Había algo de ruido últimamente sobre cómo se trabaja y cómo nos sentimos al hacerlo, una sensación difusa, como si siempre faltaran horas o energía porque desde fuera puede parecer lo de siempre: más correos, más reuniones, más tareas en la lista interminable. Pero detrás de esa percepción hay gente que se ha puesto a pensar de verdad sobre por qué nos quemamos, por qué "estar ocupado" ya no es sinónimo de ser útil y cómo podríamos replantear todo eso sin morir en el intento.
Una de esas voces que más está dando que hablar es la de Cal Newport, profesor en la Universidad de Georgetown y autor conocido por sus ideas sobre concentración, trabajo profundo y productividad. Newport sugiere que muchas de las maneras en que medimos y perseguimos la productividad en el trabajo del conocimiento están obsoletas, y que precisamente eso contribuye al agotamiento que tantos sentimos hoy.
Según él, la idea clásica de productividad, es decir, esa relación simple entre lo que produces y el tiempo que inviertes, no encaja en un mundo donde la mayor parte de lo que se hace es pensar, crear o resolver problemas complejos a lo largo del tiempo, en lugar de completar una tarea tras otra a toda velocidad.
En un contexto donde la presión por "estar ocupado" se ha convertido en la norma y, de hecho, en un motivo de orgullo para algunos, Newport insiste en que esa interpretación de productividad está más cerca del desgaste que del éxito.
Como explica el mismo autor en un artículo publicado recientemente para Forbes, este patrón de actividad frenética que nos lleva a responder al instante, saltar de un mensaje a otro, cubrir cada minuto del calendario acaba generando síntomas claros de burnout y una sensación general de saturación mental.
Una de las claves de Newport para entender por qué este enfoque nos pasa factura tiene que ver con algo aparentemente banal pero con un impacto enorme en nuestro cerebro. El "cambio de contexto" hace referencia cada vez que pasamos de atender un correo a revisar un chat, o de una tarea a otra, no cambiamos de un modo mágico e instantáneo.
Foto de Adrian Swancar en Unsplash
Según Newport, cuando el foco de atención se desplaza de una cosa a otra, ese cambio tiene un coste cognitivo real para el cerebro: el simple hecho de reorientar la atención puede llevar entre diez y veinte minutos antes de que la mente esté de nuevo al 100% en lo que se estaba haciendo, y durante ese tiempo se pierde concentración y eficacia.
Según Newport, este "impuesto mental" que pagamos por cada interrupción hace que no sólo sea menos probable que acabemos lo que tenemos entre manos, sino que además acabemos más cansados de lo que creemos. Cada salto entre tareas deja lo que algunos llaman residuo de atención en nuestra mente, un resto de enfoque del trabajo anterior que dificulta sumergirse de verdad en lo siguiente.
La propuesta de Newport no es simplemente "trabajar más duro" o "organizar mejor tu lista de tareas", sino reimaginar la productividad completa. En lugar de medir cuánto tecleas o cuántos mails respondes, sugiere pensar en las tareas valiosas que produces a lo largo de un periodo más largo, dejando espacio real para trabajo profundo sin interrupciones constantes.
En el fondo, lo que se propone es algo casi contracultural en estos tiempos: que la productividad no consista en estar siempre activo, sino en trabajar con sentido, con pausa y con un enfoque que no agote el cerebro a largo plazo. Quizá puede sonar a receta simplista o incluso a paradoja moderna, pero para muchos profesionales que han probado a reducir interrupciones, agrupar tareas similares o dedicar bloques de tiempo sin distracciones, los resultados empiezan a notarse más allá de una simple sensación de estar más ocupado.
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