A medida que avanza la semana, es muy común notar que las fuerzas flaquean y que las ganas de interactuar con el resto de la oficina están por los suelos. Muchos profesionales, en un intento de dar la talla, se fuerzan a mostrar una sonrisa de oreja a oreja y un entusiasmo que no sienten ni de lejos, pero resulta que este teatro diario es precisamente lo que les está robando la energía.
Diversas investigaciones realizadas con empleados y jefes han dado en el clavo al señalar que la solución para no llegar al viernes hecho un trapo es, sencillamente, dejar de forzar reacciones emocionales y dejar de fingir que estamos a tope cuando tenemos la batería en las últimas.
Este fenómeno tiene nombre propio y se conoce como "actuación superficial". Dos ensayos clínicos llevados a cabo por la EM Lyon Business School en Francia han sacado a la luz los efectos demoledores de esta conducta, que consiste básicamente en ponerse una careta para cumplir con lo que se espera de nosotros o en tragarse lo que uno siente de verdad por miedo a quedar mal.
Al final, estar todo el rato editando lo que decimos o cómo reaccionamos consume un combustible mental que no es infinito, y ese esfuerzo de censura constante termina pasando una factura muy cara en forma de agotamiento extremo.
Según los expertos, este postureo emocional crea un bucle de cansancio que nos deja sin las herramientas necesarias para relacionarnos con normalidad. Cuando entramos en esa espiral, la capacidad de pensar con claridad cae en picado, la autenticidad brilla por su ausencia y la confianza dentro del equipo se va al traste, lo que hace que llevar las riendas de un grupo o sacar adelante las tareas asignadas sea cada vez más cuesta arriba.
Los experimentos realizados demostraron que quienes más tiran de esta actuación superficial son los que peor arrancan el día, sintiéndose ya fundidos antes de tomarse el primer café, y encima se queman mucho más rápido que aquellos que dicen lo que piensan y sienten con naturalidad.
Foto de Vitaly Gariev en Unsplash
Lo más fastidiado de este asunto es que la propia fatiga te quita las fuerzas para romper el ciclo, convirtiéndose en el pez que se muerde la cola. Los autores del estudio, que compartieron sus conclusiones en la Harvard Business Review, explican que los recursos van mermando día tras día, de modo que quien empieza la mañana con el ánimo bajo tiene más papeletas para fingir, lo que le deja aún más seco para el día siguiente. Es una especie de espiral de pérdidas donde el que ya está "pobre" de energía se vuelve más pobre todavía a medida que pasan las horas.
Para saber si uno ha caído en esta trampa, conviene estar atento a ciertas señales de alarma, como empezar la semana con un bajonazo tremendo y pocas ganas de verle la cara a nadie. Curiosamente, otro síntoma de que nos estamos pasando de frenada con el autocontrol son los ataques de mal humor repentinos.
Esto ocurre porque, de tanto forzar la maquinaria para parecer majos, nos quedamos sin paciencia y acabamos saltando a la mínima por cualquier tontería o contestando de malas maneras cuando algo nos molesta de verdad.
La buena noticia es que se puede salir de este atolladero, y la forma más eficaz es desconectar del todo, especialmente durante el fin de semana, para volver al lunes con el firme propósito de ser más genuinos. Además de aprovechar los días libres, es muy recomendable hacer pequeñas pausas durante la jornada laboral para respirar hondo y reconocer cómo nos sentimos realmente.
También viene de perlas buscar a un compañero de confianza para soltar lastre y contarle lo que nos pasa por la cabeza, algo que no solo ayuda a desahogarse, sino que sirve para recuperar esa conexión humana y real que tanto se echa de menos cuando vamos por la vida con el piloto automático del "bien queda" encendido.
Foto de Vitaly Gariev en Unsplash | Giphy
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