Durante un tiempo pareció que Timothée Chalamet representaba algo distinto dentro de Hollywood. Cuando irrumpió con fuerza en 2017, en pleno debate cultural sobre la masculinidad y tras años en los que la industria parecía incapaz de crear nuevos protagonistas masculinos relevantes, su presencia resultó refrescante: con su complexión delgada, piel pálida y ese aire entre artista romántico y estudiante bohemio, transmitía una sensibilidad poco habitual en el star system.
Muchos lo interpretaron como un antídoto frente al viejo arquetipo del macho alfa que había dominado el cine durante décadas, porque había en él una mezcla de vulnerabilidad, ironía y dulzura que encajaba perfectamente con un momento cultural marcado por el auge del movimiento #MeToo y el cuestionamiento de los modelos tradicionales de masculinidad.
Ese magnetismo se consolidó rápidamente gracias a papeles que conectaban con el público joven. En 'Lady Bird', dirigida por Greta Gerwig, interpretó a un chico melancólico y algo caótico que enamoró a toda una generación. Poco después llegó el papel que terminó de definir su imagen pública. En 'Call Me by Your Name', la película de Luca Guadagnino basada en la novela de André Aciman, encarnó a un adolescente que vive un romance intenso y vulnerable.
La escena final de la película, con el personaje llorando frente a la chimenea, se convirtió en uno de los retratos más comentados de la vulnerabilidad masculina en el cine reciente. Aquella interpretación le valió su primera nominación al Óscar y consolidó la idea de que Hollywood había encontrado por fin a un nuevo tipo de protagonista masculino.
Con el paso de los años su carrera siguió creciendo: el actor se convirtió en una presencia constante tanto en el cine de autor como en grandes producciones al participar con Wes Anderson en 'The French Dispatch' y se puso al frente de una de las sagas de ciencia ficción más importantes de la última década con 'Dune'. También asumió el reto de interpretar al excéntrico chocolatero en Wonka y llegó incluso a meterse en la piel de Bob Dylan en 'Un completo desconocido'.
Sin embargo, con ese éxito también ha empezado a surgir una narrativa distinta en torno a su figura. Parte de la conversación pública se ha desplazado desde su talento hacia su actitud: durante la gira promocional de nuevas películas y en diversas entrevistas, algunos comentarios del actor han sido interpretados como una muestra de confianza excesiva o incluso arrogancia al denostar al ballet y la ópera, representaciones artísticas que consideraba "casi muertas".
Además, el emitir declaraciones como la de asegurar que lleva años ofreciendo actuaciones de altísimo nivel generaron bastante debate en redes sociales: para muchos aquello supuso una ruptura con la imagen del joven humilde y reflexivo que había cautivado al público al inicio de su carrera.
Sin embargo, la percepción también ha cambiado por motivos más superficiales pero igualmente influyentes en la cultura pop, por ejemplo, su relación con Kylie Jenner, miembro del imperio mediático de la familia Kardashian, que alimentó una nueva lectura de su figura pública, un romance que simboliza una integración total en el ecosistema de celebridades hiperexpuestas que antes parecía quedar lejos de su imagen de actor indie.
En ese contexto, el antiguo icono de sensibilidad masculina empezó a parecer cada vez más una estrella plástica fascinada por la fama, y a partir de esto, es interesante ver cómo este fenómeno también plantea una cuestión interesante sobre la forma en que el público construye y destruye mitos culturales.
Durante años Chalamet fue presentado como el símbolo de una masculinidad diferente, sensible y artística, una narrativa tan poderosa que cualquier gesto que se alejase de ella corría el riesgo de interpretarse como una traición, aunque lo más probable es que el actor siempre haya sido una mezcla de ambición, talento y ego, rasgos bastante habituales en cualquier estrella de Hollywood.
Fotos de @tchalamet
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