No seamos tan duros con Miranda: así se construye una jefa en una industria dominada por hombres

Jamás defenderé las actitudes de Miranda en este film de 2006, pero entiendo el por qué de ellas

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Noemí Valle

Editor

Miranda Priestly ha encarnado durante años a la villana perfecta. Déspota y sin un aparente rastro de humanidad tras de sí, impermeable a las emociones ajenas. Las ficciones, a menudo, no permiten que le veamos todas las aristas a los personajes, solo las más brillantes nos ofrecen seres poliédricos. Pero basta leer un poco entre líneas para saber que ser jefa en plena década de los 2000 implicaba atravesar un largo camino de trabas, aun lo requiere a día de hoy: implica hacerse hueco en un mundo de hombres

Meryl Streep interpreta en 'El diablo viste de Prada' a Miranda, una mujer de entre 50 y 60 años que se encuentra en la cima de la industria editorial, un espacio históricamente reservado para hombres con puestos corporativos y de decisión. Los códigos de dureza por los que ellos se regían fueron su referencia, básicamente porque no había casi mujeres en las que inspirarse. No es una cuestión de carácter innato de Miranda, sino de que ella cree firmemente que esa severidad que adopta será su mejor armadura.

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En la historia se juega mucho con la idea de la ice queen. Ella es tirana, fría, calculadora, intimidante. Si pensásemos en un personaje masculino de esta calaña seguramente los adjetivos que le atribuiríamos serían menos ásperos: duro, exigente, riguroso. En cambio, que no haya un ápice de calidez y vulnerabilidad en una mujer tras la pantalla molesta más. Es que es un arquetipo y los arquetipos son reduccionistas. Las personas, en cambio, somos todo lo contrario: somos bastante complejas.

No seré yo quien defienda a Miranda. Como editora, estoy completamente convencida de que los engranajes de una publicación funcionan mejor cuando desde arriba se relacionan contigo como compañeras y no como déspotas. Hace tiempo que dejamos de ver el trabajo como un lugar en el que permitimos absolutamente todo, por mucho que nos apasione la profesión, por mucho que sea lo que nos da de comer. La integridad va por delante. Es un pensamiento férreo, pero claro, me separan unas cuantas generaciones de Miranda. 

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Miranda Priestly no es un monstruo, sino un espejo del tipo de liderazgo con el que se ha criado desde niña, el que siempre se ha premiado, el de los hombres, simplemente está trasladado al cuerpo de una mujer. Ella defiende lo suyo como lo haría cualquier señor, lo que pasa es que en 2026 esto ya no nos vale. Independientemente del género de quien está por encima de nosotras, buscamos ante todo comprensión, no un líder que nos mande directas al psicólogo.

Yo soy capaz de advertir que la vida atraviesa a todo ser humano, ojalá lo entendiese Miranda. Que, a ratos, mientras tecleas en la oficina, te acuerdas de que llevas otro mes haciendo malabares porque el casero te ha subido el alquiler, que el tipo que se jactaba de quererte hace tres semanas lleva dos sin contestarte al WhatsApp, que a tu padre lo operan en unos días y que tu perro está muy enfermo y a ver lo que aguanta. Vendrán tiempos mejores, te repites. Mientras tanto, tienes que seguir demostrando que eres válida en lo tuyo. Queremos de vuelta empatía. No entiendo un puesto de poder sin ella.

Fotos | El diablo viste de Prada (Disney+)

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