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El Museo Thyssen nos traslada a lugares exóticos de la mano de Gauguín

El Museo Thyssen nos traslada a lugares exóticos de la mano de Gauguín
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El Museo Thyssen Bornemisza nos deleita con una exposición sobre Paul Gauguín, conocido por todos por sus magníficos retratos de la vida en los mares del Sur. Su vida fue de novela tanto como su obra, que está entre las de los grandes post-impresionistas junto con Van Gogh, Toulouse-Lautrec y Cézanne.

La muestra, comisariada por Paloma Alarcó, jefe de Conservación de Pintura Moderna del Museo Thyssen-Bornemisza y Marta Ruiz del Árbol, Área de Pintura Moderna del Museo Thyssen-Bornemisa, cuenta con 111 obras pertenecientes a colecciones de museos tan emblemáticos como el Metropolitan de Nueva York o el Centro Pompidou entre muchos otros del mundo entero y podremos verla entre el nueve de octubre y el trece de enero.

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Nació en París, pero la familia emigra a Perú y donde fallece su padre. Allí vivió junto a su madre cuatro años hasta que deciden regresar a Francia. Gracias a Gustave Arosa, un rico banquero, que se convirtió en su protector legal, Gauguin fue un agente de bolsa de éxito. Se casó con Mette Sophie, una joven danesa de familia acomodada, tuvieron cinco hijos y llevaron una confortable vida burguesa.

Pero su inclinación hacia el arte era muy fuerte y comenzó a pintar como aficionado. Conoció a Camille Pisarro y en 1879 expuso con los impresionistas, participando después en las cuatro últimas exposiciones del grupo. Coleccionó cuadros de Manet, Monet, Renoir y Degas, sus pintores favoritos eran Cézanne y Pisarro, de quienes sus primeras obras presentan claras influencias.

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La crisis bursátil le arruinó y viaja a Copenhage para dedicarse por completo a su nueva pasión, la pintura. Las relaciones con su familia política no son buenas así que decide regresar a París en 1885 para dedicarse exclusivamente a la pintura, pero incapaz de asegurar la subsistencia de su familia, abandona a su mujer y a sus hijos en Dinamarca. Y tras vender su colección de pinturas impresionistas y cada vez más forzado por la necesidad de ganarse la vida ya que apenas vende sus obras, decide en 1891 irse a Tahití.

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La exposición del Museo Thyssen aborda tres cuestiones: La primera, la figura de Paul Gauguin, cuya huida a Tahití, donde reconquistó el primitivismo por la vía del exotismo, funciona como hilo conductor de todo el recorrido. Sus pinturas icónicas, ejercieron una influencia esencial en los movimientos artísticos de las primeras décadas del siglo xx, como el fauve francés y el expresionismo alemán.

La segunda trata del viaje, el viaje como escape de la civilización, que servirá de impulso renovador a la vanguardia, y el viaje como salto atrás a los orígenes, al primitivismo.

La tercera, y última, se refiere a la concepción moderna de lo exótico y sus vinculaciones con la etnografía.

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El periodo tahitiano de Gauguin nos deja una serie de escenas femeninas de relajación e indolencia que reflejan cierta influencia del exotismo de Eugène Delacroix. El movimiento rítmico y el seductor colorido de sus románticas representaciones del “esplendor del Oriente”, serían un precedente fundamental para algunos artistas de la modernidad.

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Gauguin se escapó de la civilización y se volcó en la representación de la exuberante naturaleza y de la cultura mahorí, en proceso de desaparición, con su particular estilo sintetista construido mediante grandes superficies de color y un profundo contenido simbólico y mítico.

Cuando Gauguin llegó a Tahití, al integrar lo primitivo y lo salvaje, logró acrecentar la liberación de su creatividad. La pintura tenía que desafiar las convenciones de la imitación naturalista y servirse de las sensaciones asociadas a la contemplación de la naturaleza a través del sueño. Cuida especialmente la expresividad de los colores, la búsqueda de la perspectiva y el uso de formas plenas y voluminosas. Influido por el entorno tropical y la cultura polinesia, anticipa al arte abstracto: simplifica aún más las composiciones dando preponderancia al color y a la idea que el color puede sugerir, su obra adquiere fuerza, lleva a cabo esculturas en madera y pinta sus cuadros más bellos.

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La exposición se cierra con la estancia de Henri Matisse en la Polinesia francesa en 1930, donde coincide con el director del cine expresionista alemán F. W. Murnau que está inmerso en el rodaje de Tabú. Si Gauguin huyó a Tahití como escape de la civilización, su amigo Matisse lo proyectó como unas vacaciones de placer, aunque terminó convirtiéndose en el punto de arranque de una nueva etapa artística.

Sin duda una exposición que dice mucho de la personalidad de Paul Gauguin, de sus obras y de sus etapas. Desde la semana que viene hasta el 13 de enero en el Museo Thyssen.

Más información | Museo Thyssen Bornemisza En Embelezzia | Museo Thyssen

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