Cómo conseguí dejar de fumar después de 37 años haciéndolo y muchos intentos infructuosos

Dejar de fumar mejora la piel, disminuye el riesgo de cáncer de pulmón y mejora nuestra economía: ¿por qué cuesta tanto abandonarlo?

Dejar De Fumar
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Patricia García Varela

Editor senior
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Patricia García Varela

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Cuando no estoy escribiendo (guiones cómic, literatura infantil y adulta) me encontrarás perdida en la montaña. También paso mucho tiempo buscando los mejores chollos, especialmente en moda y decoración, para que siempre vayas a la última gastando lo mínimo. Me encontrarás en Compradicción, Trendencias, Decoesfera, Directo al Paladar o Vitónica.

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Este 4 de junio habré pasado exactamente 8 meses sin fumar: 243 días sin llevarme un cigarrillo a la boca (esto no lo he ido contando yo como en una larga condena, lo ha hecho la IA por mí), lo cual quiere decir que la mitad de esos días ni siquiera me he acordado de ello.

he pasado más tiempo de mi vida fumando que sin fumar

Si me conocierais no habríais apostado por mí. Ni siquiera a que hubiese aguantado una semana sin fumar. A fin de cuentas llevaba fumando desde mi adolescencia y este año cumpliré los 51, he pasado más tiempo de mi vida fumando que sin fumar. Se dice pronto. No era la primera vez que intentaba dejarlo. Pero esta es la definitiva. ¿Qué ha cambiado?

Arrancando: fumar en tiempos revueltos

Patricia Garcia Varela Durante la mayor parte de mi vida fue difícil verme sin un cigarrillo en la mano.

En mi vida he cometido grandes errores, de hecho a veces creo que soy especialista en ello, tanto por omisión como por ejecución. Pero quizás uno de los mayores haya sido empezar a fumar. Aún lo recuerdo como si fuera ayer: la niña modélica de sobresalientes detrás de la tapia del colegio, compartiendo caladas de un Winston de batea. Eran finales de los 80, yo tenía trece años recién cumplidos y el tabaco de contrabando circulaba libremente: podías comprar los cigarrillos sueltos en casi cualquier kiosko, lo mismo que las chuches y más baratos que algunas marcas de chicles.

Sin embargo, de mi círculo más cercano yo era la única que fumaba. Nadie en mi familia ni en mi grupo de mejores amigas lo hacía. Sólo el que se convirtió en mi primer amor fue también el único que me acompañó en mi adicción. Martin, sin tilde, era anglosajón, fue mi excusa para afianzarme en ella. ¿Por qué empecé a fumar? Por rebeldía, por curiosidad, porque me hacía sentirme mayor, más interesante, - esa era la imagen que nos vendían entonces -, y porque ya entonces mi mayor preocupación era la sombra de una enfermedad sin cura que se cernía sobre mi. Abrazarse al humo del tabaco como símbolo de lo efímero y de la gran certeza.

Fumar es un placer

En los años 90 la cajetilla de tabaco era una extensión del brazo, al igual que hoy lo es el smartphone. Quizás ya no se veía al médico fumando en su consulta como en la década anterior, pero el humo nos rodeaba en los pasillos de la facultad, en la redacción del periódico o de la radio donde se hacían las prácticas, y especialmente en todos y cada uno de los lugares de ocio habituales. Mi consumo de tabaco se disparó de forma exagerada. Compartía piso con otros fumadores, me pasaba el día en lugares donde el humo estaba bien visto, y por las noches me divertía mientras fumaba.

Llegó un momento en que perdí la cuenta de cuántos cigarrillos caían al día, probablemente dos o tres cajetillas. Mi vida era una espiral de destrucción en muchos sentidos, el tabaco era sólo un síntoma más. Hacía algún tiempo que estaba en tratamiento con anticoagulantes por un principio de trombosis, eso fue lo que me salvó de la muerte cuando a mediados de 1996 tuve un accidente isquémico cerebral, un ictus. Sufrí afasia de Broca, siendo incapaz de expresarme de forma inteligible tanto de forma hablada como por escrito, tuve amnesia, me paralizó el lado derecho del cuerpo y consiguió que por primera vez en mi vida aprendiera lo que era el vértigo. Aprendí también que había cosas que daban más miedo que la muerte.

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mano con pulsea identificativa del SergAS Los "sustos" dan igual si aún no estás preparado para dejarlo.

Probablemente hayáis echado cuentas y pensado que desde 1996 hasta ahora han pasado nada menos que treinta años. ¿Cómo es que no dejé el tabaco entonces? ¿Quién dijo que no lo intenté? Esa fue una de las veces que con más ganas lo hice, pero no duró para siempre. Después de dos semanas en el hospital y tres meses sin salir de casa, empezó un largo trabajo de rehabilitación, durante el cual no fumé ni un solo cigarrillo. Después estuve casi tres meses más sin fumar, hasta que un día, casi un año después del ataque, encendí uno. Ni siquiera me gustó. De hecho me mareó. Pero poco después vino otro, y ese ya no me mareó.

La semFYC (Sociedad Española de Medicina de Famila y Comunitaria), lo advierte: el abandono del tabaco suele ser un proceso complejo y progresivo. Entre los fumadores activos encuestados, el 71,9 % ha realizado al menos un intento para dejar de fumar. Sin embargo, la recaída continúa siendo frecuente: el 40,5 % volvió a fumar antes de cumplir un año de abstinencia y el 22,3 % recayó después del primer año. Solo el 7 % de las personas encuestadas se mantiene actualmente sin recaídas.

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La vida sigue: algunas de mis amigas dejaron el tabaco cuando decidieron ser madres (siempre admiraré esa determinación sobre uno mismo para construir otra vida con las mejores garantías posibles), otros lo hicieron tras sufrir una taquicardia, alguno hubo que lo dejó porque ya no estaba de moda y los menos, como yo, persistieron en su mal hábito. Los fumadores éramos cada vez menos con el advenimiento del nuevo milenio; las nuevas leyes antitabaco que se introdujeron entonces, con el tiempo, consiguieron su objetivo.

Aunque siempre haya estado en contra de las prohibiciones, reconozco que estas leyes me sirvieron para que mi consumo de tabaco se redujera. Durante años seguí fumando, pero en cifras muy inferiores a cómo lo hacía antes. Me mantenía en una cajetilla a la semana. Tuve varios intentos de dejar de fumar: leí libros como Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo, que en su momento no me ayudó pero que volviendo la vista atrás creo que es el que me dio el impulso final para hacerlo después. Me engañé pensando que podía ir reduciendo el consumo todavía más, cigarrillo a cigarrillo, o cambiando cigarrillos por vapeadores (lo peor que se me pudo ocurrir), o recurrir a chicles de nicotina (me daban taquicardia). Lo único bueno que hice durante ese tiempo fue hablar con mi médico de familia: ella supo despejar mis dudas acerca de medicaciones a las que podía echar mano si las necesitaba. Y a las que no, porque a veces es peor el remedio que la enfermedad.

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Patricia G Varela Este verano ya no habrá foto fumando en la playa (ni en ningún otro lugar).

Hemos llegado a octubre de 2025, un periodo de mi vida en el que el caos ha vuelto a tomar las riendas: ansiedad disparada por motivos laborales, nuevas cargas familiares cuando los padres alcanzan la vejez y se convierten en dependientes, cambios hormonales propios de la edad, y en general una gran inestabilidad unida a un estrés brutal. Mi consumo de tabaco vuelve a dispararse, lo mismo que mis migrañas. El momento en que enciendo el cigarrillo para mi simboliza el interruptor conque mágicamente el nivel de estrés baja.

No me doy cuenta que todos estos años me he estado engañando a mi misma: al estrés que ya tengo por todas las situaciones con las que tengo que lidiar se le suma el de la adicción a la nicotina. Al tener que parar cualquier cosa por echar una calada. Al "no puedo vivir sin un cigarrillo en la mano, no puedo escribir sin un cenicero humeante al lado".

Hasta que una mañana mi taquicardia hace acto de presencia, al igual que la migraña, y en lugar de encender un cigarrillo más decido tirar la cajetilla a la basura. Y todos los encendedores que tenía por casa, así como los ceniceros. Se acabó, como diría María Jiménez. Ese primer día me volví loca, me subía por las paredes. Y el segundo. Y la primera semana.  La segunda semana ya no fue tan terrible, ¿o sí? Lo cierto es que ya no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que durante los primeros tres meses tenía ganas de fumar todo el rato, incluso soñaba con ello.

Pero desde el segundo mes hubo cosas que me pudieron más: recuperé olfato, de pronto el mundo olía mucho más, para mejor y para peor. La comida también sabe mejor, y pese a ello sólo he engordado un kilo en estos ocho meses. Mini punto para mi. Ya no he vuelto a manchar de amarillo las fundas de las almohadas, y según me cuentan he dejado de roncar (por lo visto había empezado a hacerlo estos últimos dos años). Me canso muchísimo menos que antes subiendo escaleras o caminando tramos largos, por lo que he podido aumentar mi actividad física y hasta me estoy planteando empezar a ir al gimnasio.

Espero que a la tercera vaya la vencida. Soy consciente de que esta es una carrera de fondo y puedo recaer en cualquier momento, pero creo que no va a ser así. Porque ahora la que ha cambiado soy yo. La menopausia está a la vuelta de la esquina, así que creo que esta es la mejor decisión que he podido tomar (dejar de fumar en la menopausia alivia la intensidad de los sofocos, mejora la calidad del sueño y frena la pérdida de masa ósea, lo que reduce drásticamente el riesgo de osteoporosis y enfermedades cardiovasculares). Si estás en las mismas que yo, te animo a dejarlo, nunca es tarde para hacerlo y tu médico de familia será tu mejor apoyo.

Fotos | @patriciag.varela |Pexels

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