Vivir una traición en primera persona, en tu propia carne, es una experiencia emocional abrumadora. Lo que nace de esa rabia y esa ira por la traición misma te pone en mitad de una bifurcación y te obliga a tomar un camino. Escoger el primero es algo que nace de las entrañas. El cuerpo te pide devolver el golpe. El segundo es seguir construyendo algo después de que alguien se haya cargado la confianza que tenías depositada en él.
La filósofa Martha Nussbaum, una de las filósofas morales más influyentes de la actualidad, escribió un libro 'La ira y el perdón. Resentimiento, generosidad, justicia', fusionando filosofía con emociones. Y si tuviéramos que resumir su pensamiento en una paráfrasis sería que "si te han traicionado es más fácil hacer daño que construir una vida". Hacer daño siempre será el camino más sencillo cuando te han traicionado, y la venganza resulta tentadora, pero también es una trampa.
La trampa de la venganza
Para entender en profundidad lo que quiere decir Nussbaum, primero tenemos que entender porque la traición nos duele tanto. La intensidad de ese dolor tiene una explicación muy simple y es que solo podemos traicionar a la persona que confía. En términos psicológicos, la traición no es solo una acción. Es la ruptura de un pacto de confianza que sustenta una relación. "Somos vulnerables de maneras importantes porque amamos a otros y confiamos en ellos. La vulnerabilidad suele ocasionar aflicción, y también una gran ira", explica Nussbaum en su libro. Por eso la traición duele más cuanto más cerca está la persona que la comete.
Sentir todo eso no solo es normal sino también esperable y hasta cierto punto, útil. Todas las emociones que sentimos no son el problema, sino lo que hacemos con ellas después. Y si esa traición despierta emociones incómodas y decidimos vengarnos, estamos cayendo en una trampa.
Cualquiera que haya pasado por una ruptura o una puñalada por la espalda, entiende que cuando alguien nos hace daño, la mente tiende a tirar por lo que Nussbaum llama "la ruta del payback", la creencia, arraigada aunque irracional, de que hacer sufrir al otro repara de algún modo lo que nos quitó; o por "ruta del estatus", humillar al que nos ha herido para sentir que recuperamos la dignidad que creemos haber perdido.
A este argumento ella lo llama el camino de la venganza, pero según Nussbaum, es un espejismo. "Incluso si las personas sienten un placer sobrecogedor cuando toman represalias contra el agresor, ese placer no les proporciona razón alguna para respaldar [...] dichas preferencias", escribe. Y añade que "es probable que el proyecto de venganza ponga en juego la felicidad futura en vez de promoverla". Es decir, vengarte no arregla nada y te roba el tiempo y la energía que podrías estar invirtiendo en ti.
La ciencia ha confirmado que pensar en venganza no cierra la herida. La evidencia sugiere que la venganza puede dar una sensación breve de alivio, pero no suele mejorar el bienestar emocional de forma duradera, pudiendo mantener la activación de la ira y la rumiación.
La alternativa: una ira enfocada en avanzar
Nussbaum no pide reprimir la rabia ni la ira ni fingir que no ha pasado nada. De hecho entiende que "las emociones no son impulsos ciegos, sino juicios inteligentes sobre el valor de las cosas". Sentir ira ante una traición es acertado porque algo importante para ti ha sido dañado, pero propone lo que llama "ira de transición": reconocer la rabia, validarla, y después redirigirla hacia el futuro en lugar de hacia el causante del daño.
"Al reconocer honestamente las acciones negativas que ocurrieron, las personas deberían enfocarse en el bienestar de los otros y en la creación de un futuro. La ira no ayuda en esta tarea", afirma. No se trata de no sentir sino de no quedarte ahí. La energía que generó el daño se convierte en combustible para reconstruir algo en lugar de en munición para destruir al otro. Aunque sea más fácil vengarte, es mucho mejor para ti enfocar toda esa ira en pasar página y construir algo bonito de las cenizas que otro te ha dejado.
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