Poeta. Aristócrata. Político. Militar. Y también filósofo. Puede que François de La Rochefoucauld no sea tan conocido como Sócrates, Nietzsche o el más reciente Byung-Chul Han, pero las frases que se recogen en su libro ‘Máximas’, publicado en 1665, son dignas de análisis. En el contexto del libro, el francés, VI duque de La Rochefoucauld, intenta desmontar las ilusiones que tenemos sobre nosotros mismos: nuestras virtudes, nuestras motivaciones y también nuestras emociones. Por eso su frase “nunca somos tan felices ni tan desdichados como nosotros creemos”, tiene tanto significado detrás.
Lo que asegura el filósofo es que nuestra percepción de la felicidad y de la desgracia está distorsionada. Los seres humanos, según el experto, tendemos a magnificar nuestros estados emocionales. Por eso cuando estamos bien creemos estar en la cumbre de la felicidad y cuando estamos más, nos sentimos una completa desgracia. Pero la realidad es que ninguno de los dos extremos es tan radical.
Ni tan felices ni tan desgraciados
Si lo acercamos a la psicología contemporánea y a las investigaciones de Daniel Gilbert en Harvard vemos que, en términos generales, tendemos a sobreestiman la intensidad y duración de las emociones futuras, lo que conecta directamente con La Rochefoucauld: ni la felicidad ni la desgracia suelen ser tan grandes como anticipamos. Las emociones son mucho más dinámicas de lo que creemos y nuestra mente las regula en ambas direcciones. Por ejemplo, cuando vivimos una ruptura, el dolor que sentimos al principio no dura para siempre aunque en un primer momento pensamos que sí lo hará. Pensamos que lo que sentimos no se irá nunca.
La explicación a por qué nuestra mente nos “engaña”, está en lo que se conoce como adaptación hedónica. Esta investigación clásica realizada en los años setenta ya mostró que los ganadores de lotería y las víctimas de accidentes terminaban regresando a niveles de felicidad similares con el tiempo, como en un ciclo. Ese retorno a un nivel "normal" de felicidad se llama "cinta hedónica" un fenómeno que sugiere que el nivel de felicidad de las personas, después de moverse en una dirección positiva o negativa, acaba volviendo donde estaba antes de las experiencias que causaron el aumento o la disminución.
La Rochefoucauld aseguraba que “ponemos más interés en hacer creer a los demás que somos felices que en tratar de serlo”, y pensaba que la felicidad no depende tanto de las circunstancias como de la interpretación que hacemos de ellas, un poco como decía el estoico Marco Aurelio con “la felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos”. La felicidad es relativa, y depende de ti, por eso la psicología positiva funciona como lo hace. Y aquí entra el ego y el amor propio del que La Rochefoucauld también hablaba en su libro.
El auténtico motor de la conducta humana para el filósofo es el amor propio pero no entendido como autoestima, sino como un ego que distorsiona nuestra percepción de nosotros mismos y de los demás. Interpretamos todo en función de nuestro ego y ni siquiera somos conscientes de hasta qué punto el ego dirige nuestra conducta. Es quien, de alguna forma, nos hace creer que nuestra vida es súper feliz o injustamente desgraciada porque según La Rochefoucauld “el amor propio es más hábil que el más hábil de los hombres” y consigue engañarnos hasta en nuestra percepción.
Puede que las máximas de un duque francés dedicado al pensamiento no te resuenen dentro, o que como a mí, te ayuden a transitar un momento difícil porque aunque sea terrible, no es tanto como mi cabeza me dice que es.
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