Durante siglos nos contaron que Penélope fue la esposa perfecta. La mujer que esperó durante veinte años el regreso de Odiseo mientras él combatía monstruos, sobrevivía a naufragios y protagonizaba una de las mayores aventuras de la literatura universal. Ella, mientras tanto, tejía. Esperaba. Guardaba el hogar...
Es una imagen tan repetida que casi parece imposible imaginar otra. Sin embargo, basta con volver al poema de Homero para descubrir que esa lectura de personaje sumiso y pasivo habla mucho menos de Penélope que de la forma en que, generación tras generación, hemos interpretado a los personajes femeninos desde una mirada masculina.
Coincidiendo con el estreno de 'La Odisea', la adaptación moderna de Christopher Nolan, vuelve también una pregunta que lleva siglos esperando responderse de otra manera: ¿y si Penélope nunca hubiera sido una mujer sumisa? ¿Y si la verdadera estratega de Ítaca hubiera sido siempre ella?
Penélope y los pretendientes, John williamwaterhouse (1911-1912)
Odiseo inventa el caballo de Troya y Penélope inventa el telar
Si hay una cualidad que define a Odiseo es la mêtis, un concepto griego que podría traducirse como inteligencia práctica, astucia o capacidad para adaptarse a cualquier situación. Es el héroe que vence gracias al ingenio antes que a la fuerza. Por ejemplo: idea el caballo de Troya, engaña a Polifemo emborrachándolo y convierte cada obstáculo en una oportunidad.
Lo que a menudo se pasa por alto es que Homero concedió exactamente esa misma inteligencia a Penélope. Su célebre estratagema del telar no es el gesto resignado de una mujer entreteniendose mientras espera el regreso de su amado. Es una de las maniobras políticas más brillantes de la literatura.
Penélope, que no quiere que la obliguen a volver a casarse para que Ítaca vuelva a tener un rey, anuncia que no lo hará hasta terminar el sudario funerario del padre anciano de Odiseo. En la Grecia de la época, dejar sin mortaja a un noble era una grave deshonra para la familia y una ofensa a las normas sagradas del luto, de modo que los pretendientes no podían presionarla para abandonar una tarea considerada casi sagrada sin poner en cuestión su propio honor.
Leonidas Drosis
Ella explota ese resquicio a la perfección y teje el lienzo durante el día y, por la noche, deshace en secreto todo el trabajo realizado. Así consigue ganar casi cuatro años mientras sus aspirantes creen que el final está cada vez más cerca. Solo cuando una de sus sirvientas la traiciona y revela el engaño, Penélope se ve obligada a terminar el sudario. Así que, Odiseo y Penélope son dos personajes sobreviven exactamente de la misma manera: convirtiendo la inteligencia en su arma más poderosa.
Esperar como forma de resistencia
La imagen tradicional y romantizada que presenta a Penélope como una mujer pasiva frente a un hombre que actúa no peca únicamente de asociar movimiento con poder. Ella, que recordemos que no es ni más ni menos que la reina de Ítaca, no puede salir a combatir ni expulsar a los pretendientes por la fuerza. Vive en una sociedad donde ni siquiera una reina dispone de poder político y militar propio. Precisamente porque su margen de actuación es mínimo, convierte el único recurso que tiene en su arma: el tiempo.
Si hubiera aceptado volver a casarse sin esperar a Odiseo, Penélope habría perdido su posición como administradora del palacio de Ítaca para quedar bajo la autoridad de un nuevo marido, tal y como dictaban las normas de la época. Además, el nuevo matrimonio podía poner en riesgo la herencia e incluso la vida de su hijo Telémaco, todavía demasiado joven para reclamar el trono, y generar un conflicto bélico sobre quién debía gobernar la isla.
Tom Holland como Telémaco
Su negativa, por tanto, tiene mucho de estrategia política y muy poco de romanticismo. Permanecer en ese limbo legal era la mejor forma de proteger tanto su propia autonomía como el futuro de su hijo, así como la paz en Ítaca. Por lo tanto, su espera en un mundo patriarcal no es pasividad, es resistencia.
"Un volcán humano siempre a punto de estallar"
Que Christopher Nolan haya decidido adaptar La Odisea ha despertado enormes expectativas por distintos motivos. Uno de ellos es que su filmografía ha recibido en ocasiones críticas por situar a los personajes masculinos en el centro del relato y relegar a las mujeres a papeles secundarios. Sin embargo, ahora enfrenta a una historia que tiene uno de los personajes femeninos más sofisticados de toda la literatura clásica.
Para construir el guion, el director ha tomado como referencia la traducción que la clasicista Emily Wilson publicó en 2017, que fue la primera realizada al inglés por una mujer y que se ha convertido en la versión que especialistas, como Mary Beard, consideran clave para revisar cómo se habían leído a los personajes femeninos de Homero.
Esa influencia también parece percibirse en la Penélope interpretada por Anne Hathaway. La actriz contó a la revista Time que abordó el personaje poniendo el foco en su faceta de madre protectora de Telémaco y que, tras leer el guion, le comentó a Nolan que le había sorprendido encontrarse con un personaje "lleno de furia". En este sentido, la Penélope de Hathaway y Nolan parece ir un paso más allá que la de Homero.
En algunas entrevistas concedidas antes del estreno, la actriz ha explicado que lo que le interesaba era imaginar todo aquello en lo que el poema épico apenas profundiza: la rabia de una mujer obligada a esconder durante dos décadas el miedo, contener el peso de la incertidumbre y la presión constante de quienes intentan arrebatarle el control de su vida. Por eso la ha descrito con una imagen tan poderosa como inesperada: "un volcán humano siempre a punto de estallar". Con esta metáfora nos adelanta que la película no contradice a Homero pero sí pone voz a sus silencios.
En el poema, Penélope rara vez exterioriza sus emociones. La narración privilegia sus actos: tejer, destejer, retrasar decisiones, poner a prueba a Odiseo. Sin embargo, Nolan y Hathaway han querido preguntarse qué se le pasaba mientras tanto por la cabeza. Qué coste emocional tenía sostener un reino prácticamente sola, convivir con decenas de hombres ambiciosos e interesados instalados en su palacio y resistir durante años la presión para aceptar un matrimonio de conveniencia que supondría perder su autonomía.
Nolan le ha añadido a la misma espera de siempre la capa del retrato de una resistencia emocional extrema. De este modo, en lugar de criticar a Nolan por transformar a Penélope en una heroína contemporánea dentro de una adaptación contemporánea de un texto de hace miles de años, podemos disfrutarla como una lectura que lo complementa y amplia sin intentar sustituirlo.
Desde luego, si la gente sale del cine habiendo entendido que a veces cambiar el curso de una historia implica que nadie se dé cuenta de que llevas años escribiéndola tú, terminaría con el problema de cómo decidimos leer a Penélope durante casi tres mil años.
Fotos | Universal Pictures
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