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Madres e hijas: nueve estilos de relación en versión gif

Madres e hijas: nueve estilos de relación en versión gif
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Siempre se ha dicho que una imagen vale más que mil palabras y, a la hora de entender una relación tan compleja como la que se establece entre una madre y una hija, es probable que sea más verdad que nunca.

Relaciones madre-hija hay tantas como personas en el mundo. Nadie puede ser madre sin haber sido hija también y, del mismo modo, aunque no llegues a ser madre, nunca podrás dejar de ser hija. 

Es por ello que, a continuación, hemos querido recoger en clave de humor y gif algunos arquetipos comunes en los que probablemente, o nos veamos reflejadas a nosotras mismas o a alguien muy cercano.

La madre sufridora y el bebé adulto

No importa que cumplas más años que Matusalen y que en vuestras vidas haya cada vez más parecidos y menos diferencias, para la madre sufridora nunca has pasado del parvulario.

Racionalmente sabe que eres una mujer independiente que paga sus propias facturas y se las arregla para trabajar 40 horas a la semana, dormir 8 al día, hacer un mínimo de 3 comidas y beber el agua suficiente para mantenerse hidratada, sin descuidar en el proceso su vida social.

Sin embargo, la parte emocional le puede y a esa zona no debe de haber llegado todavía la información de que ya te acuerdas tu sola de lavarte las manos antes de comer y los dientes después

Tampoco ayuda que, como parche al síndrome del nido vacío, pase demasiado tiempo viendo la tele y su concepción del mundo se asemeje más a una realidad alternativa posapocalíptica en la que, si no contestas al teléfono, lo más probable es que estés muerta en una cuneta o ingresada en un hospital sin ser identificada. 

Pero, claro, ¡las hijas que no contestan porque tienen el móvil en silencio o porque están ocupadas todavía no salen en los programas de sucesos!

La madre "healthy" y la hija que no prueba el gluten sin ser celiaca 

No es que se preocupe de que su hija siga una dieta rica en nutrientes, variada y equilibrada. Es que está obsesionada con que no pruebe el azúcar, la sal y hasta el gluten. Todo sin tener siquiera la certeza de que sea celiaca, pero por si acaso. 

Cuando van juntas al supermercado, no es la hija la que desespera a la madre pidiéndole incluir en el carrito caprichos varios, sino que es la madre la que vuelve loca a la hija parándose a leer detenidamente la etiqueta de cada producto. No importa que ya se las sepa de memoria o que no las acabe de entender del todo.

Al final, la hija espera con más ganas los cumpleaños de sus amigas que el suyo propio para poder ponerse morada a sándwiches de crema de cacao, patatas de bolsa, tarta y refrescos.

Eso sí, el resto del año desayuna garbanzos sin rechistar.

La madre que ceba a la hija porque siempre la ve delgada

El día que este tipo de madre te diga algo como "te veo más repuesta" o te pregunte directamente si has engordado, preocúpate porque eso significará que estás ya en un límite en el que a lo mejor deberías pensar en si tienes algún problema de salud. El resto del tiempo, da igual de lo que te atiborres y de los días de gimnasio que te saltes, siempre te verá demasiado delgada. Bajo su mirada te transformas un poco así:

Ellas son el extremo opuesto a las madres "healthy" y, una semana antes de volver a casa de visita, te llaman para preguntarte qué quieres que compren de comer como si vivieras apartada de la civilización y no tuvieras fácil acceso a cualquier producto en los diez supermercados que hay en tu barrio.

una vez allí descubres que ha llenado el frigorífico de tus alimentos favoritos o, al menos, de los que lo eran hace diez años y todavía vivías allí. Eso implica mucha bollería industrial, azúcar como ingrediente principal y grasas saturadas por un tubo.

Desde ese momento, la visita se convierte en una lucha por vencer a la tentación (que ya sabes que vas a perder). Cuando te vas, ella se queda más tranquila habiendo presenciado que te has alimentado pero, bajo ningún concepto, dejará de preguntarte qué has comido cada vez que habléis por teléfono.

La madre zen y la hija preocupada porque no contesta al teléfono cuando está en yoga

Es probable que, en el pasado, la madre zen fuera una madre sufridora o una madre desbordada que tuvo que pasarse al extremo opuesto para sobrevivir al estrés de la maternidad.

Sobre todo, desde que sus hijos ya son mayores, ella vuelve a ser su prioridad. Algo que ha hecho que se den la vuelta las tornas y no conteste al teléfono cuando su hija la llama porque ahora es ella la que tiene el móvil en silencio. 

Esto no gusta del todo a su descendiente, que se preocupa cuando no la tienen localizada aunque, los más probable, es que esté en clase de yoga. Incluso echa de menos un poco de drama compartido cuando le cuenta algún problema, en vez de los ejercicios de respiración que le manda hacer ahora.

La madre que es (casi) más moderna que la hija 

Como la madre de Regina George en Chicas malas, siempre quiere estar a la última de los cotilleos de tu grupo de amigas. De hecho, alguna vez que otra, se ha ido a hacer el brunch con vosotras.

Todo empezó cuando aprendió a usar WhatsApp, se hizo Instagram y se divorció de tu padre. Ahora no solo ha adelgazado y rejuvenecido sino que usa emojis y conoce el significado de la palabra "LOL" (más o menos).

Vais juntas de "shopping" y, últimamente, hasta se ha comprado alguna prenda básica en Bershka. A pesar de todo, si rascas, es más moderna por fuera de lo que sigue siendo por dentro

Aunque lo intenta, todavía no acaba de pillar del todo que los mensajes en redes sociales no hace falta firmarlos al final como si fuera una carta. Además, cada vez que cambia de móvil, tienes que impartirle auténticos curso de cómo se usa con los que, en la universidad, podrían haberte convalidado una asignatura que se llamara paciencia.

La madre que está a todo pero tampoco te deja que la ayudes

Su frase favorita es "esta es la primera vez que me siento en todo el día". Eso implica que, en solo medio día, ha ido a comprar, ha cocinado para un regimiento y  ha quitado el polvo de la casa. Todo porque viene su hija a comer a casa.

Sin embargo, en ese mismo tiempo, a la hija lo único a lo que le ha dado tiempo es a comprar un postre ultraprocesado en el supermercado que se va a quedar meses en el frigorífico porque, por supuesto, la madre que está a todo ya lo tenía previsto y ha preparado un plan B en forma de bizcocho

Después de mucho negociar, consigues que, al menos, te deje fregar en compensación por todo el trabajo. Sin embargo, en la práctica, solo consigues que te deje hacer media tarea porque, en seguida irrumpe diciendo que la dejes ya a ella, que va más rápido.

Además, tiene un sexto sentido para anticiparse a cualquier problemas y saber que te pasa algo incluso antes de que tú misma lo sepas o ser consciente de que tiene que llevar un par de medias extra en el bolso porque se te va a hacer una carrera en las que llevas puestas.

La madre y la hija que hablan todo el rato

Son como dos adolescentes todo el día enganchadas al móvil solo que hace mucho que dejaron de serlo y, además, son madre e hija.

Se llaman tres veces al día para contarse todos los pormenores de su jornada aunque no sean lo suficientemente relevantes ni como para llenar una sola llamada. Decirse que están bien o que todo sigue igual ya vale para llamar.

A esto hay que añadirle, además, los mensajes de WhatsApp: reenvío de cadenas, fotos de potajes, de los hijos, las mascotas haciendo monerías, de las últimas compras... tienen un auténtico reality montado a través del servicio de mensajería.

Esto también aplica los días que se ven en persona. Aunque puede que ese día, en vez de llamarse tres veces, se llamen solo dos.

Las que lo hacen todo perfecto

De forma inconsciente, hay madres que se presionan tanto por ser perfectas y también a sus hijos para que se superen constantemente, que acaban sobrepasando todos los límites. ¿Te suena esa chica de clase para la que sacar un 8 en un examen es el fin del mundo o que dice que le ha salido mal y luego saca un  9,75?

En su casa todo está siempre tan ordenado e impoluto que es imposible distinguir cuando los ventanales de acceso al balcón están abiertos o cerrados y han tenido que acabar poniendo pegatinas para que la gente que va de visita deje de darse golpes contra el cristal.

Lo hacen siempre todo tan bien: la mayonesa nunca se les corta, ni por asomo llueve el día que han tendido una colada, aguantan una boda entera con taconazos sin quejarse del dolor de pies... que si hicieran una película sobre ellas, la única actriz que podría darles vida sería Meryl Streep, A los dos. Y a la vez.

Por el lado negativo, ambas suelen tener demasiado en cuenta la opinión de la otra a la hora de tomar decisiones sobre su vida. Sobre todo, la hija la de la madre, quien suele ser ambiciosa y pasar más tiempo pensando en lo que quiere para su hija que en lo que quiere para sí misma.

Las ni contigo ni sin ti

Cada vez que están juntas, hay algo que está asegurado: una buena discusión. Su relación parece haberse quedado atascada en las peleas de la adolescencia y a nadie le queda ya esperanza de que, algún día, puedan llegar a entenderse y dejar de chocar cuando se encuentran en la misma habitación.

Sin embargo, estos encontronazos vienen en muchas ocasiones de lo mucho que se parecen y, en el fondo, se adoran. Cuando están lejos, están siempre pendientes del teléfono y se llaman continuamente. Además, cuando pasa algo importante, siempre están allí las primeras la una para la otra.

Puede que su relación sea un poco tormentosa y, hasta probablemente tóxica, pero igual que cuando están mal, están muy mal. Cuando están bien, están muy bien y pueden llegar a darse grandes y gloriosos momentos de complicidad.

Fotos | Chicas malas.

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