La libertad no se aprende desde el banquillo. No basta con leer sobre ella, contemplar cómo la ejercen otros o esperar a que alguien decida que otra persona ya está suficientemente preparada. Hay que practicarla, con todo lo que eso implica: elegir, acertar o equivocarse y hacerse responsable de las propias decisiones. "La libertad se aprende ejerciéndola" es una de las más populares que resume esa idea y que le debemos a Clara Campoamor.
Cabe destacar que esas nueve palabras no son literalmente las que ella usó durante su intervención en las Cortes Constituyentes, en defensa del sufragio femenino, el 1 de octubre de 1931. Son la fórmula divulgativa que condensa el argumento con el que Campoamor cerró uno de los debates más decisivos de la historia de las mujeres en España.
"La única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos es caminar dentro de ella".
Se trata de una cita del filósofo alemán Wilhelm von Humboldt con la que Campoamor respondía a todos quienes defendían que las españolas todavía no estaban preparadas para votar.
Un Parlamento elegido solo por hombres
En 1931 las mujeres podían presentarse a unas elecciones y ocupar un escaño, pero no introducir su propia papeleta en una urna. Así llegaron a las Cortes Constituyentes Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken: elegidas por hombres para participar en la construcción de una nueva democracia que aún tenía pendiente decidir si consideraba ciudadanas de pleno derecho a la mitad de la población.
Algo llamativo es que la resistencia a permitir el sufragio femenino no procedía únicamente de los sectores conservadores. Parte de la izquierda temía que las mujeres, que consideraban muy influidas por la Iglesia y por sus maridos, votaran mayoritariamente a la derecha y pusieran en peligro la República. De hecho, Victoria Kent compartía esa preocupación y defendió que el reconocimiento del voto debía aplazarse hasta que las españolas hubieran adquirido una mayor formación política y social.
No obstante, reducir aquel enfrentamiento a una rivalidad entre dos mujeres sería hacerle un favor al relato incorrecto. Kent no cuestionaba la capacidad intelectual de las mujeres ni se oponía al sufragio como principio. Pensaba que no era el momento estratégico. Campoamor, en cambio, entendió que aceptar aquel aplazamiento era lo peligroso. Sobre todo porque si un derecho depende de que quienes ya lo poseen consideren que vas a utilizarlo correctamente, deja de ser un derecho para convertirse en un premio a la buena conducta.
"¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad?", preguntó también ante la Cámara. Campoamor recordó la participación de las mujeres en protestas, huelgas y movilizaciones políticas y rechazó que se las obligara a superar un examen que nadie había exigido a los hombres. A ellos tampoco se les había preguntado si estaban libres de influencias, si conocían suficientemente el programa electoral o si tomarían la decisión que más convenía al país.
Clara Campoamor no esperó a sentirse preparada
Campoamor había nacido en Madrid, en 1888, en el seno de una familia trabajadora. Abandonó pronto los estudios, después de la muerte de su padre, para ayudar en casa. Entonces trabajó como modista, dependienta, telefonista y funcionaria de Telégrafos. No siguió el recorrido reservado a las pocas mujeres privilegiadas que podían llegar en aquella época a la universidad. Regresó a las aulas cuando ya era adulta.
Comenzó el bachillerato pasados los 30 años y en 1924, a los 36, se licenció en Derecho. Poco después empezó a ejercer como abogada en un país donde ver a una mujer ante los tribunales todavía era una excepción. Su actividad política tampoco se limitó al voto. Durante la elaboración de la Constitución defendió la igualdad jurídica entre mujeres y hombres, el divorcio y los derechos de los hijos nacidos fuera del matrimonio.
Campoamor, por lo tanto, no estuvo nunca interesada en esperar a que el mundo estuviera listo para ella. Si hubiera aguardado a sentirse representada, a encontrar referentes suficientes o a que desaparecieran todos los obstáculos, probablemente no habría llegado nunca al Congreso. Fue avanzando poco a poco dentro de espacios que todavía no habían sido pensados para mujeres y, al hacerlo, allanó el camino para quienes venían detrás.
El derecho a equivocarse como parte de la igualdad
Finalmente, el artículo que reconocía los mismos derechos electorales a los ciudadanos españoles de ambos sexos fue aprobado por 161 votos frente a 121. Las españolas acudieron por primera vez a las urnas en unas elecciones generales en noviembre de 1933. La derecha ganó aquellos comicios y el resultado se utilizó durante años para responsabilizar al voto femenino, aunque siempre se ha cuestionado esa explicación simplista y señalado otros factores políticos y electorales.
La victoria tuvo un coste para Campoamor. Se enfrentó a buena parte de su propio partido, no consiguió renovar su escaño en 1933 y terminó relatando aquella batalla en un libro de título dramático: 'El voto femenino y yo: mi pecado mortal'. Tras el estallido de la Guerra Civil abandonó España. Vivió en Francia, Argentina y Suiza y murió en Lausana en 1972, después de décadas de exilio y sin haber podido regresar definitivamente al país cuyos derechos democráticos había contribuido a ampliar.
Casi un siglo después, aquella frase sigue recordándonos que disfrutar de la libertad significa poder usarla antes de dominarla y aceptar la incomodidad de decidir. Clara Campoamor nunca pidió que confiaran en que las mujeres votarían bien, no prometió que elegirían lo que la República esperaba de ellas. Defendió algo más universal y atemporal como que la libertad no empieza cuando demostramos merecerla, sino cuando por fin podemos ejercerla.
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