Karlos Arguiñano, chef, reflexiona sobre la muerte a los 77 años: "A mi familia le dejaría un buen lomo de bonito, un zancarrón de ternera y unos pollos asados"

Karlos Arguiñano aprovechó la conversación para reflexionar sobre el legado que le gustaría dejar a su familia

Karlos Arguiñano
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Nacho Viñau

Editor

Hay gente que cuando se le pregunta por la muerte cambia de tema o busca una salida elegante. Y en parte, es normal. En esta sociedad en la que vivimos hemos ocultado esta parte que va aparejada a la vida como si no existiera, haciéndonos sentir que tenemo que ser jóvenes eternamente. 

Karlos Arguiñano no es de ese tipo de personas. A sus 77 años, al cocinero de Beasain no le cuesta hablar de este tema tan incómodo para muchos. De hecho, en el podcast Gastro SER respondió a esa pregunta con la misma naturalidad con la que explicaría una receta de marmitako, y el resultado fue tan suyo que cuesta imaginarlo de otra manera.

La reflexión surgió a raíz de un hecho reciente. Unas semanas antes había perdido la vida Roberto, un cocinero muy apreciado en la gastronomía vasca y famoso por sus croquetas, tras sufrir un accidente de moto en el verano de 2025. Su fallecimiento dejó una situación cargada de simbolismo en el Asador Zubikoetxea, donde desarrollaba su trabajo: Japitxi, el propietario del establecimiento, se encontró ante el dilema de decidir qué hacer con las últimas croquetas que el chef había preparado y dejado congeladas antes de su muerte.

Un testamento hecho de producto

Karlos Arguiñano

Con ese telón de fondo, en el podcast le preguntaron a Arguiñano qué le gustaría dejarles a los suyos. Y ahí llegó una respuesta que solo podía darla él: "Yo les dejaría un buen lomo de bonito para que pudieran hacer un buen marmitako cuando les apetezca, les dejaría un zancarrón de ternera, les dejaría unos pollos asados y otros crudos, porque yo también crío pollos… cosas que comemos en casa habitualmente".

El propio equipo del chef aprovechó el momento para bromear, coreando entre risas "chipirones, chipirones…", como si quisieran añadir un capítulo más a ese inventario tan particular.

El tema no es de muerte, es de vida

Pero Arguiñano no se quedó solo en la anécdota. Aprovechó también para lanzar una reflexión que conecta con la actualidad: "Les recomendaría a todos que dejen de fabricar armas y se pongan a cocinar. El tema no es de muerte, es de vida, yo apuesto por la vida". Una frase breve pero que resume bastante bien su forma de entender las cosas: frente a la destrucción, la cocina como gesto de cuidado hacia los demás.

No es la primera vez que el vasco demuestra que se puede hablar de temas serios sin caer en la solemnidad. Con casi cuatro décadas de televisión a sus espaldas, sigue teniendo esa habilidad de convertir lo cotidiano en algo cercano, casi doméstico, incluso cuando el tema de fondo es tan universal como el final de la vida. 

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