Jane Fonda acaba de deslumbrar, a sus 88 años, en la 79ª edición del Festival de Cine de Cannes, donde ha sido la encargada de dar el discurso y declarar oficialmente inaugurada la muestra. Y, de paso, la actriz y activista estadounidense nos ha recordado una vez más que, muchas veces, las mejores cosas de la vida llevan cuando una ya ha vivido lo suficiente.
Lo suficiente como para entender que no todo aprendizaje viene envuelto en una gran revelación. Algunas veces llega después de una ruptura. Otras, al mirar una foto antigua y darte cuenta de que eras más joven de lo que creías y mucho más dura contigo misma de lo necesario. Todo esto lo decimos porque verla tan radiante en Cannes nos ha recordado una de sus frases más sabias e inspiradoras:
"No eres sabio por tener mucha experiencia, sino por reflexionar profundamente sobre las experiencias vividas".
La dijo en 2018, durante una entrevista con NPR, cuando estaba a punto de cumplir 81 años y promocionaba el documental 'Jane Fonda en cinco actos'. Un espacio en el que habló de lo que ella llama "una vida examinada". O lo que es lo mismo: la importancia de mirar hacia atrás, no para quedarse atrapada en el pasado, sino para entender quién has sido realmente.
Es por eso que su la frase tiene tanta fuerza. Porque no viene de una influencer random intentando sonar profunda en Instagram, sino de una mujer que ha pasado décadas siendo juzgada, idolatrada, ridiculizada y vuelta a admirar una y otra vez.
La vida de Jane Fonda ha tenido muchas vidas dentro. Fue estrella de Hollywood, símbolo sexual, activista política, enemiga pública durante la guerra de Vietnam, gurú del fitness en los ochenta y, más tarde, uno de los rostros más visibles contra el edadismo en la industria del entretenimiento. Durante años ella misma reconoció que vivía intentando convertirse en la versión de mujer que esperaban los hombres que tenía alrededor. "Me tomó llegar a los 60 y 70 para empezar a decir: merezco respeto", confesó también en aquella entrevista.
Y ahí está la clave de su frase. No basta con acumular años como quien acumula tickets y fotos en un cajón. Hay gente de 25 que ya ha reflexionado sobre sí misma con una honestidad brutal y personas de 70 que siguen huyendo de cualquier conversación incómoda consigo mismas. La experiencia, en sí misma o por sí sola, no transforma a nadie. Lo que cambia a una persona es detenerse a pensar en lo vivido y preguntarse qué significa todo ello.
Jane Fonda en cinco actos
En una cultura obsesionada con la productividad hasta tal punto que llega hasta lo emocional (hay que sanar rápido, aprender rápido, pasar página rápido) la idea de tomarse el tiempo que haga falta para reflexionar profundamente es casi un acto radical. Sobre todo porque implica aceptar que muchas veces no entendemos lo que nos ha pasado hasta muchos años después.
Por el mismo motivo, esta frase también conecta tanto con el edadismo actual. Vivimos en una época extraña en el que se idolatra la juventud como si fuese la única etapa de la vida a la que merece la pena aspirar, además de la única en la que hubiera belleza. Mientras que la madurez en la mujer sigue tratándose mayoritariamente como una pérdida. Desde la perdida de atractivo hasta relevancia. Y, sin embargo, mujeres como Jane Fonda llevan años demostrando justo lo contrario.
Ella misma ha hablado de sentirse "mejor que nunca" desde que está en la década de los 80 años. No porque la vida se haya vuelto perfecta, sino porque por primera vez siente que entiende quién es realmente. Verdaderamente, hay algo muy poderoso en escucharla hablar sobre sabiduría. A ella, una mujer a la que durante décadas el mundo valoró principalmente por su cuerpo.
Ella desmonta esa idea tan instalada en la sociedad de que envejecer es convertirse en una versión menos interesante de una misma. Fonda es el retrato viviente de lo contrario y es resulta liberador. Porque significa nunca es demasiado tarde. Lo importante es no quedarse paralizado antes los arrepentimientos. Porque, en realidad, Jane Fonda no solo estaba hablando de hacerse mayor sino de prestar atención. De no vivir en piloto automático y de entender que crecer no consiste únicamente en sobrevivir, sino en atreverse a sacar algo de ellas. Reivindica la pausa de poder pensar quién hemos sido antes de decidir quién queremos ser ahora.
Fotos | Cortesía de L'Oréal Paris
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