Tu algoritmo de TikTok es la nueva Miranda Priestly en ‘El diablo viste de Prada’: quién decide ahora que se lleva (y por qué)

Hemos pasado de que las revistas nos dijeran cómo vestir a que ahora nos lo diga tu vecina con un vídeo viral en redes sociales compartido desde su piso

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Anabel Palomares

Editor

Han pasado 20 años desde que Andy entrara a trabajar en Runaway en ‘El diablo viste de Prada’. Y aunque el problema con la ambición femenina no ha cambiado en este tiempo, sí lo ha hecho la forma en que vemos (y consumimos) la moda. Lo que antes era dictado por revistas como la que representaba Runway, ahora está en poder de TikTok y estamos deseando saber cómo va a reflejar eso la secuela en el cine, ‘El diablo viste de Prada 2’.

Más allá de que los métodos dentro de las revistas fueran más parecidos a una dictadura que a un trabajo normal, algo que no se aleja de la realidad según la nueva novela de una exempleada de Wintour, Filipa Fino, ‘El diablo viste de Prada’ reflejaba muy bien la jerarquía dentro de la industria. Además de las tendencias de moda de la época, también dibujaba el perfil que marcaba la moda en sí: la editora.

Cuando las revistas eran ley

Revistas como la ficticia Runaway no solo mostraban lo que se llevaba, hacían que se llevara. Funcionaban como un flujo vertical. Primero la pasarela y los diseñadores creaban. Luego las revistas y sus editoras, con figuras como la de Anne Wintour, definían lo que merecía ser visto. Esos perfiles eran un intermediario entre la moda en sí y el público, y la tendencia elegida por las revistas, terminaba en las tiendas. Por ejemplo, si Vogue decía que se llevaban los pantalones con lazo, las tiendas vendían pantalones con lazo. La moda era como el café filtrado, un producto de extracción lenta (recordemos que las revistas eran mensuales y en papel) que se convertía en algo aspiracional.

La democratización de los fashion bloggers

El modelo vertical implantado por las revistas empezó a resquebrajarse con la llegada de internet y los blogs. Aunque comenzaron en los 90’s, si hablamos de blogs de moda tenemos que irnos hasta 2001 según Rosie Findlay. Esos primeros fashion bloggers sentarían las bases para lo que conocemos hoy porque comenzaron haciéndose fotos en casa con diferentes looks, algo muy similar a lo que vemos con las actuales influencers. con el tiempo ganaron tanto peso que en septiembre de 2009 Dolce & Gabbana marcó un hito: sentó a bloggers como Bryanboy, Tommy Ton y Scott Schuman en su front row, rompiendo la tradición de solo lo hicieran editores de moda. El cambio comenzaba.

El discurso de la moda se democratizaba y ya no hacía falta trabajar en una redacción para opinar de lo que se llevaba o no, lo que permitió que emergieran estilos diferentes. La moda se ampliaba pero seguía existiendo un criterio, solo que ahora no era exclusivo de las revistas, sino que el criterio de expertos en moda ajenos a un medio escrito, también importaba. Esos primeros bloggers se convertían en expertos en la materia con un estilo propio, y cuando llegó Instagram se consolidó esa figura de influencer que conocemos ahora. Después apareció TikTok y sus algoritmos para comérselo absolutamente todo.

TikTok y su algoritmo como nuevo poder en la moda

Con TikTok pasamos de que un criterio experto, primero con las revista y más tarde con los fashion bloggers, diera visibilidad a lo que se lleva, a que ahora esa visibilidad llegue de un algoritmo. Las tendencias dejan de nacer de esa estructura jerárquica vertical a una pseudo horizontalidad movida por la viralidad de las redes. Y esa viralidad nace de la repetición. En lugar de llevarse porque tiene estilo, se lleva porque se repite hasta la saciedad. Te repiten tanto que las bailarinas tabi se llevan que aunque las detestes, terminas por comprarte unas. Así, los algoritmos terminan controlando nuestra vida y nuestra forma de vestirnos. 

@uyalbert

arcadas solo de ver los tabi 🤢 decidme que no estoy solo en esto…

♬ sonido original - Uy Albert!

De esta forma nace el clean look, la mob wife o la estética tradwife. El problema es que ya no hablamos solo de moda, sino también de política. El algoritmo consigue que la extrema derecha se cuele en la moda por pura repetición. A esto se suma que se implanta una velocidad vertiginosa. Antes, cuando las revistas marcaban las tendencias, la moda era slow fashion. Ahora una tendencia puede aparecer y desaparecer en semanas. Esa velocidad reflejada en millones de “microtendencias”, en realidad debería llamarse capitalismo y consumismo extremo. El cambio es tal, que surgen nuevos modelos de negocio como la ultra fast fashion que nos impone una presión constante por consumir y cambiar constantemente. 

Ya no sólo importa quién dicta la moda, sino bajo qué reglas (y quien las impone) se decide qué merece ser visto. La autoridad ya no la da una editora experta. Ni siquiera un blogger de moda. La da un algoritmo opaco movido por el dinero. La moda pasa de ser aspiracional a convertirse en una obligación si queremos seguir en la cresta de la ola, lo que nos hace preguntarnos si hemos cambiado el criterio por la viralidad. La respuesta ya la sabes.

El nuevo modelo tiene consecuencias. El hecho de que participen más voces y más estilos tengan la posibilidad de encontrar visibilidad, es algo bueno porque normaliza y permite que algo que antes solo era de la élite, sea accesible. Pero ese cambio también alimenta al fast fashion, y ese fast fashion alimenta la desigualdad y la contaminación.

Imaginar a Miranda Priestly en 2026 viviendo esto, resulta casi irónico porque esa voz experta que representaba y dictaba la moda, ahora se enfrentaría a métricas, engagement y a tu prima diciendo desde la habitación de su piso compartido que se llevan los wide legs. Cómo se represente ese cambio en la industria de la moda en ‘El diablo viste de Prada 2’, es algo que aún está por ver. 

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Fotos | El diablo viste de Prada (Disney+)

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