Más allá del placer que supone dormir la siesta después de comer, esta costumbre tan arraigada en nuestro país cumple una función clara: permitir que el cuerpo y la mente bajen el ritmo durante unos minutos en el tramo central del día. A menudo criticada en algunos contextos, reivindicada en otros y mal ejecutada en la mayoría de los casos, la siesta cuenta con defensores claros en el ámbito de la medicina del sueño.
Entre ellos, la doctora Nuria Roure, psicóloga especializada en insomnio y una de las referencias en este campo en España, que la respalda, aunque siempre con condiciones muy concretas. Durante su participación en el pódcast Zenvibes Roure deja claro que no cualquier siesta vale. "La siesta tiene que tener unas características determinadas", afirma. Y las dos más importantes tienen que ver con cuánto dura y a qué hora se hace.
Treinta minutos como máximo
El primer límite que marca la experta es el de la duración. "La siesta debe durar treinta minutos como máximo, ya que es el tiempo que nosotros tardamos en llegar a un sueño profundo", explica Roure. Pasado ese umbral, el cuerpo entra en una fase de sueño más profundo de la que cuesta salir, y el resultado es conocido: te despiertas atontado, con la cabeza espesa y con la sensación de que habría sido mejor no dormir.
Este criterio coincide con lo que los expertos de la NASA establecieron ya en los años noventa: entre 25 y 30 minutos es el tiempo óptimo para obtener los beneficios del descanso sin comprometer el sueño nocturno ni provocar esa inercia de sueño que tantos conocemos.
Antes de las cuatro, siempre
El segundo parámetro es igual de relevante, aunque se ignora con más frecuencia. "La siesta tiene que ser antes de las cuatro de la tarde porque así dejamos tiempo a nuestro cuerpo para que vuelva a fabricar sueño antes de llegar a la noche", explica la especialista.
Lo que describe Roure tiene una base fisiológica directa: el sueño no aparece por arte de magia cuando nos acostamos por la noche. Se va acumulando a lo largo del día en forma de lo que los expertos llaman "presión de sueño". Si interrumpimos ese proceso demasiado tarde con una siesta larga, llegamos a la noche sin haber generado suficiente carga como para conciliar el sueño con facilidad.
El ejemplo que pone la doctora es bastante ilustrativo: "Si nos dormimos a las cuatro y nos levantamos a las seis de la tarde, eso puede hacer que te despiertes con sensación de resaca total". El antídoto es precisamente lo contrario: "Si por el contrario hacemos una siesta pronto y la hacemos muy corta, la siesta lo que hará será refrescar la mente, te ayudará a tener un parón y una desconexión para poder llegar a la noche más descansada y dormir con más facilidad".
Una herramienta, no un sustituto
Según Roure, la siesta es beneficiosa, pero dentro de un marco. Bien ejecutada, recarga sin interferir. Mal ejecutada, fragmenta el sueño nocturno y genera el problema que supuestamente venía a resolver.
Eduard Estivill, médico neurofisiológico y otra de las grandes referencias en esta materia, también la recomienda, siempre con el mismo matiz: que no sea larga. Y la ciencia respalda sus efectos positivos sobre la memoria, la concentración y el rendimiento cognitivo, como demuestra investigaciones recientes sobre el aprendizaje y el descanso diurno.
Dos reglas, en definitiva, que no son difíciles de seguir: antes de las cuatro y no más de treinta minutos. El problema es que la mayoría de las veces no se cumple ninguna de las dos.
Fotografías | Nuria Roure, Freepik, Freepik
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