La psicología explica que los jubilados más felices no son los que se mantienen ocupados: son los que han aprendido la diferencia entre llenar el tiempo y aprovecharlo

El pánico a la agenda vacía hace que muchos jubilados llenen su tiempo libre de actividades que no les llena, provocando una sensación de insatisfacción permanente

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Nacho Viñau

Editor

¿Quién no ha soñado con el momento de jubilarse y olvidarse para siempre del despertador, de la presión o de soportar ambientes laborales tensos? Sin embargo, dejar atrás las obligaciones laborales no siempre se traduce automáticamente en una mayor sensación de bienestar. A muchas personas les cuesta dejar la vida activa que llevaban en su etapa laboral  y adaptarse a un ritmo de vida mucho más pausado.  

Y de hecho, la gestión del tiempo libre es un reto para muchas personas. En este sentido, los expertos en envejecimiento y psicología recuerdan que disponer de más tiempo libre es solo una parte de la ecuación: lo verdaderamente importante es cómo se utiliza ese tiempo y qué significado tienen las actividades que forman parte del día a día.

De hecho, cada vez más investigaciones apuntan a que los jubilados más satisfechos no son necesariamente los que mantienen la agenda repleta de tareas, sino aquellos que encuentran ocupaciones que les resultan valiosas y gratificantes. Cultivar aficiones, mantener relaciones sociales, aprender cosas nuevas o participar en actividades con propósito ayuda a preservar la sensación de utilidad y favorece una mejor calidad de vida. La diferencia, según los especialistas, está en dedicar el tiempo a lo que aporta sentido personal, en lugar de simplemente llenarlo para evitar el aburrimiento.

Hay una diferencia entre llenar el tiempo y gastarlo

El Harvard Study of Adult Development, uno de los estudios longitudinales sobre bienestar más extensos que existen (arrancó en 1938 y aún continúa), llegó a una conclusión que nos puede resultar extraño a quienes estamos deseando jubilarnos: muchas personas no alcanzan la felicidad al dejar de trabajar. Y la razón, no es económica, ni que el fondo de pensiones en el que llevan media vida ahorrando no les permita mantener el nivel de vida.

Jubilación

Robert Waldinger y Marc Schulz, director y coautor del estudio, han explicado que lo que más echan de menos quienes se jubilan no es el salario ni siquiera la actividad en sí. Es el contacto humano diario, los compañeros o las conversaciones de pasillo que nunca parecían importantes. El rol que el trabajo daba dentro de un grupo, dentro de una sociedad.

La agenda vacía da vértigo  

Tener tiempo libre no equivale a tener tiempo propio. El primero aparece cuando desaparece una obligación. El segundo requiere algo más difícil: saber qué quieres hacer con él, y por qué.

Muchos jubilados llegan a esta etapa con la misma lógica que llevaban décadas aplicando al trabajo: productividad, rendimiento, justificación de cada hora. Y entonces, cuando el calendario se vacía, lo primero que hacen es llenarlo de nuevo. Clases de inglés, gimnasio, cursos de cocina, viajes organizados... No porque los deseen especialmente, sino porque el vacío da vértigo. La actividad se convierte en un analgésico, no en un propósito.

La psicóloga Ana Galán, que ha abordado este fenómeno en una entrevista publicada en La Vanguardia, lo explica con una frase que no deja mucho margen de interpretación: "Al jubilarse, muchas personas sienten que pierden parte de su identidad y aparecen sentimientos de inutilidad". Es una consecuencia casi inevitable de décadas en las que el trabajo organizó no solo el tiempo, sino quiénes éramos.

La identidad también se jubila, y eso nadie lo anticipa

Cuando se habla de jubilación, sale el tema de las pensiones, la salud, el hacer ejercicios de fuerza o la oportunidad de viajar en cualquier momento del año y no solo en verano. Y sin embargo, para una parte importante de la población, dejar el trabajo equivale a perder el marco que durante años les dio estructura, reconocimiento y sentido de pertenencia.

Una investigación publicada en PubMed Central sobre transiciones vitales en adultos mayores apunta a que la jubilación implica la pérdida de una rutina diaria que muchas personas mantuvieron durante décadas. Y sin metas profesionales concretas, los días pueden vaciarse de ritmo e incluso de sentido. Ese vacío, en muchos casos, no se resuelve añadiendo actividades al calendario.

Ana Galán también incide en esto: "La rutina actúa como un sostén emocional silencioso". No se trata de estar ocupado por estar ocupado, se trata de tener ocupaciones que nos llenen. Levantarse a una hora, salir a la calle o mantener un contacto social programado son pequeños gestos que tienen un efecto considerable sobre el ánimo y la energía. 

El filósofo y psiquiatra Viktor Frankl explica que la motivación primaria del ser humano no es el placer ni el poder, sino la voluntad de sentido. Y eso no cambia a partir de los 65 años.  El problema es que muchas personas llegan a la jubilación sin haber pensado en ello. Han pasado décadas siendo útiles dentro de un sistema que organizaba por ellas el tiempo, las relaciones y el propósito. Cuando ese sistema desaparece de golpe, descubren que no tenían un plan propio, solo uno prestado.

Fotografías | Drazen Zigic, DC Studio

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