Te llega un mensaje y algo te sienta mal. Antes de pensarlo dos veces ya has contestado a quien quiera que lo haya mandado. Media hora más tarde te preguntas por qué has dicho lo que has dicho cuando la otra persona ya lo ha leído y os enzarzan en una discusión sobre algo que, en realidad, sabes que no tiene la mayor importancia. Lo mismo puede que te pase cara a cara, en esos momentos en que parece que no tienes tiempo de pensar, solo de reaccionar.
El filósofo Friedrich Nietzsche dijo en ‘Humano, demasiado humano’ en 1880 que la frialdad analítica es el antídoto contra los impulsos del ego. Y nuestra reacción ante una discusión es en muchos casos eso, una respuesta del ego. "El que no sabe poner sus ideas en hielo no debe acalorarse en la discusión", escribía. En una era en la que la inmediatez parece perseguirnos como un león a una gacela, cobra más sentido que nunca.
El problema casi nunca es lo que dicen, sino lo que creemos que dicen
Uno de los problemas (o de las ventajas, según como se mire) de Whatsapp es que a no ser que estemos enviando un audio, el tono es ambiguo. Podemos leerlo como queramos y por eso el problema no suele ser lo que la otra persona dice, sino cómo lo dice. La regla 7-38-55 del psicólogo Albert Mehrabian asegura que solo el 7% de la información llega a la otra persona a través de las palabras. El 38% llega con nuestro tono de voz y el 55% restante a través del lenguaje corporal. Ninguna de las dos son percibibles a través de un mensaje escrito.
“A menudo contradecimos una opinión cuando, en realidad, lo que nos resulta desagradable es tan solo el tono con que fue expresada”, escribía Nietzsche. En un chat que leemos no hay gestos, ni miradas, ni modulamos la voz. No hay matices que aporten ese 93% de información que falta y que nuestro cerebro rellena por nosotros, casi siempre imaginando lo peor, en lo que se conoce en psicología como sesgo de atribución hostil. Esta distorsión mental nos hace interpretar los actos poco claros de los demás (entendiendo que son poco claros porque nos falta el contexto físico del mensaje), como si fueran ataques con mala intención.
Por reactancia psicológica, cuando nos sentimos amenazados por otra persona , ni siquiera procesamos lo que nos está diciendo. Solo reaccionamos porque percibimos una amenaza. Lo que propone Nietzsche es hacer una pausa para procesar lo que sentimos y después escribir. De esta forma la emoción no será la que hable, sino nuestra parte más racional. Séneca decía que el mejor remedio contra la ira es el tiempo, porque deja que "el primer ardor" del ánimo se apague solos. Lo que viene siendo una gestión emocional o autorregulación, básicamente.
En psicología esa autorregulación emocional es la capacidad de notar lo que sentimos, tomar distancia y decidir cómo actuar en lugar de dejar que el impulso decida por nosotros. Y esa pausa funciona perfectamente para bajar revoluciones a cualquier posible conflicto, especialmente cuando las herramientas como WhatsApp nos permiten tomar esa distancia sin problemas.
La frialdad desarma más que la razón
“No debemos hacer de la pasión un argumento a favor de la verdad” según Nietzsche. Esa pasión puede interpretarse como vehemencia a la hora de discutir, pero también como perder los nervios y empezar a gritar, y dicen que gritar es la mejor forma de perder la razón. En ‘Aforismos sobre la sabiduría de la vida’, Arthur Schopenhauer escribía que “si quieres que tu juicio sea aceptado, exprésalo con frialdad y sin pasión”. Cuando alguien discute a gritos, si hablamos de WhatsApp usando mayúsculas, lo que transmite no es más razón, sino menos.
Nietzsche no quiere que reprimamos nuestras emociones, algo que ya se ha visto que afecta al bienestar físico y mental. Lo que quiere es que no nos dejemos llevar por lo primero que sentimos. El verdadero "espíritu libre" que describe el filósofo es el que tiene soberanía sobre sus propios afectos. Es el que pone en hielo sus ideas antes de perder los papeles. En definitiva, es aquel que para, respira y responde cuando recibe un WhatsApp que le toca la fibra.
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