Cuando la pandemia llegó a nuestras vidas en marzo de 2020 la relación que hasta entonces había vivido con la coloración del pelo cambió para siempre. Mientras mis amigas abrazaban como nunca antes la alternativa de teñirse el pelo en casa, yo decidía que hasta ahí había llegado. Fue el principio del fin de mi relación con los tintes capilares, que hasta entonces había sido muy larga y con muchos altibajos.
No recuerdo cuándo fue la primera vez que me teñí el pelo, o más bien cuándo fue la primera vez que lo sometí al maltrato. Siempre fui arriesgada con mis tendencias estéticas y en plena era grunge, allá en los lejanos años 90, recuerdo haberlo decolorado en casa para después empezar a aplicarle tintes de colores brillantes en tonos que por aquel entonces sólo se podían conseguir en Londres. Durante años mi pelo fue morado, después azul (mucho antes que Lucía Bosé o incluso Rocío Carrasco se atrevieran con ello), y hasta amarillo pollo. Como dijo Disraeli: «La juventud es un disparate; la madurez, una lucha; la vejez, un remordimiento».
De la locura de la juventud al sosiego de la madurez, y las alergias
Cuando mi pobre pelo no pudo soportar más el maltrato continuado coincidió con el momento en que yo decidí dar un cambio a mi vida, que hasta entonces se había desarrollado mayoritariamente en horarios nocturnos y ambientes musicales, así que decidí cortar por lo sano. Durante algún tiempo llevé la cabeza rapada y después, cuando mi pelo moreno original volvió a crecer, un cortísimo pixie a lo Jean Seberg. De esa forma volví a sanear mi cabello recuperando mi pelo fuerte, brillante y rizado de siempre, aunque ya antes de cumplir los treinta con bastantes canas.
Entre los 30 y los 45 años mantuve durante casi todo el tiempo el mismo corte de pelo: un french bob con flequillo. Durante años para tapar las canas utilicé tintes sin amoniaco, pero cada vez mi cuero cabelludo estaba más irritado y al final desarrollé un eccema que me hizo acabar visitando al alergólogo. Este diagnosticó que había desarrollado una alergia a los PPD (parafenilendiamina), presentes en la mayoría de los tintes, así que me pasé a los tintes vegetales (lo que hizo que me volviera pelirroja porque entonces la carta de colores no estaba tan desarrollada como en la actualidad), y durante muchos años pasé horas y horas en la peluquería para conseguir un resultado medianamente aceptable dejándome un pastizal.
Hasta que, como decíamos al principio, llegó la pandemia. ¿Podría haberme seguido tiñendo en casa? Evidentemente sí, ya que existen tintes como los de Apivita o Naturtint libres de PPD. Pero entonces decidí que era un buen momento para liberarme de aquella esclavitud, o por lo menos era como yo lo sentía ya entonces. Lo que había empezado como un juego divertido en la búsqueda de una identidad, ahora era una pesadez que incluso podía poner en riesgo mi salud. Así qué, ¿por qué seguía tiñéndome?
Mirarse al espejo significa evaluar nuestra identidad con el paso del tiempo. Cuando yo lo hice supe que seguir usando tintes no era por mi bienestar, sino por la imagen que los demás esperaban de mi. Hacerse mayor no es fácil, — mucho menos para las mujeres —, que somos campo minado para las inseguridades. Aprovechando el tiempo que pasamos confinados en casa decidí que era el momento perfecto para descubrir mi nuevo yo; el que iba a ser de entonces en adelante.
Así soy ahora: igual que siempre pero con el pelo blanco
Cuando me harté del pelo a tres colores, me corté el pelo al uno.
Confieso que al principio me costó: especialmente el tiempo de transición fue el más difícil. En la melena aún se conservaban restos de tinte, pelos negros y una gran mayoría canosa, un desastre que cada vez que contemplaba me hacía desear coger el paquete de tinte y ponerme manos a la obra. Hasta que un día corrí a mi peluquería y volví al pixie, fue la solución perfecta para volver a sentirme a gusto. Un corte radical mientras mi pelo se quedaba completamente blanco.
¿Qué he aprendido desde entonces? Pues lo más importante me lo enseñó mi peluquera de siempre, Verónica Iglesias, que me indicó que debía evitar la mayoría de champús y mascarillas neutralizantes para pelo blanco. Aunque en su mayoría no contienen PPDs, no son inocuos para alguien con el cuero cabelludo tan sensibilizado, de modo que lo mejor era usar champús clarificantes suaves, protegerlo bien del sol y mantenerlo siempre bien hidratado.
Kristen Mcmenamy y Andie MacDowell, mujeres con canas.
Lo cierto es que sus consejos han funcionado muy bien porque de momento no ha amarilleado lo más mínimo, y el mantenimiento ha conseguido que tenga el pelo más sano que nunca. Uso un champú a la cidra de Klorane para potenciar el brillo que alterno con otro de la misma marca para pelo blanco de Centaurea. Procuro llevar sombrero o pañuelos cuando me expongo al sol, además de usar un protector solar capilar (me encantaba el de Rituals of Karma, que le daba un brillo increíble, pero lo descontinuaron y me pasé a uno de Gisèle Denis). En cuanto a la hidratación, alterno entre mascarillas de aceite de coco bio y la Blond Absolu de Kérastase.
En este tiempo he escuchado muchas tonterías acerca del cabello blanco: que si las mujeres que lo llevamos así somos descuidadas, que ningún hombre nos miraría dos veces con estas pintas (claro, claro, fíjense si no en Kristen McMenamy o en Andie MacDowell), que envejecen mucho (no son las canas las que lo hacen, sino el paso del tiempo, y eso es algo natural)... ¡hasta que huelen mal! En fin, yo estoy tan contenta con mi aspecto que incluso he vuelto a dejarme una melena tan larga como a los veinte. Con la diferencia de que ahora la cuido mucho más, y al que no le guste... ¡que no mire!"
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Fotos | @patriciag.varela | @kristen_mcmenamy, @andie-macdowell
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