Antes de hablar de cifras obscenas, caídas épicas y segundas oportunidades, conviene dejar algo claro: perder millones no siempre es el final de la historia, a veces es el verdadero comienzo. Así fue el caso de este millonario que lo tuvo todo y lo perdió dos veces desmonta el mito del éxito lineal y deja una lección incómoda pero muy realista sobre el dinero, el ego y las decisiones que se toman cuando crees que ya has ganado la partida.
Porque nadie te prepara para gestionar la abundancia, y cuando el dinero llega rápido, también puede irse igual de rápido si no sabes quién eres ni qué demonios estás persiguiendo.
Así es lo que cuenta Konstantin Lyutovich en un artículo sobre su experiencia para Entrepreneur, donde afirma, empezó a currar en serio muy joven, pilló un contrato brutal para distribuir gafas de seguridad Polaroid en Ucrania y arrasó con la competencia.
A los treinta ya era millonario con todas las de la ley, y en ese punto fue cuando la cosa empezó a torcerse. En vez de afinar en lo que ya le funcionaba, se dispersó en mil negocios distintos (desde clínicas de visión moderna hasta muebles exclusivos) y perdió el foco.
Tras el batacazo, cuando muchos ya le daban por perdido, se plantó en Dubái con solo 220 dólares en el bolsillo y sin red de apoyo más allá de su familia y un par de colegas leales. Aunque lo que más le dolió no fue quedarse sin dinero, sino ver cómo la mayoría de "amigos" desaparecían como por arte de magia en cuanto dejó de tener status. Fue un golpe en toda regla: donde antes le recibían con palmaditas en la espalda, ahora ni le devolvían las llamadas.
Pero Konstantin no se quedó llorando por las esquinas. Se puso a currar desde cero, envolviendo cajas en un almacén bajo un sol abrasador y luego haciendo transporte de mercancías.
"El efecto naranja-melocotón"
Lo más jugoso de su historia no es tanto cómo perdió millones, sino lo que nadie le enseñó cuando estaba forrado. Konstantin explica que el mayor fallo que se puede cometer cuando tienes mucha pasta es no ser honesto contigo mismo sobre lo que realmente quieres y por qué lo quieres.
Él lo llama el "efecto naranja-melocotón": decir que quieres estabilidad y seguridad mientras por dentro te mueres por riesgo, adrenalina y construir algo grande, o al revés, forzarte a jugar el papel de emprendedor cuando en realidad lo que quieres es paz y tranquilidad. Esa contradicción interna, dice, te sabotea aunque tengas pilas de billetes en el banco.
La enseñanza que deja este empresario es sencilla pero potente: la experiencia no se borra aunque pierdas todo, así que lo que realmente importa es dedicarte a tu oficio con ganas, conocer tu campo a la perfección y estar listo cuando la suerte te dé la puerta abierta.
Y sobre todo, ser brutalmente honesto con tus motivaciones antes de que el dinero te haga creer que lo controlas todo.
Fotos de Konstantin Lyutovich
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