Expertos en longevidad lo tienen claro: las personas que envejecen lentamente dejaron de contar los años y comenzaron a contar los momentos de absorción

Hay algo que comparten quienes aparentan menos edad de la que tienen. No es la dieta ni el gimnasio, es una forma distinta de relacionarse con el tiempo

Momentos de absorción
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Nacho Viñau

Editor

Envejecer es algo que todos sabemos que es inevitable. Pero hacerlo bien o mal no depende solo de la genética, de lo que comemos o de si practicamos pilates o hacemos ejercicios de fuerza. Está claro que dejar los malos hábitos y llevar una vida saludable ayuda (y mucho) a frenar los efectos del envejecimiento. Pero además, también hay otros factores . 

Los investigadores que llevan años estudiando a personas longevas han empezado a identificar un patrón psicológico que aparece una y otra vez entre quienes se conservan mejor: no miden la vida por cumpleaños ni por etapas. Miden la vida por momentos de absorción real, esos periodos en los que una persona se mete de lleno en lo que está haciendo hasta el punto de perder la noción del tiempo. Y ese hábito, tan sencillo de describir y tan difícil de mantener, es precisamente lo que muchos pierden en algún momento de la mediana edad.

Realmente, esta no es una idea nueva. El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi lo llamó "flujo" y dedicó décadas a estudiarlo: ese estado de concentración total en el que el desafío de lo que haces encaja justo con tu nivel de habilidad, y en el que el tiempo se distorsiona porque la atención está completamente absorbida. 

Momentos de absorción

Lo vivimos cuando tocamos música y dejamos de escuchar el ruido de fondo, cuando leemos un libro que no podemos soltar, cuando estamos en el taller o en el jardín y nos damos cuenta de que han pasado dos horas sin que lo notáramos. El problema es que con los años, y con todo lo que trae la mediana edad —las responsabilidades, los plazos, la agenda siempre llena — ese tipo de experiencias se va reduciendo hasta casi desaparecer.

Por qué el flujo importa más de lo que parece

Lejos de ser una intuición sin base, la relación entre el flujo y el bienestar está bien respaldada por diversos estudios. Un estudio publicado en el Journal of Happiness Studies analizó a más de 1.100 personas de entre 30 y 80 años durante diez años —usando datos del proyecto Midlife in the United States— y encontró que quienes mantenían experiencias regulares de flujo a lo largo del tiempo reportaban mayor bienestar y mejor calidad de vida. Otros estudios sobre adultos mayores han observado que el flujo en actividades cotidianas —no necesariamente en tareas de alta exigencia— está ligado a una mayor vitalidad subjetiva y a una mejor salud percibida.

Pero hay algo más que el bienestar emocional. El estrés crónico, ese que acompaña a quienes viven permanentemente pendientes del reloj y del futuro, tiene un coste físico medible. Un estudio publicado en Psychoneuroendocrinology con más de 400 personas de entre 54 y 76 años encontró que quienes respondían con mayor liberación de cortisol ante situaciones de estrés mental tenían telómeros más cortos tres años después, lo que equivalía a aproximadamente dos años de envejecimiento celular adicional. Los telómeros son esas estructuras que protegen los cromosomas y que se acortan con cada división celular: a menor longitud, más rápido envejece el organismo.

La relación entre el tiempo que pasamos presentes —de verdad presentes, sin el ruido mental de lo que queda por hacer— y los marcadores biológicos del envejecimiento no es casual. Cuando la mente está absorta en algo que le importa, el estrés cae. Cuando el estrés cae, el cuerpo respira.

El propósito también cuenta

Aprovechar el tiempo

Hay otro factor destacado por los investigadores de la longevidad que tiene mucho que ver con esta forma de vivir el tiempo: el sentido de propósito. Un estudio de seguimiento de 7.626 personas durante 20 años concluyó que la autoaceptación y la interdependencia —dos componentes del bienestar psicológico— reducían el riesgo de mortalidad de forma significativa. Y otra investigación de la Association for Psychological Science, que siguió a adultos de distintas edades, demostró que tener un sentido de dirección en la vida predecía una menor mortalidad independientemente de la edad, del estado laboral o de otros indicadores de bienestar.

Lo que conecta el flujo con el propósito es precisamente la forma en que se experimenta el tiempo. Las personas que tienen actividades que les importan de verdad —no en abstracto, sino de forma concreta y cotidiana— tienden a generar más momentos de absorción genuina. Y esos momentos actúan como contrapeso a la cuenta atrás que, sin quererlo, muchos instalan en su cabeza cuando superan los 40 o los 50.

Lo que se pierde en la mediana edad

El cambio suele ser gradual. En la mediana edad, la vida se organiza cada vez más alrededor de fechas, plazos e hitos: la hipoteca, la educación de los hijos, la jubilación futura, las revisiones médicas, las quedadas con los amigos a los que hace tiempo que no ves, ese concierto para el que comprastes las entradas hace un año, esa escapada que planificaste hace unos meses porque viste unos billetes de avión baratos... El tiempo deja de ser algo que se habita para convertirse en algo que se gestiona. Y esa transición, que a veces parece inevitable, tiene un precio que no siempre se ve.

Vivir el presente para combatir el envejecimiento

Los investigadores han observado que las personas que pierden el contacto con esa capacidad de absorción —de meterse de lleno en algo, porque tienen que hacerlo todo corriendo y han perdido la capacidad de concentración— tienden a mostrar antes ciertos marcadores de envejecimiento acelerado: mayor tensión arterial, más inflamación, menor bienestar emocional. 

No hace falta cambiarlo todo

Para aprovecharnos de los beneficios que suponen esos momentos de absorción, tampoco hace falta dar un cambio radical a nuestra vida. Se trata de tomar pequeñas decisiones en el día a día para poder recuperar esas aficiones que exijan una concentración real. 

Aprender algo nuevo que sea lo suficientemente difícil como para mantener la atención, reducir la multitarea y dejar el móvil en otro cuarto mientras se hace algo que importe son tres cosas que todos podemos intentar hacer para vivir el presente y concentrarnos. Es como cuando vas al cine o al teatro, y apagas el móvil: desconexión total para poner nuestra atención en lo que estamos haciendo. 

Y las personas que envejecen mejor, según la investigación, son precisamente las que han seguido creando esas condiciones a lo largo de los años, sin dejar que las obligaciones de la mediana edad se lo llevaran del todo por delante.

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