Irme de Madrid y mudarme a una isla me ha traído muchísimas cosas buenas. Sin embargo, vivir lejos de mis mejores amigas no ha sido una de ellas. He tenido que aprender a relacionarme en la distancia y esta ha sido una de las experiencias más enriquecedoras y complejas de mi vida. Llevo cinco años teniendo las mejores amigas del universo y solo una vive cerca. Esto es lo que he aprendido (y atesoraré siempre).
Las relaciones de amistad son como cualquier relación de amor: necesitan atención, tiempo, cuidados y la firme intención de sobrevivir, a pesar de los kilómetros. Cuando desaparece algo tan normalizado como es estar físicamente presente en la vida cotidiana de otra persona, hay que encontrar la forma de mantener el vínculo en un vacío de cientos de kilómetros. Se puede, somos la viva prueba de ello.
La falta de contacto se compensa con comunicación
Los abrazos, agarrarse de la mano dando un paseo, besuquearse vivas...todo eso falta y hay que compensarlo de alguna manera. Esa manera es hablando. Y no me refiero a hablar de cualquier manera, si no a hablar bien, profundizando y atendiendo debidamente a la otra persona.
Durante mucho tiempo, he sido esa amiga que escucha los audios en x2 mientras hace cualquier otra cosa. Cocinando, recogiendo la colada, conduciendo, etc. Hasta que una de mis amigas más queridas me contó que ella siempre saca tiempo del día para escuchar nuestros audios, prestándonos la más absoluta atención. Tiene la boca llena de razón: si alguien a quien quiero se ha tomado cinco minutos para contarme algo importante, se merece que yo le dedique los mismos minutos a escucharlo.
Ahora esa es mi norma de vida. Cada día saco un hueco para esos audios largos e importantes, sin distracciones a mi alrededor. Si son demasiado largos y tocan muchos puntos, hasta tomo apuntes para después no dejarme nada en el tintero. Amiga, no podré abrazarte cuando tengas un mal día, pero voy a hacerte sentir importante y escuchada y ese será mi lenguaje de amor (a distancia).
Comunicarse también implica hacerlo con responsabilidad
Cuando hablo de estar disponible y sacar tiempo para ellas, no me refiero a hacerlo las 24 horas del día. Si así fuera, no tendría una sola amiga a mi alrededor. De hecho, creo que dar por sentado que alguien debe contestarte al toque solo porque sabes que tiene el móvil encima es una de las ideas más tóxicas que hay: ellas también tienen trabajo, pareja, familia, problemas y una vida entera ocurriendo a su lado de la pantalla.
Por eso, si una amiga necesita hablar y yo en ese momento no puedo atenderla como merece, lo digo sin rodeos. "Amiga, lo siento, ahora mismo no puedo atenderte, pero te escucho después". No la estoy ignorando, ella no se siente abandonada y nuestra comunicación se vuelve honesta y transparente, responsable con las emociones de la otra.
Amigas en lo malo, pero no solo en lo malo (POR FAVOR)
Este es uno de los errores en los que más fácilmente caemos todas cuando tenemos una relación a distancia. El día a día va rápido y las buenas noticias se celebran con quien tenemos más cerca. Sin embargo, cuando ocurre algo malo, buscamos deliberadamente un lugar seguro y recurrimos a las de siempre: a nuestras amigas. Eso es maravilloso, pero si no le ofrecemos también las partes buenas se acaba convirtiendo en un recopilatorio de dramas y desgracias.
Las buenas amigas te querremos y cuidaremos cuando estás mal, eso por descontado. Pero también queremos ver tus highlights, queremos celebrar tus victorias y tus alegrías. Danos la posibilidad de estar presentes en tu felicidad y no te vuelvas una ceniza digital.
Hay que hacer espacio para todo el mundo
Hay momentos en los que, de forma inevitable, una de las amigas ocupa más espacio que las demás. Ya sea porque está pasando una ruptura, un problemón en el trabajo o un momento en el que necesita más presencia, es normal que las conversaciones giren en torno a ella. Las amistades también están para esto.
El problema llega cuando imponemos ese estado de ánimo a todas las demás. Eso no puede ser, hay que dejar espacio para que todas se expresen y compartan. Así, si yo estoy pasando una mala época y mi amiga me cuenta que es muy feliz, debo hacer el esfuerzo por alegrarme y que ella no sienta que debe rebajar su felicidad o sentirse culpable por ella. Conseguir alegrarse cuando estás de bajón no siempre sale de forma automática, pero trabajarlo es parte de una amistad sana.
Cuando estamos juntas, intento liberar mi tiempo de verdad
Cuando veo a una amiga todas las semanas, no pasa nada si un martes estamos perezosas o tenemos otro plan y queremos cambiar el día. Sin embargo, cuando viajo o vienen mis amigas de visita, intento despejar mi agenda al máximo para exprimir todo momento con ellas. Entiendo que mi tiempo refleja mis prioridades y si mis amigas son parte importante de mi vida, en los pocos días que nos juntamos también lo serán de mi agenda. Quizá no vuelva a verlas en meses y nuestras quedadas son escasas. Por ende, también sagradas.
Seguimos teniendo citas
Cuando estoy con ellas, quiero estar con ellas de verdad. Nada de multitudes ni planes de cine donde no podamos chismosear, ponernos al día y profundizar en absolutamente todo. Me gusta tener citas juntas: irnos de brunch, caminar por la playa, salir a cenar y tomar un cócktail, un café rico con buenas vistas, sentarnos en el sofá y hablar. No tienen que ser planes increíbles, pero sí planes que nos llenen.
Con estos trucos, mantenemos viva la chipa y seguimos creando recuerdos nuevos. De esa forma, evitamos que la amistad se alimente de la nostalgia de lo que fue cuando estábamos físicamente juntas, algo que irremediablemente está advocado al olvido. Esto es lo que ellas me han enseñado: no basta con quererse, hay que seguir construyendo. Así es como yo he conseguido que personitas que viven muy lejos de mi sean las más cercanas, valga la paradoja.
Fotos | @pepatatas.
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