Jean-Jacques Rousseau, filósofo: “No somos infelices por querernos, sino por compararnos”

En el siglo XVIII el filósofo francés ya predijo que nuestra infelicidad vendría de la comparación. Lo que no sabía es que sería fruto de las redes sociales

Jean Jacques Rousseau Filosofo No Somos Infelices Por Querernos Sino Por Compararnos
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Anabel Palomares

Editor

Nunca nos hemos comparado tanto como ahora. Ni lo hemos hecho tan públicamente. Parte de la culpa, por no decir toda, de que la comparación esté a la orden del día la tienen las redes sociales. En ellas nos exponemos y vendemos nuestra privacidad a cambio de la dopamina que nos dan y lo hacemos por un puñado de likes. Cuando esa exposición se vuelve tan constante, es nuestra autoestima la que se ve afectada. Y eso ya lo decía en 1755 el filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau.

En su libro ‘Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres’, Rousseau defendía que “el hombre social vive fuera de sí y solo puede vivir según la opinión ajena, de modo que parece percibir su propia existencia únicamente del juicio ajeno sobre él”. Lo que aseguraba ya Rousseau en siglo XVIII, es que reducimos todo a las apariencias, algo que ahora está más vivo que nunca en las redes sociales, y “no tenemos nada que mostrar salvo una apariencia frívola y engañosa, honor sin virtud, razón sin sabiduría y placer sin felicidad”.

Cuando el amor propio depende de otros

Rousseau distinguía entre dos formas de amor a nosotros mismos. Por un lado el que llamó “amour de soi” o amor de sí mismo, un sentimiento sano que sería el amor propio natural, previo a la sociedad. Es el bienestar sin compararse con nadie y una autoestima básica. Por otro lado habla del “amour-propre” o amor propio, lo que podríamos definir como el amor propio social que nace cuando empezamos a mirarnos a través de los otros. Así, el filósofo defendía que la autoestima es sana mientras nace de uno mismo, pero se vuelve tóxica cuando depende de compararse constantemente con otros y nos provoca infelicidad. Si esto no es algo que las redes sociales acentúan, apaga y vámonos. 

Cuando Rousseau dice que “el hombre social vive fuera de sí”, describe que hay un punto en que dejamos de sentir nuestra existencia desde dentro (amour de soi) y empezamos a medirnos desde fuera (amour-propre). Cuando ocurre, sientes que ya no vales por lo que eres, sino por cómo te muestras, cómo te miran y cómo eres en comparación con otros. Ese sentimiento que empezó siendo natural y un deseo de bienestar, se modifica. El amor propio de Rousseau nos hace pensar más en nosotros que en el resto. Queremos ser más guapos, más ricos, más libres, más divertidos, más todo que el resto. Y la línea entre querer estar bien con nosotros y querer que otros vean que estamos bien con nosotros, se desdibuja y acentúa con las redes sociales. 

Piensa en esa sensación que tienes cuando scrolleas y ves como gente a la que ni conoces en persona tiene vidas aparentemente perfectas. Pedidas de mano increíbles, viajes alucinantes, miles de planes, comidas en restaurantes, casas preciosas y decoradas con gusto, planes con amigos, relaciones ideales… Y tú estás en la cama mirando todo, como si hubiera una fiesta en el mundo a la que tú no estás invitada. Te gustaría vivir lo que viven otros, pero te gustaría más aún que otros vieran que lo vives

Si trasladamos las ideas de Jean-Jacques Rousseau a la actualidad, podríamos hacer una paráfrasis moderna bastante fiel a su pensamiento: “La autoestima es un sentimiento natural que, cuando se deforma por la comparación constante, se convierte en fuente de infelicidad”. Un anti amor propio que nos daña. 

Rousseau no dice que seamos infelices por querernos, sino por querernos en relación a los demás. Porque nuestro valor personal ya no es nuestro sino que depende de ser mejor que otros, o de tener más que otros, o de recibir de otros una aprobación constante. El ser social, según Rosseau, estaría demasiado supeditado a la validación externa y eso, afecta a nuestra autoestima según la psicología.

Tu autoestima deja de ser estable porque en un mundo de eterna comparación (en la que las redes sociales actúan como un gigantesco amplificador) siempre habrá alguien más exitoso, más guapo, más inteligente o más lo que sea. La teoría de la comparación social de Festinger afirma que compararnos constantemente reduce el bienestar, aumenta la ansiedad y la depresión y distorsiona la autoimagen, especialmente cuando la comparación es “hacia arriba” (con gente que percibimos como superior). Es decir, ese amor propio deformado por la comparación constante, nos perjudica.

Quizá la solución a esa infelicidad no esté en ver la felicidad de otros, sino en mirarnos y compararnos solo con nosotros mismos.

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Fotos | History Picture Archive, Fotógrafo Samuel Cruz en Unsplash

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