Llegas tarde al trabajo y es culpa del tráfico. Llegas al súper y alguien se ha llevado los últimos yogures porque un compañero te ha pedido ayuda en el curro. Suspendes el examen, y es porque, evidentemente, el profesor te tiene manía. Aunque todos hemos tenido la tentación de buscar un culpable fuera cuando las cosas nos salen mal, no siempre otro tiene la culpa. Pensar que sí, protege nuestro ego y es más cómodo que hacer autocrítica de que has suspendido porque no te has preparado el examen o que has llegado tarde al trabajo porque has salido con la hora pegada al culo.
El filósofo estoico Epicteto decía que “acusar a los demás de los infortunios propios es un signo de falta de educación. Acusarse a uno mismo demuestra que la educación ha comenzado. No acusar ni a uno mismo ni a los demás demuestra que la educación se ha completado”. En la cita que aparece en el ‘Enquiridión’, cuando Epicteto habla de "educación" se refiere al entrenamiento del carácter, a la formación completa de una persona. Por eso la "falta de educación" quiere decir más que aún no has aprendido a manejarte por dentro.
La “educación” es una escalera de tres peldaños
Esa educación, según su filosofía, es una escalera de tres peldaños. Un proceso de tres fases en el que primero culpas a los demás, luego te culpa a ti mismo y luego, no culpas a nadie, como apuntaba la frase. El punto de partida de esa “educación” de la que habla Epicteto, comienza por culpar a los demás. En ella creemos que nuestro malestar viene de fuera, ya sea de la mala suerte que nos persigue, de otras personas o de las circunstancias que nos rodean. Nos colocamos en el papel de víctima frente a algo que no podemos controlar.
Cuando comenzamos a culparnos a nosotros mismos y dirigimos la mirada hacia dentro, comienza el aprendizaje. Nos damos cuenta de que “lo que perturba al hombre no son las cosas, sino los juicios relativos a las cosas”, como señalaba el filósofo. Acusarse a uno mismo, como decía Epicteto, no significa machacarse sino reconocer cuál ha sido nuestra parte, revisar cómo hemos interpretado lo ocurrido y decidir qué podemos hacer distinto. Es asumir nuestra responsabilidad, no castigarnos por ella. Y ojo porque asumir responsabilidad no quiere decir que todo sea culpa nuestra. Epicteto habla de nuestra respuesta ante lo que pasa, no de negar que a veces nos hagan daño.
La meta, es llegar a no culpar a nadie. Si llegamos hasta ese tercer escalón, entendemos que los hechos externos son neutros en sí mismos y que no hay motivo para el reproche o la queja, ya que el bien y el mal auténticos residen únicamente en la voluntad y albedrío morales, lo que los estoicos llamaban prohairesis. En ese lugar donde no hay reproche ni queja, queda espacio para actuar con serenidad.
Es importante entender aquí que hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no, como bien apuntaba Epicteto. Nuestras opiniones, deseos y acciones son nuestros. La reputación, la opinión ajena o lo que hacen otros, no. Aplicado a la culpa, si culpo a otros de mi infortunio, estoy entregando el control de mi bienestar a algo que no puedo gobernar. Si asumo mi parte, recupero el terreno en el que sí puedo hacer algo.
El psicólogo Julian Rotter describió el locus de control (interno o externo) como el lugar en el que colocamos el origen de lo que nos pasa en la vida. Es decir, es nuestra tendencia a atribuir lo que nos sucede a factores internos (mis decisiones, mi esfuerzo) o externos (la suerte, los demás). Aunque todos oscilamos de uno a otro, estar más cerca de un locus interno, determina, en términos generales, un mejor manejo del estrés y una mejor capacidad para afrontar los problemas.
La próxima vez que estés a punto de señalar a otros (o la vida y tu mala suerte) por lo que te ha salido mal, párate un segundo y hazte la misma pregunta que el filósofo planteaba a sus alumnos: ¿qué parte de esto depende de mí? Así puedes aceptar lo que no depende de ti y lo que sea responsabilidad tuya, intentar cambiarlo.
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Fotos | World History Encyclopedia, Alina Chernovolova en Unsplash
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