de hobbies que me gustan y me hacen feliz y un trabajo que me apasiona. De forma objetiva, mi vida está más que bien, pero parecía que todo eso me pasaba completamente desapercibido, por eso empecé un diario de gratitud.
Qué ha cambiado (y por qué)
El objetivo era reeducar la mirada sobre mi propia vida, así que me comprometí a escribir cada noche en un cuaderno al menos tres cosas que ese día me hubieran hecho sonreír, me hubieran aportado algo o me hubieran hecho sentir bien. Pueden ser cosas tan pequeñitas como el olor que se queda en las manos después de pelar una mandarina, o tan grandes como el abrazo de mi mejor amiga después de varios meses sin vernos. Pueden ser logros o momentos felices. Es como un diario de gratitud, aunque yo lo uso más como un diario de momentos bonitos.
Lo importante no es tanto lo que escribas, sino que reflexiones sobre las partes buenas que siempre tienen los días. Y te puedo asegurar que desde octubre he tenido días realmente malos porque estoy atravesando una ruptura de pareja. Hasta esos días donde las horas consistían en llorar, comer, llorar de nuevo y seguir llorando, tuvieron algo mínimamente bueno. Como mis amigas, o el hecho de saber que saldré de esta. O simplemente haber sobrevivido a un día terrible o haber conseguido ducharme después de varios días sin salir de casa y llorando sin parar.
Otros días es fácil escribir lo bueno. Los días que pasas con personas a las que quiero son, en mi caso, los más sencillos de rellenar. Comer con mis padres, abrazar a mis sobrinos, un audio con una amiga, planificar un viaje, sentirme querida. Todo esto forma parte de mi vida y antes de empezar el diario muchos días terminaba metiéndome en la cama pensando que era una desgraciada. Ese ha sido el gran cambio: mirar mi vida desde una posición diferente.
El cambio es progresivo. Al principio te cuesta ver lo bueno de un mal día. Luego la fuerza del hábito empieza a cambiar lo que ves y en lugar de enfocarte solo en lo malo, te descubres sonriendo por el olor del café recién hecho o porque tu lavavajillas no haya hecho saltar los plomos de casa esta vez. La magia del diario de gratitud es que te permite (y te exige) recordar lo extraordinario de un día normal.
Lo que me resulta más curioso es que no solo me voy a la cama con un buen recuerdo de mi día, sino que ese gesto nocturno impregna el resto del tiempo, como si un boost de optimismo recorriera mi cuerpo. Eso no significa que ahora lleve por bandera que la vida es maravillosa siempre, pero sí me ha hecho darme cuenta de que mi vida es maravillosa, en general, y que un mal momento no tiene por qué definir mi día, mi semana ni, por supuesto, mi vida. Igual que atravieso, sostengo y gestiono las emociones desagradables y la ansiedad, ahora he aprendido a dejar espacio a las emociones agradables y me he dado cuenta de que tenía más de las que pensaba, pero solo me fijaba en las malas.
Un cuaderno mugroso y un minuto de reflexión al final del día me han hecho mucho más feliz de lo que pensaba. O mejor dicho, me han hecho darme cuenta de que era mucho más feliz de lo que pensaba.
Empieza ya y deja de pensar en hacerlo bonito
No importa que el cuaderno sea aesthetic. Si en tu caso lo es, estupendo, pero en el mío lo más vital era conseguir comprometerme a hacerlo, por eso huir de la perfección se convirtió en mi aliado. Como puedes ver uso una libreta que tenía por casa y un bolígrafo bic normal y corriente porque mis únicas pretensiones cuando comencé con este “proyecto” personal, eran que se convirtiera en un hábito que no me diera pereza hacer por muy cansada que estuviera.
El objetivo lo conseguí, porque comencé el 19 de octubre de 2025 y no he fallado ni un día desde entonces porque no tardo ni un minuto en rellenarlo antes de irme a dormir. Y si me permites un consejo, huye de hacerlo en un formato digital, especialmente si lo vas a hacer al final del día como lo hago yo. Escribir a mano, además de que tiene numerosos beneficios probados, te permite terminar el día con calma si lo incluyes, como yo, como parte de tu rutina de antes de dormir. Y es tanta la rutina que cuando viajo lo llevo conmigo si voy a dormir fuera de mi casa.
Solo necesitas un cuaderno que ya tengas en casa, un boli y dejarlo en la mesilla de noche. Antes de irte a dormir, piensa en tu día y escribe tres cosas que te hayan gustado. Te prometo que si eres constante y lo conviertes en un hábito, va a cambiar radicalmente la forma en que miras tu propia vida.
Fotos | Anabel Palomares
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